Son las ocho y tres de la mañana de un miércoles cualquiera (tres minutos más tarde de lo habitual, hoy me dio por cepillarme los dientes, cosa rara). Se me ha escapado el 22, así que espero el L3, que me obliga a caminar diez minutos hasta llegar al despacho de mi tío donde trabajo de secretario por las mañanas. El autobús llega en silencio. Entro, ocupo el único asiento libre a la vista y me abstraigo contemplando a través de la ventana el deambular de los transeúntes que arrastran sus pies por las aceras de la silenciosa avenida. Distingo a lo lejos el brillo de una de las torres de la catedral y la solidez pétrea de su cimborrio. Me traen de vuelta al autobús los viajeros que ocupan los asientos que me preceden. Anoche uno de ellos estuvo leyendo a un tal Borges y menciona un título que nunca había oído: El jardín de senderos que se bifurcan. Menudo titán este Borges, me digo, tendré que leerlo algún día. En Suero de Quiñones sube al L3 una muchacha pelirroja de andares y movimientos magnéticos. Todo mi ser vuelve a levitar, pero de nuevo siente el peso de la gravidez cuando de repente ella se sienta en el sitio libre que ha dejado junto a mí el único viajero que acaba de abandonar el suyo. Siento el roce de su codo contra el mío y, no sé por qué, la piel se me eriza. Trato de concentrarme en algo concreto para regresar a la flaccidez. Pienso en el cimborrio pétreo de la catedral, pero es peor. El L3 llega a Zapaterías y desciendo frente al Begoña poniéndome a salvo del ridículo. Tras caminar diez minutos, llego al despacho de mi tío. Acaba de irse Miguel, el presidente de la Cultural, me cuenta. Un día te lo presento. Miguel es un fantoche de mucho cuidado: hombre fornido, de metro noventa, muy pagado de sí mismo, que ofrece siempre promesas que nunca cumple. Por la tarde, de regreso a mi apartamento, paro a tomar algo en el Begoña y allí me veo, de repente, frente a ella y, tal vez, frente a una de las encrucijadas de mi vida. “Coincidimos esta mañana en el L3, ¿me recuerdas?”, me dice. Tras invitarla a una copa, trato de llevar la conversación al punto en el que los devaneos deben dar paso al lance definitivo. Y allá voy: “Me encanta Borges”, le digo tratando de impresionarla. A Pili no le interesa Borges en particular, ni el boom hispanoamericano en general. Ella es socia de la Cultural, y lo que de veras le pirra es el fútbol (en general) y los deportistas fornidos (en particular). Así que me retiro cabizbajo y un tanto acomplejado por mi complexión filiforme. Mañana mismo me matriculo en un gimnasio.
Son las ocho en punto de la mañana. Pero no de un miércoles cualquiera, sino del mismo. Aquí estoy, puntualmente en la parada del autobús, con la dentadura sucia, para variar. El 22 ofrece a estas horas muchos sitios libres, como de costumbre. El destino y mi letargo de esas horas me llevan a sentarme junto a una chica morena, de mirada ausente, pero (tal vez por ello) magnética. Siento el roce de su cadera contra la mía y mis genes buscan perpetuarse sin que intervenga en ello mi voluntad. Me concentro en una de las torres de la catedral para refrenarlos. Trato de centrar mi atención en alguna conversación próxima de mi alrededor, pero todos los viajeros guardamos un silencio fantasmal a estas horas de la mañana. Bajo en Pilotos Regueral y por fin respiro aliviado. En el despacho, mi tío me presenta a Miguel, el presidente de la Cultural. “Pásate un día por el club y te hacemos una prueba para ficharte, hombre”, me invita propinándome en el omoplato un manotazo que me dejará torcido para todo el día. El presi hace caso omiso de mi pírrica condición física y desconoce por completo que ya fracasé como juvenil en las filas del modesto equipo de mi pueblo. De regreso a casa, me detengo a tomar un vino en el nuevo bar que han abierto frente al Begoña, y el destino me pone frente a frente ante ella y, quién sabe si ante una de las antesalas de mi vida: “Coincidimos esta mañana en el 22, ¿te acuerdas?” Tras invitarla a beber, me envalentono y decido jugarlo todo a una carta: “voy a fichar por la Cultural. Me tienen a prueba”, miento. Lucía no sabe qué carajo es la Cultural. Lo suyo es la literatura. “¿Te gusta Borges?” inquiere como tratando de darme una segunda oportunidad. Es la primera vez que oigo mencionar a Borges, y en ese momento daría mi vida por conocer un solo título de su obra. Salgo a la calle acomplejado por mi abrumadora ignorancia. Mañana mismo me paso por una librería.
Del Begoña sale en ese preciso instante una pelirroja de andares indescriptibles (tal vez magnéticos sea la palabra). Al cruzarnos, mi mirada observa con disimulo su mirada ausente. La veo alejarse, con la sospecha de que algo nos concerniera más allá de la casualidad de aquel encuentro en el tejido insondable y caprichoso de la materia y del tiempo.
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