La memoria es un laberinto con un monstruo en el centro. O en alguna esquina, escondido, esperando. Vi al monstruo consumir a la madre de mi padre despacio, saboreando cada recuerdo que disolvía en el ácido gástrico de su vientre. Ahora que conoce el sabor de mi familia, nos olfatea, acechándonos a mí, a mi padre, a mis hermanos y a quienes vengan después de nosotros con la promesa de vacío.
Antes de saber del monstruo, no desconfiaba de la memoria. El laberinto era conocido como la casa en la que crecí. Podría recorrerla con los ojos cerrados sin chocar con ningún mueble por el camino. Si volviera hoy, saldría con las espinillas llenas de moretones.
Hay un cordón en la memoria: álbumes repletos de fotografías, instantes congelados y ensamblados con cariño para contar la historia de mi vida. Los he ojeado tantas veces que ya no estoy segura si esa vida son recuerdos reales o mi imaginación reconstruyendo el misterio de mi infancia. ¿Qué es mío? ¿Cuánto he creado? ¿Cuánto he perdido?
La primera visita al hospital cuando nació mi hermana. Cinco años, el vestido negro con margaritas que insistí en usar porque me parecía elegante, la foto sosteniéndola. No se ve en la imagen, pero me falta un diente. El diente equivocado, el que estaba menos flojo de los dos frontales, porque un día antes mi hermano me golpeó la boca por accidente y el diente de leche apareció en el lavabo esa noche, entre espuma blanca y sangre. De eso no hay foto, es mío.
Más atrás, otra esquina del laberinto. Año nuevo, tres meses antes, y la impresión de un lechón entero sobre la mesa del comedor, una manzana caricaturesca en su boca. Bajé las escaleras de la casa y me quedé congelada mirando. Mi prima me confirmó que no lo soñé. Veintitrés años después, ella tampoco lo ha olvidado. En las fotos de ese año nuevo no sale el lechón, pero sí la casita donde crecí.
Persigo ese recuerdo, exploro en las fotos la arquitectura de la casa en la que pasé los primeros seis años de mi vida. Mis ojos vuelven siempre a la escalera. Mi madre embarazada, bajando a toda prisa, arrastrando a mi hermano de una mano, aferrada al barandal con la otra, llamándome a salir a la calle en medio de un temblor. Los vecinos, nerviosos, en la calle viéndose las caras. De eso no hay fotos.
Más atrás, más atrás. Antes de mi hermana, esa época que ella ha prohibido en nuestras conversaciones por la injusticia de no haber existido aún, por los celos de cuatro años que solo compartimos los mayores. En la foto, nos sostenemos de la mano, vestidos como gemelos. No recuerdo mi vida sin él.
«En la foto, nos sostenemos de la mano, vestidos como gemelos. No recuerdo mi vida sin él.»
Pies descalzos sobre suelo frío, silenciosos, atravesando la habitación, el umbral de la puerta, el pasillo, de vuelta a la escalera hasta el barandal de madera barnizada. La luz de la cocina regada sobre los últimos escalones a nuestros pies. Queríamos escuchar a los adultos hablar cuando creían que no estábamos. Daba igual qué decían, no lo entendíamos, la emoción de la desobediencia era el premio. Hasta que nuestras miradas se cruzaban y nos venía un ataque de carcajadas. Pies descalzos de nuevo, corriendo hasta la cama para aplastar la cara contra la almohada y ahogar nuestra risa en la oscuridad. No hay fotos de esto, pero no lo inventé. Mi hermano pone los ojos en blanco, tienes idealizada nuestra infancia, no fue así. Me aferro con uñas y dientes a esa memoria, que debería ser compartida y solo yo guardé. Hay un monstruo en el laberinto y esta no puede tenerla, aunque me falten pruebas.
Una memoria más lejana. Tuve que consultar la foto. Cumplí tres años en Barcelona. El pastel de la imagen no es el correcto, la cabalgata de reyes no existe más que esas imágenes felices, pero no hay fotos del cagatió del que hablé a mis amigas del kinder al volver, tratando de explicar cómo un tronco había creado mágicamente juguetes de colores.
La nieve por primera vez. El traje naranja, el trineo rojo, la colina por la que tomábamos turnos para deslizarnos sentados entre las rodillas de mi padre. Fotos, fotos, fotos. Nada es mío, pero al verlas recuerdo el río al fondo de la colina y el terror con el que tiraba del freno muy pronto, convencida de que, si no, chocaríamos contra la reja, la romperíamos, resbalaríamos más abajo, hasta los árboles, al agua helada.
Mamá casi no está en las fotografías. No capturan los juegos que se inventaba para entretenernos con plastilina, ni el sabor de su comida, ni sus manos en mi cabello cada mañana antes del colegio, ni el efecto anestésico de su piel contra la mía, ni su sonrisa detrás del flash. Mamá está en todas las fotos. Su mirada es la que ha dado forma a la cinematografía de mis recuerdos, sus manos certeras, las que han ensamblado un álbum tras otro con el mismo esmero con el que solucionaba mis desastrosas manualidades en el kinder.
Las mismas manos lucharon contra el vacío que disolvió los recuerdos de mi abuela. Sus últimas semanas se dedicó a pasar las páginas de un álbum con imágenes de su vida, de su boda, de sus nietos. Los recuerdos flotaban a la superficie, brillantes, antes de volver a hundirse, pero iluminaron el olvido un poco, antes del final.
La memoria es un laberinto con un monstruo dentro, que huele la sangre de mi padre en mis venas y acecha detrás de cada esquina. Recorro sus pasillos cambiantes despacio, con las yemas de los dedos rozando las imágenes de mi vida colgadas delicadamente de un cordón cuya otra punta sostiene mi madre, la fotógrafa.


