Cuatro paredes

El deseo de la casa

«Desde siempre tuviste el deseo de la casa, tu casa, envolviéndote para el ocio y la tarea en una atmósfera amiga. Mas primero no supiste (porque eso lo aprenderías luego, a fuerza de vivir entre extraños) que tras tu deseo, mezclado con él, estaba otro: el de un refugio con la amistad de las cosas. Afuera aguardaría lo demás, pero adentro estarías tú y lo tuyo. Un día, cuando ya habías comenzado a rodar por el mundo, soñando tu casa, pero sin ella, un acontecer inesperado te deparó al fin la ocasión de tenerla. Y fuiste levantando en torno a ti: la mesa, la lámpara, el diván, los libros […] Sólo cuatro paredes en un mundo reducido, como la cabina de un barco, pero tuyo y con lo tuyo…». Luis Cernuda, Ocnos – Poesía completa. Volumen I. Ed. Siruela, 1993.

 

Mirar casas

Recuerdo esa costumbre un poco rara que fundara mi padre, y de la que el resto de la familia, a excepción mía, desertaría muy pronto. Mirar casas. Casas ajenas, siempre mejores que la nuestra. Casas grandes, nuevas, ostentosas incluso. Casas con jardín delantero, con piscina, con un árbol frondoso que presidía la puerta. Siempre en los barrios más pudientes, en las zonas que sabíamos completamente fuera de nuestro alcance: Las Lomas, La Marina, El Cid, El Sábalo. El ritual era sencillo y hasta pretendía, al menos en un principio, ser casual. Aunque luego, quizá demasiado rápido, acabaría transformándose en una suerte de manía melancólica que mi madre rechazó completamente. Tal vez por parecerle muy ociosa, o quizá por arribista, aunque la codicia, creo, intervenía más bien poco. Subíamos al coche, generalmente un domingo por la tarde, con el pretexto de ir a cumplir algún encargo y a la vuelta, nos desviaba el deseo. No tanto de poseer, sino quizá de parecernos a otros, de ser otros. Mira esa, la del arco abocinado en el pórtico, o esa otra, la de la bóveda de doble cañón, al menos la terminología la manejábamos bien. No sé cuántos años duraría la costumbre, pero hubo una época en la que íbamos muchísimo. Nos gustaba imaginar una vida que jamás llegaríamos a tener. Podíamos vernos siendo parte de todas esas casas; cortando el césped o lanzando una pelota de béisbol frente al porche, todo muy cinematográfico. En realidad, la mayor parte del tiempo se nos iba en suspirar. Sobre todo a mi padre, envuelto siempre en un halo de nostalgia o quizá resignación. Apretaba con ambas manos el volante, como si buscara zafarse de una atadura que no podíamos ver y repetía un par de veces: ¡aaaay! ¡la vida!, ¡aaaay! ¡la vida!, sin saber que estaba fundando en mí, una especie de temperamento ideal para el naugrafio.

 

La escala de la casa

De niño me gustaba hacer maquetas. No las réplicas para armar que se compraban en las papelerías y uno había de completar siguiendo las instrucciones. Sino auténticas maquetas a escala, que yo imaginaba primero y que copiaba después de edificios que eran reales. Recuerdo tardes enteras metido en mi habitación cerrando bloquecitos de unicel y retales de madera. O encolando muros de cartón pluma que a veces cubría con trozos de papel de lijar. Habré hecho más de medio centenar de modelos. Recuerdo dos versiones muy fieles de la tienda de mi madre, una legendaria del estadio de béisbol del equipo local, y decenas de variantes de la casa familiar. Las destruía justo antes de terminar para, simplemente, comenzar otra vez. Un día, sin embargo, me aburrí de las maquetas y quise poner en pie mi propia casa. Primero intenté habitar un árbol. Buscaba emular una cabaña encaramada en la fronda de un encino, que vi la única vez que hicimos una excursión con la familia a la Sierra de Durango. Luego levanté una especie de campamento en el jardín de la casa de mi abuela. Todos en mi familia llamaban a esa chabola ‘Los paracaidistas’, que es como dicen en el norte de México a los que invaden predios y casas sin permiso. ¿Todavía siguen contigo los paracaidistas? preguntaban a mi abuela. Al principio la ocurrencia tenía gracia y hasta me iban facilitando ciertas comodidades. Luego el suministro se cortó abruptamente. Resistí lo más que pude, si no exagero conté catorce días, aunque sólo aguanté allí una noche entera. Me desalojaron cuando mi madre dio la orden. Es lo más cerca que llegué a estar en mi infancia del clásico arrebato por marcharse de casa.

 

Las casas habitadas

Hago una lista con las casas que he habitado alguna vez. No tengo la sensación de haberme mudado con frecuencia, aún así, el recuento me da para enumerar una docena de lugares. Investigo, miro mapas, paseo virtualmente por los barrios fijados a mi infancia. La añoranza me acorrala: no me libro. Por momentos soy una especie de arqueólogo que excava; el cursor de mi mouse es una espátula. Hago agujeros en el tiempo en busca de otros estratos, acaso de otras alternativas; las posibilidades que estuvieron ahí en algún momento y que entonces, yo no estaba preparado para ver. Aunque de la exhumación apenas saco unos restos, no vuelvo con otra cosa más que nombres de calles y códigos postales. Calle Galeana con Cerro del Vigía, 80300. Calle Papagayos con Angela Peralta, 80213. Calle Palos Prietos con Río Pánuco, 80212. Calle Claude Debussy, con Avenida Vallarta, 5551. Calle Joseph Hayden, Prados de Guadalupe, 5084. Así hasta Barcelona. Carrer Sant Elm 9, 08002, Carrer del Comerç 4, 08003. Mare de Déu dels Desemparats 14, 08012. Baixada de Briz, 18, 08023. Hay otras más que completan el trayecto, me doy cuenta sin embargo que no he incluído en la lista las semanas que pasé acampando en el jardín de la casa de mi abuela. Calle Río Baluarte 504, 80201. ¿Cómo hago para diferenciar el refugio que yo mismo construí del resto del edificio? ¿Cómo se documenta una digresión así? «No existe un origen único, sino arraigamientos sucesivos», escribe el filósofo Nicolas Bourriaud.

 

«No existe un origen único, sino arraigamientos sucesivos», escribe el filósofo Nicolas Bourriaud.

 

La huída de la casa

Max Frisch construye en su novela Homo Faber, un personaje que abomina del hogar y no desea otra cosa que desligarse de él. Para romper esa atadura que lo lastra, Walter Faber huye continuamente. Se levanta, se va de la casa, atraviesa países y fronteras incluso hasta el naufragio… pero como a todo fugitivo, la memoria lo traiciona. Cegado por la añoranza Faber coge el teléfono y llama sin pensárselo a casa. Inesperadamente, la voz al otro lado ya no lo reconoce. El personaje comprueba perplejo los dígitos marcados, con la esperanza de haberse equivocado de número, pero el sitio es el correcto. Es Faber quién se ha diluído, es él quién se ha borrado de la escena. Yo no sé a ciencia cierta en qué momento me borré de la escena. Quizá una primera vez, cuando mi madre desmanteló la habitación de mi infancia. Quizá más tarde, una década después, cuando llamar a casa se volvió una obligación que ya me resulta imposible de cumplir. «Irse no quiere decir solamente pasar a través de la frontera, sino también descubrir que siempre se está del otro lado», dice un escritor italiano al que leí con fervor cuando llegué a Barcelona. La frase, ignoro todavía las razones, me hace recordar las semanas previas a mi última partida, la definitiva, cuando vine a vivir al extrajero. No sé por qué la gente en esos días no paraba de decirme «ya no vas a regresar, te vas a quedar allá», «ya no vas a regresar, te vas a quedar allá»… como si más que un deseo fuera un reproche, o aún, un conjuro, una condena.

 

El diario de la casa

Hace unos años llevé un diario que registra la mudanza hasta la que hoy es mi casa, nuestra casa. Recoge 60 días de agotadores trabajos manuales y reformas que mi pareja y yo hicimos con nuestras propias manos. Las páginas detallan con minuciosidad las diferentes tareas, pero hay en ellas sobre todo la reiteración del cansancio físico y una constante angustia por la falta de dinero. Aún así, leyéndolo con distancia, parece una época dichosa. El día 1 (22.07.2014), escribí: Hoy hemos subido por primera vez a trabajar en la casa. Es un ático en una quinta planta desde el que es posible ver la mitad de la ciudad desde arriba. Igualmente yo le llamo la casa; es lo más cercano a una que he tenido en muchos años. El trabajo fue mínimo. Lijar la vieja estructura del toldo que protege la pequeña terraza, y quedarnos el resto de la tarde contemplando las vistas. Vemos los barcos atracados en el puerto, y los enormes buques fondeados delante de Montjuic. Vemos la mole del Wonder of the seas, pero también los aviones que despegan a lo lejos en la pista de El Prat. Cada tanto, un mapa de estelas blancas en todas direcciones se dibuja por encima de nosotros. «Hacia dónde os dirigís», pregunta el peregrino en Heinrich von Ofterdingen, la odisea romántica de Novalis, «a casa, siempre a casa», le responde la doncella.

 

Las casas de los otros

Muchos años después, sin darme cuenta, vuelvo al mismo ritual. Paseo con mi pareja por las calles altas de la ciudad que ahora es mi casa, y no hago otra cosa que mirar dentro de las cristaleras de los departamentos. Como esa artista norteamericana que sólo hace fotos de ventanas. Edificios de París, Estambul o Nueva York que parecen, a través de sus ojos, una especie de teatro de las casas. Personajes actuando su condición doméstica. Momentos enmarcados por cortinas y persianas –bastidores– que emulan cuadros neorrealistas de Hopper. Nos gustan sobre todo las que tienen luces cálidas cercanas al suelo; o muros tapizados de libros que prometen enormes bibliotecas. Mira esa, la de la chica que coloca unas flores; o aquella, la del señor en la bicicleta estática; o esa otra, la del gato recostado en la terraza cubierta como un invernadero. Somos Gail Albert Halaban, pero no llevamos cámara. No hay afán artístico en nuestra forma de asomarnos. Somos nosotros mismos allá adentro. Nosotros mismos mirando en la dirección contraria. El simulacro nos divierte, pero el viaje de regreso es tormentoso. Caminamos en silencio, cogidos de la mano, completamente solos. Hay frustración, rencor, rabia… retornamos heridos por la envidia. De no poseer nada parecido a una casa. De no poder tener, nosotros mismos, algo que se parezca a esas ventanas. Ella me dice, tratando de abandonar el espejismo, ¿quieres que pasemos a coger pizza?, pero yo apenas la escucho. Todavía absorto en las fantasías ajenas, dejo escapar una bocanada enorme que casi es un lamento. Yo sé que por encima del suspiro repta la frase de mi padre: ¡aaaay! ¡la vida!, ¡aaaay! ¡la vida!, y casi sin darme cuenta vuelvo a sentirme en casa.

 


Autor:
Mario Hinojos
Mazatlán, México, 1982
Es gestor y productor cultural
Vive en Barcelona desde 2006

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Fotografía:
Mario Hinojos