Algo detrás de mí

(Fragmento de novela)

Podía pasar días enteros en esa casa sin escuchar mi nombre. El espacio se había vuelto sordo, una acústica de paredes gastadas absorbiendo el sonido, un intervalo que nunca terminaba. Esa tarde regresé a la misma hora, entré una vez más a la quietud del segundo piso, y encontré a Cristina en su cuarto, como suspendida en un momento de duda, mirando la calle por el ventanal que daba al balcón. Afuera, sobre las casonas pálidas y cubiertas de polvo, el cielo estaba vacío.

Apenas me acerqué Cristina me miró, pero no dijo nada. Se quedó unos segundos con los ojos detenidos en mí y después volvió a apagar la vista sobre el vidrio, y en ese gesto la vi irse otra vez hacia ese lugar lejano e inaccesible del que cada vez salía menos. Con el cuaderno encima de las piernas, se mecía hacia adelante y hacia atrás, iba y venía en un balanceo que me inquietaba y que al mismo tiempo empecé a reconocer, un vaivén que me recordó sus movimientos frente al piano.

Te traje algo, dije sacando la caja de la bolsa y dejándola encima de la cama. Cristina sostuvo el disco y se quedó un rato largo tratando de registrar lo que tenía delante. Últimamente usaba más las manos. Lady Soul, leyó despacio, como si se aferrara a las palabras que aún tenía. ¿Y entonces?, pregunté estirando el brazo hacia ella, ¿lo escuchamos? Me costaba acostumbrarme a ser yo la que hablaba casi todo el tiempo. Rodeé su espalda intentando levantarla pero sus brazos se aflojaron y se quedó así, resignada a la idea de no querer moverse.

No vi a Adela por ninguna parte y pensé que debía estar en el primer piso. Sin hacer bulla entré al cuarto de al lado, una habitación convertida en depósito de instrumentos y muebles viejos, y cerré la puerta. Ahí estaban, detrás de la Gibson, sus discos amontonados sobre el estante y, en una esquina, separada del resto, la colección de vinilos de Aretha Franklin, la misma que Cristina había conseguido veinte años atrás en un puestito de Arenales y que me hacía escuchar cuando terminábamos la clase y ella insistía en que me quedara y pasábamos horas descalzas sobre el sofá de la sala, cubiertas por una misma manta, dejando avanzar un álbum completo. Se emborrachaba a su ritmo y después tocaba algo en el piano, y yo me divertía mirándola con la curiosidad con la que los adolescentes descubren las cosas por primera vez.

Fui hacia el estante de los vinilos, guardé el disco que acababa de comprar y encontré otro apoyado encima del resto. Debajo de la funda reconocí, sobre la etiqueta roja, las letras alargadas que formaban Respect y, con ellas, el contorno de esos días que habíamos pasado juntas y que se sentían tan lejanos, casi inexistentes. El olor a guardado se quedó en mi garganta, como una tos que traté de contener. Respiré varias veces y, al soltar el aire, empecé a escuchar el silbido de mi pecho.

«Acababa de cumplir cuarenta años, la misma edad que ella cuando nos conocimos».

Me quité los zapatos y los dejé al costado del sillón. Ahora era yo la que tomaba un vaso del Chivas que Cristina escondía en el baño cada vez que llegaba uno de sus alumnos. Acababa de cumplir cuarenta años, la misma edad que ella cuando nos conocimos. A mi lado, sobre el aparador, acomodé el vinilo bajo la aguja y fue ahí, en las primeras notas, justo antes de que entrara la voz, que el ruido estalló.

Los gritos venían desde afuera, no supe bien si del patio o de la calle, pero me pareció que subían por los espacios vacíos de la escalera. Salí corriendo, todavía descalza, aturdida entre la música, el efecto del whisky y las voces que taladraban el fondo de mis oídos. Apenas llegué al patio, encontré a Cristina golpeando los puños contra la madera descolorida.

Adela trataba de convencerla, de hacer que volviera a la sala, pero ella no la escuchaba. Abran la puerta, gritó sin voltear, como si nosotras estuviéramos en la calle, del otro lado. Giró la manija con los ojos puestos en la cerradura, sin darse cuenta del pestillo que acababan de instalar apenas unos centímetros más arriba. Parecía que ya no servía explicarle las cosas, que las frases no sonaban a nada, que las palabras se habían vuelto inútiles.

Las pastillas, dijo Adela mientras entraba a la casa. Cristina se dio la vuelta y nos quedamos las dos solas en el patio. Empezaba a hacerse de noche y vi las luces del segundo piso prenderse una detrás de la otra. Ábreme, dijo, me tengo que ir. Me paré delante de la puerta y traté de no moverme. Le dije que yo me iría con ella, que saldríamos más tarde, que teníamos que esperar a alguien más. Déjame salir, insistió con una voz nueva, y algo en su expresión me hizo poner el cuerpo más firme.

En un arrebato se acercó a mí, movida por una presión que brotaba de golpe y que parecía capaz de devorar cualquier cosa que interrumpiera sus pasos. Nunca la había visto así. Hice un gesto con las manos para frenarla, pero me agarró del brazo y lo apretó con fuerza, como queriendo deshacer algo debajo de sus dedos. Los gritos me volvieron a llegar y esta vez pude verlos de cerca, saber exactamente de dónde venían.

Hija de puta, dijo soltándome, y lo repitió una y otra vez con la mirada vacía hacia un lado de mi cabeza, como si en realidad no me viera, como si buscara algo detrás de mí. Me empujó contra la puerta y sentí la madera golpear en seco mi espalda. Sus ojos perdidos me aterraban más que su fuerza. Empecé a agitarme y el silbido de mi pecho tomó volumen y entonces Cristina se quedó en silencio y retrocedió despacio. ¿Dónde están las chicas?, dijo. Me pareció escuchar a lo lejos la música en el segundo piso, el disco todavía girando, el hielo golpeándose contra el interior del vaso. ¿Qué chicas?, dije. Dejó su mano sobre mi pecho, quieta, y la sentí temblar. Mis hijas, ¿dónde están mis hijas?

 


Autor:
Ursula de la Peña
Lima, Perú, 1990
Es comunicadora
Vive en Barcelona desde 2021
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Fotografía:
Juan Lemus