La sabiduría del pulpo

(Fragmento de la novela Los duelos)

En este gremio, decía el Viejo, lo bueno es que nos conocemos todos. Lo malo es que todos nos conocemos.

Eso decía, con cara de póker.

Yo cumplía veinte años, el día que me fichó.

Él fumaba puros y comía almendras.

Yo no era nadie.

Calada y ojos clavados en la cara.

Farfullaba. Sus frases a veces tenían sentido, a veces no.

Un día me haré mayor, pensaba, y entenderé.

Nunca entendí. El Viejo la palmó sin soltar prenda.

Llevaba tiempo en la clínica. Lo habían vaciado por dentro.

Solo tomaba fruta y vasos de Vichy.

Fue por una ciruela. El hueso, justamente: por el otro lado.

Cincuenta y siete tacos. Los que tengo yo ahora.

Él parecía más viejo.

 

Es cierto que, con veinte años, la ciudad era nuestra.

Éramos una armada silenciosa. 

Había una camaradería sincera. Día y noche. 

Nos intuíamos por la calle. Los gestos sobraban.

La sabiduría del pulpo, el nombre de la agencia.

«La sabiduría del pulpo, el nombre de la agencia».

Productos marinos: export, decía el rótulo. 

Teníamos fotos en la entrada. Tentáculos y ventosas.

Marketing bien hecho.

Doris, detrás del mostrador, no distinguía un rape de una lubina. Mujer reseca, suéter de cuello alto en verano, gafas con cadenita en equilibrio precario. Un pitillo tras otro y nunca, nunca encendía uno con la colilla del anterior. Se mueren los marineros, decía. Usaba un mechero con forma de Derringer. También guardaba, entre las hojas de reclamación, una Derringer de verdad. Con balas y todo. Igualita al mechero. ¿Que venía algún tocahuevos? Le montaba su numerito, y fuera, cagando leches. Doris, con su aplomo, encendía otro cigarro. Una vida al límite.

Solucionamos todo tipo de caso.

La estafa del budista hiperactivo.

El embrollo de las gemelas siamesas.

El pegamento de los cromos del mundial.

Treinta años hace.

El Viejo estira la pata. La Agencia, fuera.

Doris, ahora, es secretaria del arzobispo. ¡Ja!

Está deprimida, dicen. 

Todavía lleva la Derringer encima. Cuidado.

Yo tampoco me la paso bien.

Es por los pipiolos. Los de ahora, que no se aguantan.

Toda una queja. 

Será que los viejos estorbamos. Les recordamos, cada día, que hay otra forma de trabajar. Les recordamos que existe un pasado. Ellos, si algo odian, es la palabra Pasado.

Ocurre en las mejores familias. En las peores, ni te cuento.

Soy uno de esos: de los que creen que antes se vivía mejor.

También digo frases de viejo.

Es lo peor que puede pasar con los años. 

Acabar diciendo frases de viejo.

Porque todo pasa, y todo pasa factura.

Mira, otra.

 

Tengo mi propia agencia. Trabajo solo.

Nada de pipiolos.

Es decir, hago lo que me rota. 

¿Que el caso no me gusta? Fuera. 

¿Que el cliente huele mal? A tomar viento.

Llevo un buen tiempo así. Vaya racha de rechazos.

No aguanto a nadie. Me aburren todos.

Me aburre hasta mi persona.

Es que si me aburro no funciono.

Porque, en lo mío, uno no puede dejarse vivir.

Mi trabajo no es el de un, yo qué sé, de un empleado de correos. Con respeto hablando. Lengua, sello, cuño. Lengua, sello, cuño. 

Un oficio, ese, resistente al error. O indiferente a la queja.

¿El envío no se ha enviado hoy? Pues se enviará mañana.

¿La carta certificada no está tan certificada? Qué le vamos a hacer.

En mi curro otro gallo canta.

En mi curro, si no estás fino, se nota.

Que te juegas el pellejo, vamos.

En mi época, cada semana, una vacante. No sé si me explico.

Que uno dice: flexibilidad del mercado laboral. 

Manda huevos.

Con mi edad, otro gallo canta. Sigiloso, te haces.

Divorcios, herencias y otros cuernos. 

Aunque tampoco me gusta darle al matasellos todo el santo día.

No sé si me explico.

Un dilema interesante: morirse de aburrimiento o morirse de verdad.

¿Qué le queda a alguien como yo?

Pasado glorioso. Presente miserable. Futuro incierto.

Rechazar casos a la espera del milagro. 

Este no, este tampoco, este tal vez, este… No, creo que no.

Me los cargo a todos: por arriesgados o por aburridos.

Tu pulcra mediocridad y quieto, esperando la muerte. 

Natural, si puede ser. 

Es decir, sin gas, diría el Viejo.

Vaya sentido del humor tenía.

Le volvía loco el Vichy.

 

Hasta que, un día, en efecto, llega el milagro.

 


Autor:
Luca Magagni
Bolonia, Italia, 1976
Es creativo y consultor para empresas
Vive en Barcelona desde 2006
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Fotografía:
Juan Lemus