Los restos del naufragio

Pensar que viajamos dentro de una máquina que pesa toneladas, que se eleva y vuela. Aunque estadísticamente hay más posibilidades de sufrir un accidente de coche que uno de avión, la latencia de la muerte, la fragilidad evidente a diez mil pies de altura, no deja de conmoverme y recordarme una obviedad: este viaje, este vino, este libro puede ser el último. Cruzar el cielo es un milagro. En cada vuelo que tomo, la secuencia de los momentos previos al despegue adquiere la trascendencia de una liturgia. El avión que entra a la pista y se detiene, quieto antes de acelerar, último contacto con la tierra, el sonido de las turbinas que se eleva como un rugido, la fuerza G que aprieta el pecho y pega la espalda al asiento con el acelerón. El corazón hinchado, los ojos acuosos.

Pensaba aprovechar todo lo posible para dormir, pero me resultó muy difícil. Después de intentar leer sin que se me cayeran los brazos, veo dos películas al hilo, comienzo una tercera mientras ceno un trozo de pavo con una hoja de ensalada. A media película se me cerraban los ojos y me acurruqué en el asiento, bajo el agradable calor de la manta sintética. El globo calientito y confortable en el que comenzaba a soñar fue pinchado por el anuncio de que comenzábamos el descenso a la Ciudad de México.

 

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Aún hay restos de mi presencia en Tala. Rastros que hablan de mí. Un par de libreros metálicos de los que hizo mi hermano para la FIL, llenos de álbumes de fotos y libros polvorientos que compiten por el espacio con la cama y un butacón en la nueva recámara de mi madre.

En los álbumes, una serie de archiveros de plástico. Mis primeras diapositivas. La silueta de mi cuñado Jesús recortada contra el fuego mientras incendia por la noche su parcela.

Los cortadores de caña, muy temprano, a machetazo limpio contra las cañas humeantes, antes de que se levante el sol. Cientos de metros después, desayunar sentado en una brazada de cañas tibias.

Mi madre en el mercado de abastos entre arpillas de limones y cajas de jitomate, después de haber desayunado un plato de menudo con tortillas torteadas, recién salidas del comal. 

Mi hermana trapeando el pasillo de la entrada a la casa. 

Los mosaicos amarillos que fueron campo de futbol y circuito de carreras de coches, boliche y mesa de pingpong, billar y campo de batalla entre apaches de madera y soldados de plástico verde. Cuando las paredes ya estaban muy marcadas de huellas de pelota y manos chamagosas, nos poníamos a lavarlas entre todos, con jabón y cloro. Siempre un domingo por la mañana. Con el agua jabonosa, el pasillo también se convertía en pista de hielo.

Salgo de la habitación y voy a la nueva cocina. El patio trasero lo cubrieron con láminas y pusieron suelo de cemento. Hay mesas de trabajo, batidoras, anaqueles con cazuelas, ollas, cacerolas; estufas, siete fogones, dos hornos. Es pleno verano, el calor en esta cocina hace repensar la idea del infierno.

Mis hermanos me dicen que invite a comer a mis amigos de Guadalajara el sábado, que harán una taquiza, que quieren celebrar que estoy aquí. Sé lo que traman, la discreción no se les da bien, pero les sigo el juego. Han alquilado un local de fiestas en las orillas del pueblo. Un jardín amplio con césped mal cortado, dos guayabos raquíticos, una alberca vacía. Esa la cobran aparte si quieres usarla, dice mi hermana. Hay una terraza flanqueada por columnas de ladrillo aparente y una barra al fondo.  Bajo su sombra, mesas de plástico alineadas en donde mis hermanas van depositando las cazuelas de barro con los guisos: chicharrón, carne con chile, frijoles refritos y de la olla, arroz rojo, rajas con queso; chiquihuites con torres de tortillas envueltas en servilletas bordadas; vitroleros con agua fresca de colores formando una bandera nacional involuntaria: rojo jamaica, blanco guanábana, verde limón. “Verde, blanco y colorado, la bandera de un soldado”, nos hacían recitar las monjas en la primaria, en clase de civismo. Sigue llegando gente y me sumo en oleadas de recuerdos con cada nuevo rostro que asoma. Aprovechando que saludo a un excompañero de primaria que es amigo de mis hermanos, los veo dirigirse a los baños, que están del otro lado del jardín. Un momento después salen cantando las mañanitas y luciendo sonrientes, camisetas de color naranja con letras blancas serigrafiadas donde se lee: 

“Bienvenido Juan José. Te queremos mucho. Feliz cumple”. Mis sobrinos se ponen unas de color amarillo con la misma leyenda en letras negras. Se suman al coro. De detrás de la barra sacan unas bolsas negras que esconden dos piñatas. Un número 46 de colores, bien grande. Una cámara negra, emulando mi primera réflex, la Canon T-60. Mientras cuelgan la 46, me voy al baño pretextando urgencia por evacuar las tres cervezas que me he bebido. Pero la urgencia no estaba en la vejiga, sino en el vano y contraproducente intento de reprimir las lágrimas. Algo se mueve, se tuerce, se rompe dentro, el desconcierto anacrónico y emocional: las primeras piñatas de mi vida me hicieron llorar.

 

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«Monto el telefoto en la réflex y salgo a caminar por las calles del pueblo aún dormido».

Despierto a las cinco de la mañana con el canto de los gallos. Por la ventanita de mi habitación de hotel veo el cielo clarear. Me ducho con agua fría, me visto. Monto el telefoto en la réflex y salgo a caminar por las calles del pueblo aún dormido. La luz del sol tímida en el cielo, la pelota blanca de la luna ya en poniente. El hotel está ubicado a un par de calles de la secundaria en donde estudié. Un edificio alargado de dos plantas, que ocupa toda la cuadra. Al pisar su banqueta, me vienen de golpe recuerdos que me producen sentimientos ambiguos: la sensación de desconcierto al pasar de un colegio de monjas a una secundaria pública; los cabrones de primero D, que siempre iban en grupo amenazando y robando a quien se les antojaba (algunos de ellos ahora en cárceles norteamericanas, otros muertos por bala, sobredosis o suicidio); mi primera novia, Laura. El primer beso, la tarde del seis de marzo de mil novecientos ochenta y cinco en el salón de la orilla del segundo piso, el primero A. El recuerdo nítido de regresar a casa flotando, con la luz roja de la tarde. La enorme sombra que remedaba mis pasos saltarines en el suelo. 

Sigo caminando mientras el pueblo se despereza. Me cruzo con señoras barriendo sus banquetas, gente que camina apurada rumbo a la estación de autobuses, cortadores de caña que van en bicicleta con el machete amarrado a la espalda. Repito el mismo recorrido que hice durante los tres años que duró la secundaria. Subo la calle empinada del barrio del venado. Giro a la izquierda en la calle Morelos, a donde iba a cobrar el cheque de la beca de los cañeros. Paso por la casa donde vivió mi primo Ezequiel con Cintia, cuando se fugaron. Los retratos movidos que les hice, las fotos de noche a las puertas de su taller. Mis primeras exposiciones largas, la cámara montada en el tripié, dibujando estelas de coches que se alejan calle abajo. La muerte de Ezequiel, más bien su asesinato impune a manos de la policía. Los compañeros del equipo de básquet cargando el féretro hasta la iglesia. El entierro en el panteón y el desgarro en los gritos de Cintia, embarazada de seis meses, mientras caían paletadas de tierra sobre el ataúd. Tenía veintitrés años. Dos calles más adelante paso por la huerta de los Fernández. Dos de sus hijos eran mis compañeros en la primaria, Gloria y Francisco. Las posadas de navidad del colegio se hacían allí. La maestra y algunas madres llevaban piñatas, lonches de jamón, y pastel de elote. Cuando estábamos en sexto y era la última fiesta navideña juntos, me pasé la mañana encima de un árbol de aguacate al fondo de la huerta. Me acuerdo de Rosa, una compañera morenita de cara redonda y sonrisa muy blanca, trenzas negras, preguntándome extrañada por qué no iba a la fiesta. No recuerdo si le respondí. Me quedé allí arriba un rato largo. Recuerdo que bajé del árbol para irnos. 

En la siguiente calle doy vuelta a la derecha en la calle Donato Guerra, mi barrio. Busco con la mirada la casa donde crecí. Me cuesta distinguirla, ahora es de dos plantas y la fachada la pintaron de un color horrendo. Imposible no asociarlo con el recuerdo de las narices de mis sobrinos, frecuentemente llenas de mucosidades del mismo color. El local donde mi madre vendía comida lo han convertido en cochera. Al lado, en la puerta de entrada, una escalera lleva al departamento que construyeron encima, sepultando el pasillo de mi infancia.

 


Autor:
Juan Lemus
Tala, Jalisco, México, 1972
Es fotógrafo
Vive en Barcelona desde 2003
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Fotografía:
Juan Lemus