Corta y pega

Retocando vidas ajenas me lo paso la mar de bien. Al fin y al cabo, me pagan por recortar, por meterle el tijeretazo a las historias de los otros. Alcancé mi nivel máximo de manipulación vital trabajando en el programa local de salseo rosa. Ojo: tampoco es que nos inventáramos la vida de nadie. Es más bien que, en la sala de montaje, con la directora, decidíamos si sentenciábamos o no al fulano de turno en tres tomas. También me podía tocar enmendarle la plana al mengano y ordenar los despropósitos que hubiera cometido para maquillar un poco su figura. Con los señoros, lo más socorrido era intercalar las tomas ñoñas, con las hijas o las nietas, antes y después del accidente por exceso de velocidad (y alcohol) o la llegada al juicio por corrupción. Desde luego que, si las montadoras nos rebeláramos durante la edición de algunos vídeos, la sociedad tendría una opinión muy diferente de algunos ilustres ilustrísimos.

Si yo fuera directora, mi siguiente proyecto serían manos de gente. Manos, nada más. Manos de cerca, de lejos, manos temblorosas, caricias, manos curtidas, trabajando, amasijos de dedos dudosos, apretones con afecto, palmas sudorosas, manos enjoyadas, uñas sucias… Con un par de manos en movimiento se pueden capturar muchos matices de la personalidad de alguien. Se humaniza a un villano como se desenmascara a un mentiroso. Las manos me dicen tanto de los personajes como de las propias artistas. Hay quien se fija en los rostros cuando mira cuadros, en las sonrisas o en el material del marco para medir su calidad. Yo soy de las que opina que, para valorar la talla de una pintura, hay que centrarse en las manos (si las hubiera, claro). Por eso, si fuera directora haría un corto sin caras. Aunque bueno, si me tocara dirigir, probablemente no se acabaría nunca el proyecto, todo sea dicho.

«A veces me da por pensar en cómo editaría mi propia vida, si fuera posible pasar la realidad por una sala de montaje. Morir, sé que probablemente me muera de una forma idiota».

Trabajando con la Bony tengo suerte de que, hasta ahora, me deja opinar bastante. Sabe hacer como que me escucha, cosa que en una directora, no es poco. Desde que nos conocimos en la escuela, me ha ido llamando para todos sus proyectos. Gracias a ella me he ahorrado tener que sumergirme a los fondos más pringosos del mundo del montaje. Lo más bajo que he caído ha sido en la tele, pero con contrato al menos. En Barcelona (y pagando un alquiler) no habría sido raro que me hubiera tocado editar vídeos porno, industria en la que priman los planos sin rostro también. De momento no tengo el gusto, ni creo que fueran los mejores proyectos para mi portafolio: mucho zoom in, zoom out, planos con la cámara de cualquier manera, diálogos sin fundamento…Con todo y con eso, tampoco son los peores proyectos en este mundo de la supervivencia cinéfila en el que nos movemos la Bony y yo. La primera ley del consuelo del artista ya lo deja bien claro: «siempre hay espacio para empeorar creativamente».

Para mí, el límite de la humillación artística está en los anuncios de pañales. Por suerte, estas maravillas del montaje vienen sin créditos de edición. Porque yo pierdo semanas de vida solo de pensar que la persona que haya montado la pieza se habrá tenido que ver tropecientas mil veces los componentes, capa por capa, con las últimas novedades absorbentes (prueba de humedad incluida). Lo primero que me viene a la mente cuando veo un anuncio de estos o una mala película es que detrás debe haber una pobre montadora o, más bien, una montadora pobre.

A veces me da por pensar en cómo editaría mi propia vida, si fuera posible pasar la realidad por una sala de montaje. Morir, sé que probablemente me muera de una forma idiota. Así que, ese final lo dejaría tal cual: un toque absurdo de cierre, coherente con una protagonista como la menda. Aceleraría toda la parte del colegio de primaria, pondría lo de mis padres más tarde, borraría la universidad, extendería al doble de tiempo el verano previo a la Escuela de cine. Después de varios visionados, suprimiría finalmente algunas escenas con Carla (aquello claramente se caía en montaje) y añadiría más momentos con Félix. En verdad, no habría tanto que cambiar. Lo que sí he sentido desde que llegamos al caserón es que encajaría antes mi salida de la ciudad al pueblo.

 


Autora:
Blanca Marín Zofío
Minneapolis, EE.UU., 1989.

No es montadora y le apasionan los teclados.

No tiene redes: llama por teléfono.