(Fragmento de la novela La inmersión)
Empecemos por el principio: mi madre me pare en Barracas, Buenos Aires. Le pide al obstetra a los gritos que le quite el yeso que tiene en el tobillo. Quiere agacharse y parirme en cuclillas. Una posición incómoda para el doctor, pero orgánica para cualquier gestante. El facultativo se incomoda. Sin embargo, termina acatando las órdenes. Parece que el parto es fácil. Salgo tranquila, no me hago tanto problema.
Voy creciendo mientras se me borran los rulos y se acentúa el estrabismo. Soy una niña sociable que va a la escuela primaria, estudia piano y baila hip hop. Pero el país es un caos, dicen mis padres. Yo no me quiero ir. Me dicen que si nos vamos me regalan un perro y acepto, porque criar un cachorro –me imagino poniéndole límites pero a la vez siendo tiernamente permisiva– es mi máxima aspiración a los diez años.
En Barcelona encontraría a Tupper; prácticamente una hija perra. Mucho más mía que de mis dos hermanos. Ya en esa ciudad, termino la primaria y escucho a los Beatles en el walkman de manera compulsiva. Reproduzco cada coro y cada arreglo de guitarra, tarareándolos. La cachorra siempre está conmigo y me entra en la palma de la mano. Me convierto en una madre ejemplar de Tupperware: le corto las uñas, le limpio las lagañas, le regalo las golosinas más sofisticadas. Ella no permite que nadie se acerque a mi cama, tiene trastornos de identidad y se comporta como un dóberman. No le tiene miedo a nadie y es capaz de defenderme de cualquier amenaza. Todos piensan que si bien mis padres son argentinos, yo soy catalana de pura cepa. Casi no uso el castellano. Soy la última de la clase en tener la regla y poder hablar de sexo, dramas y compresas, pero por lo menos soy sobreadaptada en el idioma. Impongo sin embargo algunas costumbres argentinas entre las compañeras de clase: saludarse con un beso a la entrada y a la salida del colegio y, sobre todo, la institución de los pijama partys. Mi casa tiene ese espíritu latinoamericano de puertas laxas donde siempre hay alguna invitada paseándose como si fuera una hermana más, recién adoptada, deambulando por los pasillos.
En el viaje de fin de curso, nos vamos a Sevilla. Ese verano aúllan todas las canciones de amor. En los bares suena una melaza bailable y romántica. Frente a la Torre del Oro me atraviesa ese rayo debilitador. Me gusta Xavi. Me vuelve loca de amor sufriente. Hace chistes finísimos y es retraído. Yo soy invisible con mi cuerpo de niña de nueve años a los trece. Una noche salimos a una discoteca y me pongo algodón debajo del corpiño del bikini. Necesito tetas. Aunque sea en su mínima expresión. Bailamos Rythm is a dancer emergiendo entre el humo sintético color rosa y las luces estroboscópicas. Al salir llueve a cántaros y se me desliza hacia abajo uno de los senos. Le digo a Vera, que está conmigo, que me ayude a desaparecer y en ese momento aparecen unas skindheads sevillanas. Parecen más determinadas que las catalanas, que manejan más el estilo del insulto a distancia. Una de ellas tiene toda la cabeza rapada menos una esvástica del lado derecho. Son cuatro y se excitan enseguida cuando sus radares detectan mi acento –aún híbrido en este momento– y por supuesto, el color de piel de Vera. Nos preguntan de dónde somos. De Barcelona, decimos. Parece que eso es un buen motivo para desarrollar el asco al que ya venían predispuestas. Luego se ensañan con ella: ¿Cómo que eres española si eres mulata? A ese amable intercambio le siguen golpes que en mi recuerdo son una amalgama de baja presión y calles blancas fuera de foco.
Poco tiempo después, ya soy adolescente y paso los veranos con Xavi, mi mejor amigo, en la casa de su tía comunista, en la Costa Brava. A los veinte años me convierto en una camarera prodigiosa. Preparo cócteles como la macarena, el destornillador, el semáforo y el vaca verde. Hago que esa coreografía parezca fácil: mezclar lo que combina, colar lo que sobra, doblar la muñeca hasta la última gota.
Con el dinero que logro ahorrar, viajo a Buenos Aires y compruebo que soy extranjera en todos lados. Pero cuando estoy a punto de volver, una amiga me presenta a su primo y me atraviesa otra vez el pinchazo de la pasión. Me quedo. Juan me recuerda a mi amigo Xavi y me enamora. O sea, hace chistes finísimos y es retraído. No tarda en instalarse en mi casa y le llama la atención cómo trepa la costilla de adán. Le cuento que también le dicen monstera, por el gran tamaño de sus hojas en forma de corazón. Se logra una cucharita perfecta desde la primera noche. Mientras tanto, estudio Bioacústica por las mañanas y cuido a una señora perturbada por las tardes. Me inscribo al doctorado, curso algunas materias y la perturbada fallece. Me aficiono al mate: soy tomadora social. Un día, una compañera me dice que el día que tome mi primer mate sola voy a ser realmente una adulta. Nunca llega ese momento.
Promediando los treinta años, Juan y yo entramos en una fase de decadencia. Pensamos que podría ser culpa del espacio reducido, ensayamos algunas soluciones. Nos mudamos a un piso diáfano en las alturas. El mismo día de la mudanza recibo un mensaje de la hermana de Xavi desde Barcelona: “Por fin descansó”. Un eufemismo sin contexto, ni explicación ni información de cuándo se agravó su salud. Después de eso, una vez instalados en el nuevo departamento, hay un día en el que las cosas se tuercen de un modo irreversible.
«Nos despertamos tarde. La cama es el único espacio revuelto. El resto de la casa es una hoja en blanco».
Nos despertamos tarde. La cama es el único espacio revuelto. El resto de la casa es una hoja en blanco. Ya casi no quedan cajas vacías por bajar y todo respira un equilibrio insólito. Tardo en levantarme. Le miro las manos. Todavía son suaves. Todavía me gustan. Ésta es la fórmula para seguir juntos; un nuevo lugar, sin las marcas del tiempo. Cerca de la ventana; una cordillera inestable de libros irrumpe desde el suelo. Allá lejos; el Río de la Plata, una mancha marrón con horizonte de mar.
Bajo al Coyote a comprar dos cortados para llevar. Nuestra cafetera está rota y por ahora no podemos permitirnos una nueva. O al menos ésa es la sensación que manejamos. Es la segunda vez que vengo, pero la señora ya me reconoce y desde atrás de la barra dibuja una sonrisa cómplice. Me observa: tengo la ropa al revés, pero no dice nada. Debe creer que mi desidia estilística es el resultado de estos días de mudanza y agotamiento, pero, en realidad, siempre estoy con la ropa dada vuelta porque las etiquetas me dan alergia.
Cuando vuelvo, me pongo a abrir las últimas valijas. Empiezo a sacar ropa y a apilarla en el suelo. Aparece mi título universitario completamente aplastado. Me quedo mirando mi nombre y no me reconozco. República Argentina. Universidad de Buenos Aires. Por lo tanto, con las normas vigentes en esta Universidad, le confieren el siguiente diploma. Ya hace varios meses que me concedieron la beca para escribir la tesis y no logro imaginar mi cerebro en la tarea de clasificar, ordenar y descartar información sobre un pájaro que ni siquiera está en este país.
–Juan, éste libro es tuyo, no sé qué hacía en mi caja.
Ponemos la música alta; es la mejor excusa para evitar la conversación. Algunas novedades discográficas, otros clásicos infalibles. Cuando llega la noche estamos demasiado cansados para cocinar y alguno de los dos hace la pregunta retórica: ¿pedimos lo de siempre? Mañana al despertar me van a incomodar las cajas de delivery, los restos de pizza fría y las servilletas sobre la mesa, pero después de una cena condimentada por un diálogo minimalista centrado en el inesperado cambio de clima, me voy a dormir. Mientras me lavo los dientes, Juan fuma en el balcón, es su momento a solas, de noche. Nunca llegamos a la cama al mismo tiempo.
A la mañana siguiente, salgo en ayunas de nuevo a buscar café. Vuelvo con los vasos de plástico quemándome las manos. Entro al departamento y siento un olor viejo, cerrado. Humedades, dice Juan, corriendo el armario estilo industrial que la dueña al final no se llevó. Dejo los cafés sobre la mesa y camino como una autómata con la vista clavada en ese gigante que repta hasta el techo. ¿Cómo no habíamos visto semejante mancha? –no sé si lo decimos o lo pensamos–. Es un mapa verde casi negro, como una nube con alas de moho, un microcosmos más grande que mi cuerpo, cómodamente afincado en la casa.
Horas más tarde, ya somos tres delante de la pared. Es un moho tóxico en expansión, dice el perito del seguro, un problema de humedad que está invadiendo gran parte del inmueble, hay que desalojar el departamento hasta que lo resolvamos. Y habrá que evacuar a los vecinos también, es altamente insalubre.
Tres días de darle vueltas, discusiones, llamadas telefónicas e ingenieros, y al final nos vamos. Juan se instala en la casa de su madre que está de vacaciones con sus amigas y recién vuelve en un mes. Se lleva mis cajas también. Usamos la casa de mi suegra como baulera para este paréntesis. Me las guarda hasta que entendamos qué hacer. Yo meto algunas cosas en una valija de mano y pienso con una determinación absurda en irme unos días adonde sea. Hablo noche y día con familiares de Xavi y con todo nuestro grupo de la secundaria. Todavía no puedo ir a Barcelona. Salen algunos vuelos a Estados Unidos, pero no se puede viajar a Europa. Todas las fronteras están cerradas. Adonde salga el primer micro, pienso, arrastrando la valijita. Todavía no puedo llorar, estoy paralizada.
Ahora atravieso el barrio abstracto de rascacielos y puentes, y de pronto estoy frente al río. Avanzo entre montañas de escombros y pájaros delicados hasta llegar a la avenida. Paro un taxi, miro el celular y, casi sin pensarlo, entro a la página de pasajes de micro. Adonde sea. Adonde salga el primer micro. Tipeo a toda velocidad mientras las luces de los semáforos encienden su verde más radiante. Abro la billetera y miro el número secreto de la tarjeta de crédito. 337. Entonces aparece la confirmación: Villa Itaquí.
Cuando dejamos atrás el puente Avellaneda, le escribo un mensaje a Juan para decirle que me voy unos días a la costa y para contarle que acabo de ver una nube insólita en la ruta. No pude mirarla directamente porque el sol le quemaba los bordes. Tenía la forma exacta de la mancha.


