Breviario metafísico subterráneo

(Fragmento de novela)*

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Hipótesis 1: si Dios existe, es subterráneo.

Hipótesis 2: si Dios es subterráneo, creó (en el subsuelo) a la bacteria primigenia.

Hipótesis 3: si las hipótesis anteriores son ciertas, todo lo demás se explica mediante una sucesión de impactos ambientales. 

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Pablo Soler Frost nos revela que la principal diferencia entre el ser humano y los demás animales reside en el pensamiento simbólico. No nos distinguimos por ser animales racionales, ni animales políticos, como tantas veces se ha escrito. Somos, en lo diferencial, animales simbólicos. Un perro razona y aprende, y desde luego sabe organizarse en comunidades con roles establecidos. Pero ningún perro dará jamás su vida por una bandera ni podrá conmoverse hasta el llanto contemplando una obra de arte. Y si alguna cosa contiene una carga simbólica incontestable, universal, es el subsuelo. Lo subterráneo. El underground. En la mitología judeocristiana el infierno, en la azteca el inframundo, el Ukhu Pacha de los incas, la diosa Hel de los vikingos, el dios Hades de los griegos antiguos. El subsuelo como espacio de inhumación, repositorio de muerte y podredumbre. El reino de la confusión, de lo oscuro, de lo desconocido. En la superficie está la luz y el oxígeno; la vida. Y con ellas la realidad; el espectro visible. Por el contrario, abajo, en la caverna, está el espacio de la ignorancia y del miedo. En el subsuelo habitan esclavos encadenados y confundidos que sólo podrán acceder a la verdad al emerger, al aflorar. (Afloran las flores –hermosas– y en el subsuelo se hunden las raíces –sucias, fangosas, repugnantes–). Desolados por la desesperación imploramos la llegada de nuestro irremediable destino final: ¡Tierra trágame! La cultura underground es contracultura, la alternativa, lo ajeno, lo escondido, lo misterioso, lo prohibido.

«Pero ¿y si Dios fuera subterráneo y oscuro?».

Nadie ha explotado tanto este simbolismo como Dostoievski. «Soy un hombre enfermo […] un hombre malo», escribe en el inicio de Apuntes del subsuelo, una novelita corta que a juicio de muchos eruditos marca el punto de inflexión definitivo en la obra del autor hacia su filosofía trágica. Para el ruso, el hombre del subsuelo es un ser abyecto, ruin, despreciable, vicioso e incapaz de amar. Vive instalado en una existencia repugnante dominada por un resentimiento perenne y se muestra cruel e inmisericorde incluso con los más débiles –una joven e indefensa prostituta–. Por eso Dostoievski odiaba con todas sus fuerzas el Palacio de Cristal londinense –el mismo frente al que se sentaba un lacónico y abatido John Snow–, pues para el ruso simboliza lo contrario a su hombre del subsuelo. Esa enorme mole brillante y metálica representa la armonía, la belleza, el orden, lo previsible. Es la superficie y la luz creada por una humanidad que se siente poderosa y dueña de su destino. Dostoievski entiende que en ese mundo prístino y previsible ya no hará falta Dios, y por eso, arrebatado por su férrea devoción, lo detesta. 

Pero ¿y si Dios fuera subterráneo y oscuro?  

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El valle de Canfranc es un lugar remoto y hermoso en la frontera entre España y Francia. Los sarrios brincan y ramonean entre canchales, los urogallos bufan en los hayedos y los quebrantahuesos tiñen los peñascos con sus heces líquidas y blanquecinas. En la primera década del siglo XX se proyectó un túnel ferroviario para atravesar la inexpugnable barrera pirenaica, una obra civil titánica que no acabó de construirse hasta el 1914, con tan mala fortuna que, ese mismo año, las exaltaciones románticas condujeron a un delirio nacionalista generalizado que culminó en una Gran Guerra que paralizó Europa, y por eso el primer convoy tuvo que esperar hasta 1928 para atravesar la cadena montañosa. A partir de entonces, la infraestructura subterránea conoció cuatro décadas de vida útil hasta que en 1970 cayó en el abandono. Pero en el siglo XXI (en el año 2006) el viejo túnel fue rescatado para albergar un proyecto singular y ambicioso: el Laboratorio Subterráneo de Canfranc, una misteriosa instalación científica que acoge a más de doscientos investigadores de quince nacionalidades. Doscientas mentes privilegiadas que trabajan meticulosa y concienzudamente bajo tierra con un objetivo común: la detección de sucesos poco probables –según se afirma en su página web–. Para ello, el centro de investigación define dos líneas de trabajo principales: la detección de materia oscura y el descubrimiento de nuevas comunidades bacterianas profundas. 

Tal vez la ciencia y la metafísica nunca hayan estado tan cerca. 

O tal vez todo esto no sea más que una teoría especulativa poco probable.

*(Extractos del libro “Underground. Especulaciones subterráneas” que será publicado por Trampa Ediciones en noviembre de 2023)

 


Autor:
Jorge Molinero
Arrecife, Las Palmas, 1972
Es geólogo
Vive en Barcelona desde 2007
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Fotografía:
Juan Lemus