La voz de los insectos

Manuel abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras. Se había despertado porque le pareció que lo llamaban por su nombre. Manuel. Sí, sí, no había duda: alguien lo estaba llamando. Era una voz desconocida, tan débil que no era capaz de identificar desde dónde llegaba o si pertenecía a un hombre o a una mujer. Palpó la cama vacía. Marta pasaba la noche en casa de su hermana, como cada viernes, y sus hijos hacía más de veinte años que habían abandonado el inmenso chalet familiar. Se incorporó levemente y examinó la habitación inmóvil, acostumbrándose a la oscuridad. Aguantó la respiración para afinar el oído. El frigorífico ronroneaba en la planta baja. Por la ventana abierta se colaban el clamor de los grillos y el rumor de la carretera lejana. No podía ser muy tarde. Manuel. La voz susurró espeluznantemente cercana. Manuel creyó percibir un matiz polifónico, como si hablara un coro de voces sincronizadas con tanta exactitud que sonaban como una sola voz. Una voz viscosa que pronunciaba su nombre con una dulzura cautivadora, envolvente, casi celestial.

—¿Eres Dios? —pronunció Manuel, temeroso de que se hubiera cumplido uno de sus mayores temores: morir un viernes, completamente solo, cuando su esposa estaba en casa de su hermana.

—No, Manuel, no somos Dios. Somos los insectos —dijo la voz pausadamente, llenando todo el dormitorio, sonando a la vez dentro y fuera de su cabeza.

Manuel se incorporó aterrorizado. La habitación estaba repleta de miles de insectos, quizá de millones. Ocupaban el suelo, las paredes, el techo, cubriendo toda superficie posible, como una capa de nieve. Pero, lejos del esperado caos crepitante de patas y alas, oscuro, rastrero, repulsivo, con olor a túnel y a almendras quemadas, encontró a todas aquellas criaturas armoniosas, limpias, bañadas por una luz dorada y cálida que parecía brotar del interior de las propias mantis, de los mosquitos, de las abejas y las mariposas, de las hormigas, todos ordenados por especie y tamaño, formados en filas paralelas, mirándole expectantes. Manuel nunca había visto animales tan espléndidos como aquellos. Era la primera vez que se daba cuenta de lo verdaderamente hermosos que eran los insectos. Se sintió embelesado de una manera que antes solamente había experimentado contemplando a sus hijos crecer.

—Manuel, hemos venido para decirte que hemos visto tus películas —la voz de los insectos sonó tan acariciante y embriagadora que sintió cómo le invadía el impulso de besar a los gorgojos y a los escarabajos, de revolcarse riendo a carcajadas abrazado a las moscas y a los pulgones. No se lo podía creer. Los insectos le decían que habían visto sus películas.

—Nos han gustado especialmente Cucarachas en Hollywood 1 y 2. La tercera nos parece un poco más prescindible, pero el personaje del milpiés con zapatos de tacón es sin duda lo mejor de toda la saga. Nunca antes había sabido retratar con tanto rigor la esencia de la personalidad de los milpiés. Y también es el responsable de que Óscar sea ahora uno de los nombres más populares entre los diplópodos. SuperHormiga ha envejecido regular. Es demasiado previsible y los chistes están muy usados, pero aún así la hemos visto cientos de veces. Especialmente las hormigas, que a pesar de no identificarse con el retrato estereotipado que haces de ellas en la película, consideran muy acertada y realista la alegoría de la crueldad humana vertebrada a través de la lente magnificadora de la lupa que usa Max cuando quema el hormiguero. Pero si hay una obra tuya que llevamos especialmente en el corazón, esa es Berenjenal en el Panal. No hay una sola abeja que no se conozca cada capítulo de memoria —dijeron los insectos, envolviéndole en su voz áurea. El fulgor que emanaban era tan desulmbrante que Manuel apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Berenjenal… Pero ¿cómo…? Está descatalogada desde hace décadas… El 3D se debe de ver tan antiguo que… Mis películas… Y yo que creía que nadie las veía —balbuceó, confuso e incrédulo.

—Pero ese no es el mensaje que hemos venido a traerte esta noche, Manuel. Eres el primer humano al que nos dirigimos en miles de años. No articulamos nuestra voz en vano. Presta atención: lo que vamos a comunicarte es muy importante. Hemos llegado hasta ti para hablarte y que escuches las palabras que tan cuidadosamente hemos escogido. En tus películas los insectos nos expresamos siempre con una voz estridente y desafinada. Esa voz tan desagradable es propia de los humanos, no de los insectos. Hoy hemos venido para pedirte que rectifiques tu error y corrijas el timbre de nuestra voz en tus películas.

—Pero… Yo ya no hago películas. Me retiré hace años. Estoy jubilado.

—No queremos que hagas películas nuevas. Solamente queremos que modifiques las películas que ya hiciste. Queremos ver Cucarachas en Hollywood y SuperHormiga y que los insectos hablen con esta misma voz que estás escuchando. Y Berenjenal en el Panal. Tú le mostrarás al resto de los humanos cómo sonamos realmente. Esa es la misión que te encomendamos.

—Pero ¡eso es imposible! Para ello tendrían que hacerse nuevas ediciones de mis películas… Y a nadie le interesan ya. Han pasado al olvido, como yo también haré pronto.

—Manuel, te lo estamos pidiendo por las buenas. Si te niegas a resolver esta demanda y nuestros requisitos no son satisfechos, serás declarado enemigo público de todos los insectos —la voz sonó por un momento gutural y hedionda.

—¿Cómo? Pero ¿eso qué significa? ¡Lo que me pedís no está en mis manos! No puedo editar el sonido de un DVD o de un VHS que ya está fabricado. Y, aunque pudiera, tendría que hacerlo uno a uno. ¿No lo entendéis? ¡Solamente encontrarlos me llevaría más tiempo del que me queda de vida!

—Manuel, por favor, recapacita tu decisión. Admiramos tu trabajo, pero si no haces lo que te pedimos, te arrepentirás. Estamos en todas partes. No encontrarás un rincón en todo el planeta donde puedas esconderte de nosotros. Allá donde estés encontrarás pececillos de plata en tu comida, piojos en tu almohada y garrapatas en tu ropa interior. Una nube de mosquitos tigre te seguirá a todas partes y una multitud de moscas verdes se posará en tus ojos y tus labios cuando duermas. Habrá cucarachas acechando bajo la tapa de cualquier inodoro y una legión de pulgas dentro de todos tus zapatos. Atiende nuestra demanda, Manuel. Lo que te pedimos es muy sencillo.

—¡No puedo hacer nada! ¡Yo…!

Manuel se incorporó en la cama, empapado en sudor. El dormitorio estaba a oscuras. No había ningún insecto. Se puso en pie y abrió la ventana. La noche estaba en silencio. La brisa nocturna esparcía el olor de la lluvia. De repente, los grillos volvieron a cantar, al unísono, con un estruendo ensordecedor.

 


Autor:
David Peña
Madrid, 1978.

Escribe libros para adultos del futuro.