Ratas e hijos

Hay una rata que nos mira desde el asiento del piloto. Sólo brevemente. Nos destensamos los músculos y le agradecemos. Nos sacudimos los hombros, aunque sabemos que lo hicimos antes de entrar a la camioneta, para no llenar los asientos de escarcha. La rata tiene el rostro puntiagudo, unos ojillos saltones que parecen mirar hacia arriba, siempre, nerviosos. Una cara hecha para mirar desde los intersticios oscuros de una casa en ruinas o por entre los barrotes de un alcantarillado. Menos mal que pasé por aquí, porque comienza la noche y el frío arrecia, y quien se cree a salvo termina cayendo sobre el camino, los labios azulados, el cuerpo rígido. Yo alguna vez los he visto de reojo, me he estacionado cerca y al llegar ya estaban muertos, con los ojos abiertos y la saliva ya endurecida por entre los dientes apretujados, y he tenido que llamar a la policía para que se lleven el cuerpo. No cualquiera soporta un viaje así, en medio de la nada. Nos acordaremos de estas palabras cuando el frío no nos amenace, sino el sol. Y lo recordaremos, o me lo hará recordar, pensando en alguien más, alguien sin rostro aún. Cuando aquello que intente tragarnos sea el desierto. El valle al que no puedes mirar más de la cuenta porque corres el riesgo de volverte loco. La blancura de la nieve y la de la arena no es la misma, pero sí la locura que inducen. La rata sigue hablando. A la rata nunca le ha preocupado la nieve. Adentro del auto no se está estrecho. La calefacción funciona apenas, pero funciona. Podemos descansar las piernas. Destensar los músculos. Como si algo externo nos ayudara. Pronto el cerebro se llena de endorfinas. Por fin una recompensa. Preguntamos por encender un cigarrillo. Huele a tabaco fuerte. La rata despega del volante —mano izquierda a las diez, mano derecha a las dos—  sus dedos rosados, pequeños, como gusanos recién sacados del lodo, y presiona el encendedor del panel para que comience a calentarse. Entre dientes, susurramos que no nos quedan cigarrillos, con la voz aún temblando por el frío que empieza a perder terreno en el cuerpo. No es cierto. Queda uno en la cajetilla arrugada y húmeda. No lo decimos. Él señala con su barbilla casi inexistente una caja cuyo color no alcanzo a ver si es gris o azul. El encendedor rojo está en la mochila. Lo imaginamos. Casi sentimos el hielo del camino mientras lo atravesamos con rapidez desacostumbrada, casi incomprensible. Hay que quitarse disimuladamente los zapatos. Pero adentro ya huele a sudor, a semen rancio, a la saliva que se escapa de la boca del que duerme sin lavarse nunca. La rata se parece al padre. O más bien nos hace pensar en el padre. En una versión del padre que ya no tiene a la madre y que no sabe cómo hacerse cargo de sí mismo. Y pensamos en el momento en el que los abandonó, en cuando se hagan viejos y no les quede nadie. Nos pide que saque un cigarrillo de la caja para él. Fumamos sin abrir ninguna de las ventanas para que no entre otra vez el frío. El humo se cuela entre los párpados. Los hace llorar e irritarse. El propio olor resulta casi insoportable. El olor combinado de los cuerpos. Pero la rata está acostumbrada. Lo dice. Sólo he recogido un par de muchachos de la carretera. Porque no debe hacerse. Todos fuertes, jovencitos, hermosos. Y derrotados. Congelándose. Más derrotados de lo que yo estoy, ahora, moviéndome de un lugar a otro, sin más domicilio que éste. Y golpea un lado de su asiento mientras lo dice, y sus golpes hacen saltar ceniza de su cigarro y un polvo maloliente a culo y a alcohol ya pasado por el cuerpo, como si la piel rezumara todo de lo que no ha podido deshacerse. ¿Y derrotados por quién? Los dedos rosados pasan por sobre el pelaje claro, amarillo de mugre y de nicotina. Me gustaría saberlo. Bendito aquel que sabe quién es su enemigo, hoy en día. Yo sólo sé que no deberíamos estar pasando por esto.

«No cualquiera soporta un viaje así, en medio de la nada.».

¿Qué edad tienes? ¿A dónde vas? ¿Por qué tendríamos que vivir así? ¿Quién nos obliga? ¿No es este nuestro país? ¿Para qué estar vagando como animales sin escondrijo, como indios salvajes en busca de la siguiente cabellera? ¿No tendríamos que vivir en esta tierra como vive el Señor en sus propios dominios? ¿Por qué los que somos de aquí sufrimos más que nunca, si nuestra tierra siempre ha sido próspera y para eso la conquistamos, con voluntad y con la bendición del Más Alto? ¿Si somos los seres más perfectos? ¿Si Dios nos hizo a su imagen y semejanza? ¿Dónde está nuestra recompensa por habernos mantenido puros, fieles a sus preceptos? Pero esto me lo guardo para mí. Porque pensar así ya no te trae nada bueno. Pero habrá un día en que llegará para nosotros La Redención. Y mientras, seguiré dejando que me paguen ellos, que se sigan aprovechando de mí. Los que tienen verdaderamente el poder en sus manos. Los que tienen las balas y las usan. No los conoces, pero yo sí. Los he visto. Pero no pregunto. Yo les llevo cosas de un sitio a otro sitio. Yo no pregunto. Yo tengo un coche y un maletero. Y hago largos recorridos, y duermo en este que es mi único domicilio, una madriguera que se mueve sobre las carreteras, y me detengo a comer en donde puedo, en los restaurantes al lado del camino, con los camioneros. Aquí no se está estrecho. Con ellos tampoco. Ellos saben cómo funciona verdaderamente el mundo. Muchos de ellos son maricones. Pero no es que quieran serlo. Sólo que es imposible llevar cosas de un sitio a otro, y que esos sitios estén tan alejados el uno del otro, y poder tener contigo a alguien, alguien como Dios lo quiere. Porque nadie quiere acompañarte ni vivir como vives ni dejar de tomar una buena ducha en semanas. Y las costras y los moretones por no dejar que la sangre corra por las piernas. Y entonces se hacen maricones porque sólo se tienen entre ellos. Pero es sólo por ahora. Porque llegará La Redención y ellos volverán a tener el hogar que se les quitó desde un inicio. Alguien lo arreglará todo. Por mientras, hay que callar. Callar y vivir como se puede. Callar y llevar las cosas de un lado a otro. Y vivir por unos días, después de que vuelves a la ciudad y te pagan lo que te deben. Vivir como una persona, y quedarse en un motel y darse una ducha, y lavar toda la ropa y cogerse a una puta para no volverse maricón y para no enloquecer. Mientras todo se arregla. Y dichas así las cosas, parecía tan fácil todo. Tanto que la rata parecía sólo repetir un guión dicho muchas veces. Pero no sabemos si es porque está muy convencido o porque cree que somos crédulos. Pero en ese entonces lo somos. Aún lo somos. Y esa vida ofrece una salida. Una Redención con mayúscula, de las de los primeros serán los últimos y nunca viceversa. Le preguntamos qué lleva. Si lleva algo ahora. A ti, te llevo a ti. La rata nos llevaba y se parecía al padre. La rata pudo hablarnos de cloacas y agujeros, pero nos llevó todo el camino y nos habló de La Redención. Tres días de camino hacia el sur, un viaje que se sentía como ir cuesta arriba hacia el punto más cercano al sol de la tierra. Apenas paramos. A comer, al sanitario. Al llegar nos ofreció un trabajo. Una pequeña cantidad de dinero con el cual comer y dormir en el pueblo. Alcanzaba para un par de semanas. La rata habló con su gente. Con los que de verdad tienen el poder porque compran las balas y las usan. ¿Las usan dónde? Necesitaban, sí, gente sin familia. Gente móvil. Nómadas que quisieran ser nómadas. La rata nos enseñó a manejar y consiguió falsificar un permiso de conducir. Empezamos a amar a la rata como quien ama a un padre porque se parecía al padre y olía como el padre y nos enseñó La Verdadera Redención. La rata pasó a ser el padre. La rata había sido padre antes. De un ser del que nunca se habló a profundidad y que imaginamos como una rata más pequeña aún, de una edad alrededor de la nuestra. A lo mejor, la edad media exacta entre la mía y la suya. Yo que nunca había tenido padre. Él que abandonó al suyo. Y la rata que dejó olvidado a su hijo en quién sabe dónde. En su momento, también desapareció para nosotros. Porque las ratas son padres durante poco tiempo. Y viví esa desaparición muchas veces, en este momento de escuchar la historia, un momento que se repitió al infinito, como dos espejos encontrados. Mi padre nunca, en ninguna parte.

***

En el momento en el que empecé a hacer viajes por carretera con un auto prestado, la rata nos dejó a nuestra suerte. Haría lo mismo que él, entonces. Sin verlo de nuevo, jamás. Casi como una extraña especie de herencia.

 


Autor:
Leopoldo Orozco
Ensenada, Baja California, 1996

Es profesor de español y nouvingut