Me dejé caer en el colchón. Dos adolescentes charlaban debajo de la ventana. Las escaleras de un vecino melómano que tocaba el piano sin importar lo poco apropiado de la hora me llegaban de algún punto por encima de mi cabeza. No tenía sueño, así que decidí llamar a casa para avisar de mi llegada porque eso es lo que se supone que hacen las personas como yo. Calculé que en Barcelona serían poco más de las ocho y que todavía iba a encontrarles antes de que salir para la escuela. Ensayé una sonrisa que no delatara el cansancio y pulsé el botón de videollamada.
Al tercer tono la pantalla me devolvió una imagen temblorosa y granulada que, tras un instante de confusión, identifiqué como la papada de Eloi. Me di cuenta de lo viejo que se había hecho en los últimos años, la visión de esos pliegues carnosos salpicados de pelillos blancos me perturbó un poco. Caminaba con el móvil en la mano sin molestarse en enfocar y la imagen daba bandazos al ritmo de sus pasos. Cruzó un umbral y llegó algo más de luz. Sin mediar saludo, gritó ¡Cuéntaselo a tu madre! Esa tenía que ser yo. Enseguida oí las protestas de Carla y de nuevo a mi marido. Se enzarzaron en una discusión cuyo eje central era la ropa que iba a ponerse la niña. Ella quería su vestido azul, uno con tirantes y cuadritos vichy que había comprado las navidades pasadas con el dinero que le dio su abuela paterna. Eloi le repetía que el vestido azul estaba todavía húmedo de la lavadora, pero ella no atendía a razones. Carla puede ser muy testaruda cuando quiere, algo que por descarte debo suponer que ha heredado de mí. A cada intercambio la disputa subía de decibelios y podía notar el nerviosismo creciente en la voz crispada de Eloi, que alternaba sus argumentos con recordatorios acerca de la hora que era y lo tarde que llegarían.
Reconozco que me reconfortó descubrir que incluso él, en su rol de padre enrollado y ocurrente, se veía superado en esas horas de máxima tensión que constituían el clímax de nuestra rutina matutina.
El móvil no dejaba de moverse al ritmo de su gestualidad airada y me ofrecía retazos de la habitación y de las sábanas revueltas y del cuerpo desnudo de Carla, quien seguía esgrimiendo que tenía que ir con ese vestido y con ningún otro. Entre el batiburrillo de gritos intenté sugerir otro vestido, el floreado, pero no me escuchaban. Eloi no dejaba de repetir que iría desnuda a la escuela. Era asiduo a estas amenazas absurdas que no hacían más que restarle credibilidad ante el juicio cada vez más astuto de la niña. Antes desnuda que con eso, decía ella. Y él pues desnuda irás, por mis cojones que te llevo desnuda. Yo permanecía callada, una observadora ajena sin vínculo alguno con la escena, capaz de juzgar amparada por la distancia que le confiere el aparato. Trató de calmarse y le explicó por qué los vestidos no pueden secarse en el microondas. Era como una de esas grabaciones con cámaras ocultas dentro de bolsos o maletines, situadas en ángulos extraños, la imagen sucia y entrecortada (la habitación de las niñas quedaba lejos del router, por lo que no llegaba bien la señal) y las voces distorsionadas, retumbando más allá de la capacidad de mis altavoces.
Aparté la mirada y recorrí el apartamento en penumbra. No era mucho mayor que una habitación de hotel. En un estante se acumulaban novelas románticas en inglés, probablemente dejadas allí por antiguos inquilinos de paso. De las paredes colgaban tres acuarelas insulsas. La luz tamizada de una farola se colaba a través de las cortinas. Se me hacía extraño imaginar que sería mi hogar los próximos días. Las escaleras del vecino ascendían por el pentagrama y volvían a descender a un ritmo pausado y hasta cierto punto relajante.
Cuando volví a enfocar la pantalla a quien vi fue a Blanca. A diferencia de su padre, ella andaba con parsimonia sosteniendo el aparato frente al rostro. Se detuvo en un extremo del pasillo y se sentó en el suelo. Tuvo la decencia de colocar el móvil en posición vertical, supuse que apoyado en las patas de la cocinita de madera que teníamos en la entrada del salón y que ella había convertido en su centro de mandos. Se puso a jugar con una muñeca frente a la cámara, a la que no miraba directamente.
Hola, mami, dijo desmenuzando las sílabas. Desde que empezó a hablar llamaba mamis indistintamente a todas las mujeres adultas. Lejos de despertarme celos, me reconfortaba el uso generalizado que hacía del término, capaz de retrotraerme a otros tiempos en que los hijos eran hijos de toda la tribu, de todo el barrio, como si con ello asegurara que el día en que yo faltara (y creedme, la idea de faltar era algo que cruzaba mi mente demasiado a menudo) la pequeña seguiría contando con una figura materna a la que entregar su cuidado.
Se oyó un grito seguido de un estruendo. Vi a Eloi salir al pasillo. Decía: pues pregúntale a Laura Marín si te presta la secadora que han comprado sus fabulosos padres. Detrás de él volaron unos leggins. Se metió en nuestra habitación, contigua a la de las niñas, y enseguida volvió a salir en dirección al recibidor. Y de paso pregúntale a Laura Marín si sus fabulosos padres no querrían adoptar a una niña desnuda hasta que vaya a la universidad.
Blanca hacía caso omiso a los ruidos. Desenredaba la melena de la muñeca con tirones bruscos del cepillo. Me preguntó dónde estaba y por qué no estaba allí con ella. Ya te conté que mamá tenía que irse de viaje, dije, por trabajo. ¿Pero dónde? A Argentina, cariño. ¿Dónde está Argentina? En América, ese continente alargado que es como dos triángulos uno encima del otro. Estoy en el triángulo inferior. Puedes buscarme en tu globo terráqueo. Me preguntó si en Argentina había jirafas y luego qué se comía allí y si tenían o no un rey. Yo respondía divertida a sus preguntas, aunque no parecía muy interesada en la conversación. Un par de veces el móvil resbaló y enfocó los ojos de buey del techo ante de que ella volviera a colocarlo en vertical, más por un afán de orden que por ver a su madre.
Oí la voz de Eloi apremiando a las niñas. Podía ver su silueta en el recibidor, revisando el contenido de las mochilas.
¿Y yo estoy ahí contigo?, quiso saber Blanca. ¿Estoy en Argentina contigo, mami? La pregunta al principio me desconcertó. Luego me arrancó una carcajada que dio paso a una tristeza extrañamente desoladora.
No, cariño. No estás aquí, le dije, y ella se tomó unos segundos para sopesar la respuesta. Se encogió de hombros.
Permanecimos calladas unos segundos. Poco después vi salir a Carla con paso enfurruñado mientras de alisaba la falta de su vestido azul. Eloi gritó ¡Blanca! y ella dijo adiós mami y me lanzó un beso y corrió hasta el recibidor. Primero salió de plano Carla y tras ella Blanca y al fin también Eloi, sin mirar en ningún momento en mi dirección. Se apagaron las luces. Escuché el ruido de la puerta. Después todo quedó en silencio.
Se habían olvidado de mí y también del móvil, que seguía transmitiendo desde su posición a ras del suelo.
Por algún motivo no colgué la llamada. Dejé que siguiera emitiendo mientras deshacía la maleta y ponía a llenar la bañera. Cada poco desviaba la vista hacia la pantalla. Algo en esa imagen me llamaba poderosamente, o más que en la imagen en su quietud tensa, precaria, como si fuera a retomar la actividad a la mínima que apartara los ojos de ella. Era la primera vez que veía mi casa vacía, sin mí y sin nadie más en ella, en esas horas muertas en las que no era una casa habitada sino sólo un espacio detenido en el tiempo, dejado en espera. Era emocionante, aunque no sabría explicar por qué. Pervivía una sensación de intimidad expuesta, como si espiara a hurtadillas una vida que no dejaba de ser la mía pero que la distancia volvía irreconciliable.
Me desnudé y entré en la bañera y coloqué el teléfono en el borde, contra los azulejos turquesa. Las notas de piano seguían deslizándose entre las nubes de vapor. No sé cuánto tiempo pasé allí, hundida bajo el agua, observando. Tal vez fuera el cansancio del vuelo o el efecto residual de los somníferos, pero sentía una languidez blanda en todo el cuerpo. Sin apartar la vista de la pantalla dejé que mi mano se deslizara hacia abajo. Primero fueron unas caricias inocentes, un gesto mecánico para calmar la comezón. Pronto mis dedos fueron recordando. Ahogué una risotada. Era ridículo. Veinte minutos atrás hablaba con mi hija y ahora me estaba masturbando con la visión del recibidor en penumbra, los claroscuros que formaban las chaquetas colgadas del perchero y el cochecito plegado en una esquina y el cristal de una fotografía enmarcada en la que se reflejaba una luz oblicua procedente de la ventana de nuestra habitación. Tal vez sea eso lo que llaman porno casero, pensé. No recordaba cuándo había sido la última vez, por falta de costumbre o por falta de tiempo o de ganas. Mi cuerpo se sacudía e imprimía en el agua un oleaje suave que lamía los costados de la porcelana. Mucho antes de conseguir llegar a cualquier lugar unos ojos centellearon en la oscuridad del pasillo. Detuve el movimiento, aunque no retiré la mano, crispada, apretada entre los muslos. Los ojos se fueron acercando con movimientos lentos, balanceándose en zigzag de pared a pared. Por un instante fui consciente de mi imagen desde el otro lado. Me sentí observada al tiempo que observaba desde el extremo de una mirilla estrecha y lejana. El rostro alienígena del gato se fue materializando entre las sombras. Tanteó con curiosidad desganada el aparato, las orejas erguidas y puntiagudas. Me escrutó una última vez y enseguida perdió interés y lanzó un par de zarpazos despectivos y todo quedó negro.
IG: @joelfreixas


