Una deuda de amor

No sé escribir cartas de amor, así que te voy a escribir un libro. Un ensayo, o unas memorias, o un no sé qué. Me preocupa el tiempo, o la constatación del tiempo, del poco tiempo que nos queda. No el tiempo de los relojes ni el de las manecillas. Ni siquiera el de la escritura, inmóvil, suspendido. El tiempo que me atañe es el de tu cuerpo. Tu cuerpo diminuto, frágil, recostado en la hamaca. «Bello morir el que llega en el combate», afirma Virgilio en la Eneida, y, al mirarte, debilitada pero sonriente, fatigada pero serena, experimento algo parecido a la felicidad. Porque, paradójicamente, solo cerca de tu muerte me siento llena de vida. Es curioso: escribo reseñas de crítica desde hace once años y siempre me he dejado guiar por el precepto de Steiner –«la crítica literaria debería surgir de una deuda de amor»–, procurando rendir, en la medida de mis posibilidades, una especie de tributo a los autores y obras que han trastocado mi vida. No obstante, es ahora, con la noticia de tu enfermedad, que caigo en la cuenta de que también contigo tengo una deuda, una deuda, si cabe, aún más grande. Una deuda que no sé si alcanzaré a saldar.

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La víspera de Nochebuena mi tía abuela exclamó ante toda mi familia: «¡Quiero vivir otros noventa años!» Fue un grito inesperado, extático, un genuino rapto de alegría. Unos meses antes le habían diagnosticado cáncer de mama. El médico que la atendió, sin demorarse demasiado en su historial clínico, le deparó poco tiempo. Dijo que «a esa edad, poco se podía hacer». Nosotros, tozudos, nos movilizamos rápidamente: la llevamos con una especialista, le hicimos los estudios pertinentes, le compramos los medicamentos iniciales y, ante todo, nos dedicamos a recordarle travesuras del pasado. Como ella lo pasaba muy mal cada vez que tenía que hacerse una prueba, tratábamos de compensar su esfuerzo llevándola de paseo o dándole de comer sus postres favoritos. No esperábamos un milagro, desde luego, pero recibimos algo semejante: salvo el tumor, mi tía Yoli estaba sana como un roble. No tenía metástasis y el cáncer no se había extendido hacia sus huesos. Providencialmente, en el momento mismo en que escribo estas líneas el pronóstico es bastante alentador. Todo lo alentador que puede ser un pronóstico a los noventa años.

Pero yo no he podido dejar este asunto en paz. Mi tía Yoli –a quien he amado desde niña– me ha enseñado a vivir bien y me enseñará, al parecer, a morir bien. Un día, cuando rondaba ya por mi cabeza la escritura de este ensayo, pensé en Montaigne, en su forma sencilla y serena de habitar su castillo, ajeno a todo, conviviendo únicamente consigo mismo, y en los Ensayos, esa extraordinaria apología de la experiencia, de la joie de vivre. Y luego pensé en cuán distintos eran Montaigne y mi tía abuela, pues esta última, sin haber meditado demasiado al respecto, había aprendido a ser feliz en compañía, rodeada de su familia, y a contagiarnos su alegría incluso en los días de mayor dolor. Cómo espíritus tan disímiles, tan antitéticos, tan radicalmente opuestos, habían llegado a conclusiones semejantes quizá sea uno de los grandes misterios de mi experiencia vital y lectora. O tal vez, después de todo, no son tan diferentes como yo pienso, sino que están unidos por un hilo tan tenue y delicado que acaso intuyo, pero que aún no soy capaz de vislumbrar.

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Visitar México en diciembre es ya una tradición familiar. Es, quizá, una de las épocas más dichosas del año. Llegar a Mérida es llegar al calor, la humedad y las lluvias invernales. Es llegar enferma y con fiebre, dada la escala en Madrid o Canadá, víctima del cambio de clima. Es despertar a las seis de la mañana para bañarme en la piscina del hotel de dudosa reputación donde me suelo hospedar. Es ver a mis padres, por separado, y notar cómo envejecen de golpe, sin poder evitarlo: una arruga al sonreír, un desbalance al caminar, cierta cana, cierto achaque. Es ver a mi hermano y burlarme de su bigote, y a mis amigos de la infancia y hacer lo que siempre hacemos, aunque en el fondo sepamos que las cosas cambian y nos hacemos mayores. Es, sobre todo, entrar sin permiso en casa de mi tía Yoli, como si fuera un ladrón, y vigilar que nadie se acerque, como si fuera un centinela, y volver a colocar el candado que está siempre puesto, pero siempre abierto. Entrar en esa casa que no es mía, pero en la que soy bien recibida, y atravesar ese pasillo que separa la puerta principal de la sala donde la encontraré sentada, viendo una película sin verla solo para sobrellevar el tiempo.

«Me pregunto si en ese pasillo no tendrán cabida cada una de mis edades: la niñez, la adolescencia, la juventud, la adultez».

Me pregunto si en ese pasillo no tendrán cabida cada una de mis edades: la niñez, la adolescencia, la juventud, la adultez. Si no será más bien el pasillo, y no yo, el que ha sido alterado, el que ha sido objeto de reformas y pequeñas mutaciones. Guardo una imagen muy vívida de un evento en particular. Tengo alrededor de cinco o seis años. Lavo los platos con mi tía Yoli, ahí mismo, en un lavabo que se encuentra situado en una esquina. De pronto, me asalta una duda: «Oye, ¿pero tú cuántos años tienes?» A lo que ella contesta: «Treinta y ocho». Su respuesta me deja perpleja: «¡Pero si eres más joven que mi mamá! ¿Por qué eres entonces mi tía abuela?» «No se lo digas a nadie, pero yo cuento los años de otra forma», dice finalmente. Nunca olvidé esa conversación. Tiempo después comprobé que me había tomado el pelo y no paramos de reírnos, pero yo sabía a qué se refería: la juventud, más que una etapa de la vida, es un estado del alma, y ella lo ha entendido perfectamente. Por su culpa, ahora yo también cuento los años de otra forma. 

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Un fin de semana, propongo hacer una excursión a la «Costa Esmeralda», es decir, a las playas que van de Chuburná a Dzilam Bravo, en el norte de Yucatán. «¿Y desde cuándo se llama así?», me pregunta Yoli. La verdad es que no lo sé. Desde que Chichén Itzá fue nombrada «maravilla del mundo», el turismo no ha parado de crecer y han surgido naturalmente cosas como esta. A mi prima le encanta decir que «Mérida se está llenando de fuereños», mientras enfatiza su acento yucateco. Yo, que he vivido fuera casi la mitad de mi vida, prefiero no opinar: a pesar del calor, me agrada Mérida, y algún día me gustaría volver a residir ahí, o al menos pasar en ella largas temporadas. 

Vamos en el coche mi tía Ceci, mi mamá, mi tía Yoli y yo. La última vez que hicimos este viaje fue hace como 10 años, con mi abuela Olga, cuando aún vivía. «Recuerdo que la cabrona no se quiso bajar del coche. Para una vez que la sacábamos a pasear…», espeta mi tía. «Que si los mosquitos, que si su vestido, que si sus taconcitos. Todo el tiempo quejándose. Tu abuelo, solo por aguantarla, tuvo pase directo al Paraíso». Me río, no de sus recuerdos, sino de su forma de recordar, que se parece mucho a la mía. Lo que sucedió de verdad fue que llegamos a Xcambó, entonces unas ruinas mayas semi vírgenes, y mi abuela prefirió permanecer en el coche, disfrutando del aire acondicionado. Las demás bajamos a explorar, pero, como no traíamos repelente, los insectos nos picaron en las piernas. En la imaginación de mi tía Yoli, mi abuela Olga nos mandó a morir, a ser devoradas por serpientes, iguanas y mosquitos del tamaño de cucarachas. Ella, la amargada pero avispada abuela, siempre un paso delante de sus hermanas, o un paso detrás de sus nietos, persiguiéndolos, para que hicieran exactamente lo que quería.

Vivir intensamente in absentia, cuando ya no estás ahí, parece ser una seña de identidad que comparto con mi tía. Hace poco, cuando tomaba algo con unos amigos, uno de ellos dijo: «Esto es la felicidad, ¿no? De esto se trata». Lo dijo así, sin venir a cuento: «De esto se trata». Qué forma tan llana, tan admirable, de expresar algo tan complejo. A menudo he buscado la felicidad en la literatura: en Marco Aurelio, en Epicuro, en Cervantes, en Alain, en Stevenson, en los paseos de Hazlitt, en Russell, en Séneca. Este último, por ejemplo, afirmaba: «Nadie es feliz sin cordura, y no está cuerdo quien apetece las cosas nocivas como si fueran las mejores. En consecuencia, es feliz quien tiene rectitud de juicio; es feliz quien se contenta con las circunstancias presentes, sean cuales sean, y es amigo de sus cosas; y es feliz aquel a quien la razón respalda en cualquier aspecto de su conducta». Cervantes no estaría de acuerdo, pero convendría en que es feliz quien logra ser amigo de sí mismo. Me produce cierta embriaguez pensar en las contradicciones que enfrentan los escritores que más admiro: hay algo de placentero en el contraste, en los distintos caminos que franquean para alcanzar la felicidad; en los cruces, los equívocos, los intercambios, los malentendidos. Quizá por eso son célebres los paseos de los ingleses, y quizá por eso mismo sus ensayistas son legión: conciben el ensayo como un tránsito, como un fin en sí mismo y no como un punto de llegada. En cambio, yo busco la felicidad cuando ya ha transcurrido el momento, cuando el presente ha dejado de ser presente, como si viviera siempre con retraso. Tiendo a literaturizar la vida, una y otra vez, pero solo cuando ya se me ha escapado: cada vuelta de hoja, cada repetición, cada olvido, son modos de recuperar algo que está en una huida constante. Prófuga de la memoria, relato siempre las mismas anécdotas, no para recordarlas, sino para retenerlas, porque sé que ya se han ido de mí.

Mientras mira el mar a su izquierda, mi tía me vuelve a contar la anécdota de siempre: «Eras muy pequeña. Acompañamos a tu abuelo al mercado. Él se adelantó para hacer la compra y tú querías ir tras él, pero como teníamos la bicicleta con nosotras no podíamos entrar en el recinto. Tú me dijiste: “Agarra bichihueta, vamoa buscá a abelo”. Y me insististe tanto, que al final terminé cargando la bicicleta y fuimos tras él». Pienso que, de alguna forma, su imagen de mí se ha quedado estancada en ese mercado y esa bicicleta. Tal vez ha separado el trigo de la paja y ha elegido ese instante porque teme que algo de ella se vaya con él. Y tal vez el embrujo ha surtido efecto, porque desde entonces no sé andar en bicicleta: me da miedo caerme, o quizá me da miedo que, en el momento en que aprenda a conducirla, mi tía Yoli me borre y se vaya tras mi abuelo.

 


Autora:
Liliana Muñoz 
Mérida, México, 1989
Es editora de mesa y crítica literaria
Vive en Barcelona desde 2016
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Fotografía:
Juan Lemus