Siempre he pensado que la página en blanco está sobrevalorada, como si quejarse de no poder escribir fuera una hazaña. Escribir, o, en este caso, no escribir, debe ser la única profesión en la que se puede presumir de la propia incompetencia. ¿O alguien ha visto a un fontanero bloqueado y, por si fuera poco, orgulloso de la tubería que gotea y no consigue arreglar?
El “sufrimiento” del escritor bloqueado ha sido representado innumerables veces en la literatura, en el cine y en la televisión. La escena es más o menos la misma y, de hecho, sirve para cualquier tipo de crisis existencial: el tipo dando vueltas como gato estreñido, vistiendo bata o la camiseta raída de su equipo de futbol, fumando y bebiendo whisky.
Me parece que el prestigio del escritor bloqueado tiene que ver con un determinado tipo de escritor, o, más bien, con un determinado estereotipo: el escritor atormentado. ¡Qué difícil es escribir!, clama el escritor atormentado, porque así, cuando consiga escribir, si lo consigue, esperará el reconocimiento de su hazaña no sólo por la calidad de lo escrito (la novela, poema, cuento, etc.), sino también por la cantidad de sufrimiento invertido en la escritura. Al fin y al cabo, la mitificación de la página en blanco no es otra cosa que disfrazar de elegancia el gimoteo de la esterilidad creativa.
Trato de pensar que no soy un escritor atormentado, lo cual no quita que me depare con la página en blanco por periodos que pueden variar de los quince minutos a las siete semanas. ¡La última vez necesitaba tan sólo cuatrocientas palabras! Una página y media que se negaba a llenarse de palabras. Entonces me puse a hacer lo que hago cuando sufro pequeños bloqueos o cuando necesito meditar en cómo desenredar el enredo antes de continuar escribiendo: me puse a lavar los trastes. Viendo el estado de la cocina parecía que el ejército ucraniano hubiera desayunado ahí. Calculé que arreglar aquello me llevaría unos cuarenta minutos como mínimo, pero luego resultó que no salía agua caliente. Peor: resultó que el agua estaba helada, tan helada como el invierno allá afuera, en la calle donde la gente trajinaba apresurada sin preocuparse por páginas en blanco ni síndromes de esterilidad creativa. Revisé el calentador y descubrí que no funcionaba. Lo apagué, volví a encenderlo, le di unas palmaditas en la espalda, traté de razonar con él, lo insulté en tres idiomas. Nada.
Chingada.
No es éste el lugar para contar la serie de desperfectos que había sufrido en los últimos meses en el departamento, baste decir que hice una llamada amenazante y en menos de una hora el fontanero estaba tocando a la puerta. En ese momento la página en blanco continuaba blanca, blanquísima.
Acompañé al fontanero a revisar el calentador. Lo apagó. Volvió a encenderlo. Le dio unas palmaditas en el trasero y me pidió que abriera la llave de la regadera y la dejara abierta. Pasaron dos, tres minutos. Nada. El fontanero desmontó la tapa del calentador y apretó por aquí y por allá, quitó la pila y la volvió a poner, y me pidió que fuera a comprobar la temperatura del agua de la regadera. Seguía helada.
Entonces el fontanero dijo:
– Qué extraño.
Sólo eso: qué extraño. Y se quedó quieto frente al calentador, mudo, estático, mirando hacia el techo de manera soñadora. Le hubiera ofrecido un whisky de haberlo tenido, pero sólo tenía tequila y ya se sabe que el tequila es un compañero peligrosísimo de las crisis existenciales. Dejé pasar unos minutos. Y luego dije:
– ¿Entonces?
– ¿Tienes el manual?
Le dije que no.
– Mmmm – dijo el fontanero.
Fui a echarle un ojo a la computadora. La página continuaba en blanco, blanquísima. Volví al calentador.
– No sé, jefe, está todo bien, nunca había visto algo así, tendría que funcionar.
Chingada. Era exactamente el tipo de compañía que necesitaba. Y de golpe me acordé de mi gastroenterólogo, que cambió de diagnóstico tres o cuatro veces hasta que un día, simplemente, se quedó callado después de sugerir que yo me estaba inventando los síntomas. Y del mecánico del coche, que no pudo explicar de dónde venía aquel ruidito irritante y se puso a reír, porque hay personas que cuando se quedan bloqueadas se ponen a reír.
– Voy a bajar a fumar y regreso enseguida – dijo el fontanero.
El fontanero salió y yo atravesé la sala, donde en la computadora la página en blanco continuaba blanca, blanquísima, hasta llegar a la ventana. Pasaron ocho, doce segundos. Luego apareció el fontanero en la banqueta de enfrente. Lo vi encender un cigarro y comenzar a dar vueltitas hasta la esquina.
Cada número de El Vuelto consta de tres textos, unidos por un vínculo común mucho más caprichoso que premeditado. La periodicidad de aparición de los números será igual de caprichosa que sus temas, ¡estad atenta/os!

