Dejamos la videollamada, me paro rápido y en el baño miro el reloj; calculo los cuarenta y cinco minutos que he pasado frente a la pantalla poniéndome al día con Adelina. De cara al espejo pienso que sí, he envejecido mejor que ella. Voy a la cocina, me sirvo un vaso de agua y cojo un par de olivas de la nevera que me como en el camino de vuelta al salón. En el ordenador, veo que la casa de Adelina sigue encendida, e imagino que las dos nos paramos en un tiempo hipersincronizado, sin alcanzar a cortar la llamada, y que, como en una coreografía perfecta, con baño, vaso de agua y olivas incluidas, Adelina ya debería estar aquí de vuelta, para acabar la escena mirándonos de frente, como si se tratara de una pieza ensayada durante años. Pero Adelina no aparece, así que aprovecho y observo: su piso es un cuadrado perfecto con ventanas largas al fondo. En el muro de la izquierda, un bordado de flores grises cuelga a media altura; lo reconozco, debe de tener más de cincuenta años, lo he visto en sus anteriores casas. Las paredes están salpicadas por ¿manchas? ¿hormigas?, abajo, una mesita verde que nunca hubiera elegido para mí, y junto a ella, una silla de mimbre que aguanta una maceta de color marrón. La maceta parece estar llena de tierra, y de ahí, un incienso clavado se alza y suelta humo. El humo se mueve en el lugar detenido, mientras se oyen buses pasar; me pregunto si son de aquí, pero concluyo que son de allá.
Adelina entra de vuelta a la escena con un vaso en la mano, la veo compartir su agua con una planta medio muerta, la veo caminar hacia el mueble de madera para recoger un plato lleno de migas que se le caen al suelo. Sé que no tardará en darse cuenta de que estoy aquí, y en eso, un pequeño sobresalto me advierte: la estoy mirando desde un lugar extraño, un lugar desde el que no me gustaría que me mirasen a mí.
«La estoy mirando desde un lugar extraño, un lugar desde el que no me gustaría que me mirasen a mí».
Cuando se da la vuelta y dirige su cuerpo hacia la pantalla, hago un ruido tonto para que se fije, y cojo mi vaso de agua, y camino hacia la enredadera que cuelga para regarla haciendo puntas con los pies. Saco el culo, entro el vientre, separo las piernas. Ella estará contemplando mi costado derecho, ella conoce mi cadera rota, y como quiero que me vea fuerte, improviso algunos movimientos: acomodo el taburete para subir a mover un cuadro que no está ni chueco ni suelto, luego me agacho rápido y vuelvo a subir. Me gusta que vea que todavía puedo hacerlo, y sonrío de cara al muro. En las alturas me detengo y le enseño mi cuerpo cansado pero activo. Debe haber perdido la visión de mi tronco y mi cabeza, y está bien, son mis piernas todavía largas las que quiero que mire. Bajo enérgica, me acerco al mueble de formica, cojo una botella de licor de cerezas y me sirvo una copa que tomo contenta, para avivar la tarde. Ordeno y recojo algunas cosas sueltas: una manta mal doblada, un libro en el suelo, un ovillo en el sillón. Me muevo con la destreza de una patinadora que sortea obstáculos en cámara lenta, con cuidado de no salirme del plano que se proyecta en su casa, desde donde ahora, oigo un ruido fuerte. Miro de reojo, veo cómo Adelina se apresura hacia la ventana que da a la calle y cómo la abre y se asoma hacia afuera. La distorsión del sonido no me deja descifrar si habla con alguien, o si, igual que yo, solo quiere entender qué se movió de sitio, qué fue ese ruido; ¿un accidente?, ¿un árbol caído?, ¿un temblor?
Me preocupo y decido llamarla, entonces cojo mi móvil, marco y veo en mi ordenador su teléfono que vibra y se ilumina arriba de la mesita verde. Adelina camina hasta allí, coge el teléfono, lee mi nombre en la pantalla, le da la vuelta y me deja tumbada boca abajo, sin ningún cuidado. Mientras yo sigo con el tono en la oreja, ella vuelve rápido a la ventana, tranquila a la misma posición. Veo que el viento le desordena el pelo y que ella se lo arregla moviéndolo de un lado a otro. Pienso que nadie menea la cabeza así, menos con esos dos mechones sueltos.
Decido que ya no me interesa lo que sucede allá fuera, y vuelvo la vista hacia la silla de mimbre que sostiene la maceta que en su tierra humea el incienso. Me acerco un poco más a la pantalla, observo la parte alta de la varita que arde, y temo que se desprenda y caiga, conmigo aquí, sola. No quiero que el fuego queme el mimbre de la silla, la silla queme la alfombra y la tela sintética no tarde en encenderlo todo, pero quizá si dejo de mirar las cosas dejan de pasar, nada se incendia y todo queda en su lugar. Entonces me paro y cojo el ordenador que instalo justo al lado del televisor, y me sirvo otra copita antes de sentarme al frente de las dos pantallas. En la tele elijo una comedia ya conocida, para saber cuándo reír, y muevo la pantalla del ordenador unos milímetros hacia la izquierda, para que coja mi mejor lado.


