Pazuzu

Hice un trato. Con el diablo. Da más miedo Dios, que el pobre diablo. Es tremenda, la cólera de Dios. Dicen que es justa. Y santa. No lo creo. Desproporcionada y caprichosa, pienso yo.

Dios es paciente. Pero cuando se carga, arrasa con todo. No veo ahí virtud ejemplar, ni modelo a seguir. Un ejemplo: nuestra curiosidad le resulta cargante. Recuerden el paraíso, cómo acabó.

Pero él sí. Dios, quiero decir. Dios puede ser todo lo curioso que quiera. Se preguntó hasta dónde. Hasta dónde Job le sería fiel. Y le infligió una pena tras otra. Y Job no maldijo a Dios. Pero sí el día en que nació.

Nosotros no. No podemos ser curiosos, nosotros. Le resulta cargante. Lo he dicho antes.

Convirtió a la mujer de Lot en estatua de sal. Total, por girarse a mirar. No quería testigos. Debía darle vergüenza. Reducir a cenizas dos ciudades enteras. Por no encontrar diez hombres justos. Ni en Sodoma, ni en Gomorra. Y fueron pasto de las llamas. ¿Y los niños? ¿Y el resto de los seres? Las criaturas le importan poco. A Dios, quiero decir.

Salvó a Noé y a su familia. Y a una pareja de cada especie animal. Cuando no con fuego, con agua. La cólera. El azote. Lo inundó todo. Una historia simpática. Con su barquito lleno de bichos. ¿Y el resto? Tantos animalillos. Tantas personas. Morir ahogadas, qué horror. Definitivamente, las criaturas no le importan.

Por más que luego Jesús dijera aquello. Lo del rebaño. Lo de la oveja perdida y el pastor. Se perdió una, y salió a buscarla. El buen pastor. ¿A quién quería engañar? Tuvo un capricho. Dios. Quiso ser hombre y se encarnó. Entonces murieron miles de recién nacidos. Todos al limbo, eternamente. Por su capricho. Los santos inocentes.

Santo, Santo, Santo es el Señor. En eso consiste la gloria. En incesantes cantos y alabanzas. ¡Los famosos coros celestiales! ¡Con todos los santos! ¡Con los profetas! ¡Los ángeles! ¡Los arcángeles!

Entonces, parece normal. Normal que al menos uno, entre tanto hipócrita, lo hiciera. Que se fuera de allí. Tanto cántico, tanto ruido. El Ángel Caído.

Otros le siguieron, parece ser. Abaddon, Leviatan, Coyote. Abezi-Thibod, Lucifer, Abraxas. Akibel, Labasú, Bali. Satanás, Behemoth, Humtaba. Belcebú y Mefistófenes, entre otros muchos. No fueron pocos, pues.

Y yo encontré uno. En una vitrina del Louvre. Pazuzu. Soldados franceses lo trajeron a París desde Babilonia. Y empezó el declive de Napoleón.

En el Louvre.

Todos a por la Gioconda. A por Caravaggio, Delacroix, Gericault. A por la Venus, la Victoria de Samotracia. Como locos. Pero yo fui a por Pazuzu. Planta menos uno. Una sala siempre vacía. Sin vigilancia. Próxima a los toros alados de Khorsabad. Al código de Hammurabi.

Allí vi la estatuilla de Pazuzu. No llega a un palmo de altura.

Levantaron grandes templos, destinados a Dios. Mientras, Pazuzu sigue ahí. Comparte vitrina con menudeces. Acuden multitudes, a los templos de Dios. Para tener audiencia con Pazuzu, debemos acercarnos de uno en uno. Porque a Pazuzu le importan las criaturas. Su atención es personalizada. 

Y no es como Dios. Dios te dice: debes hacer esto, o: haz lo otro. Pazuzu te dice: ¿qué deseas? De acuerdo: los dos comercian con tu alma. Pero francamente, no hay color. No puedes compararlos. El de la barba blanca dice que es tu padre. Pazuzu, que qué te trae hasta él.

Así que hice un trato. Con Pazuzu. Pronuncié las palabras: ¡azuzapimanev! ¡aroha! y se manifestó. Concédeme la frase corta, le dije. Me cansa mi escritura. Harto de cómo suena mi fraseo. Largas oraciones de hasta diez líneas. Eso le dije. Concédeme la sintaxis breve. Poder cerrar un texto en no más de seiscientas cincuenta palabras.

No sé. ¿Me equivoqué? Siempre pasa igual, con el pobre diablo. Estafador de poca monta. Embaucador.

Y con ese nombre: Pazuzu. Por Dios, cómo pude caer.

Tengo que convocarlo de nuevo.

 


Autor:
Octavi Aballí Acosta
Barcelona, 1967

Calculo que, hasta la fecha, he dormido ya unos veinte años.

IG: aballioctavi [at] gmail.com