Entonces se fue la luz.
Su primera reacción fue apretar repetidamente el botón de apertura de puertas. Luego empezó a gritar. Dio golpes con las manos. Se movía como un animal recién capturado. Hacía tanto ruido que le costó oír la voz de su vecino que – desde fuera, en la escalera – le pedía que se tranquilizase y le aseguró que llamaría inmediatamente a los bomberos. Entonces se echó atrás bruscamente, los nervios derrotados, dio con la espalda en la pared del ascensor y se dejó caer al suelo.
Arriba, dentro de su piso, la mochila grande seguiría perfectamente preparada junto a la puerta. Los objetos más importantes, que tenían que ir en la mochila pequeña, seguirían expuestos ordenadamente sobre la mesa del comedor, de pequeño a grande. Los documentos en su funda, junto a tres copias impresas y plastificadas. Había comprobado tres veces la llave del gas y dos la del agua.
La luz de emergencia se encendió e inundó la cabina de una penumbra azulada. Del exterior le llegaban algunos ruidos amortiguados. El pánico le tapaba los oídos y el sonido se confundía con los latidos del corazón. En un descuido miró su reflejo en el espejo. Azul miedo. Sus sentidos colapsaron. Se sintió flotar. Un sonido grave atravesó la membrana de su burbuja. Sonido azul. Azul abismo.
“¿Hola?”, dijo, “¿Me oyes?”, preguntó. “Somos los bomberos, vamos a sacarte de ahí enseguida”.
Con los ojos cerrados, forzando la respiración, el rastro de olor a limpiador de sus manos se hacía más fuerte. Centró en él toda su atención para intentar dominar su mente. Olía a casa. A suelo recién fregado. A cubrecama sin arrugas y a cojines alineados. Olía al estante de la ropa blanca y a camisas almidonadas. A cocina brillante y a cajones ordenados. Quince minutos antes estaba allí pero solo pensaba en el viaje. Repasaba la lista de cosas por hacer antes de marcharse. Solo quedaba “bajar la basura” y “regar las plantas”. Anudó una a una las cinco bolsas de reciclaje y salió al rellano para llamar al ascensor. Cubrió el suelo con un cartón y las puso encima. Luego le dio al botón para mandarlo hasta la portería, cuatro pisos más abajo, y arrancó a correr por las escaleras para llegar al mismo tiempo, como siempre casi sin respiración.
Los contenedores de reciclaje estaban a tres manzanas de su puerta. Cada vez que acarreaba las bolsas hasta allí fantaseaba con la idea de tirarlas todas en el contenedor gris que estaba justo en la esquina. Y cada vez seguía caminando, castigando su debilidad con imágenes de glaciares derritiéndose, incendios forestales, tifones y huracanes.
«Entró al ascensor con las piernas flojas, mientras empezaba a recitar mentalmente, como un salmo, la letra de su canción preferida»
Al volver a la portería, uno de sus vecinos le aguantó la puerta de la calle para dejarla entrar. Estaba sudoroso y jadeaba. En el último tramo de escalera había ahora un armario cerrando el paso. Le contó que era para su hermano y que no cabía en el ascensor. Lo habían bajado a peso desde el primer piso, pero ahora estaba medio atascado. Su hermano había ido a buscar refuerzos. Dijo todo esto mientras se acercaba al ascensor y abría la puerta con un gesto amable, invitándola a entrar para evitarle más molestias. Ella no quería usarlo pero tampoco quería reconocerlo. Entró al ascensor con las piernas flojas, mientras empezaba a recitar mentalmente, como un salmo, la letra de su canción preferida.
Diez minutos después el olor a limpiador era lo único que no había cambiado. Todo estaba azul. Azul frío.
Años atrás todo era distinto. Funcionaba más o menos como el resto de las personas, pero poco a poco las cosas se fueron torciendo. Un psicólogo le dijo que todo aquello que ella hacía, todas sus costumbres – él las llamó “rituales” – eran intentos subconscientes por controlar lo incontrolable. También le dijo que un día se daría cuenta de que eso era imposible y que sería un día duro, pero liberador.
Hubo un destello de luz, como un chispazo que le tiñó los párpados de naranja un segundo. Abrió los ojos. Miró al espejo. Azul anestesia. Azul calma.
“Estamos conectando la corriente”, dijo la misma voz de antes. “¿Estás bien?”
En realidad, no subir a los ascensores era una de las cosas más fáciles. Más complicado era salir de noche con sus amigos, evitar las aglomeraciones, taparse la copa con la mano para que no le metieran nada. Situarse siempre cerca de las salidas de emergencia de las discotecas. Aprender a desaparecer con gracia cuando la ansiedad apretaba, o cerrar los ojos y concentrarse en recitar la letra de su canción favorita hasta calmar la respiración.
Las cosas se ponían más difíciles cuanto más cotidianas eran. Ir al baño fuera de casa, cruzando los dedos para encontrar uno con una simple balda por cerradura o no cerrarse y hacerlo todo con mucha prisa. Sacar un palmo de papel de váter y tirarlo para usar uno intacto, usar otro trocito como guante para tirar la cadena y bajar la tapa, no tocar nada una vez lavadas las manos. Esperar a que los coches se detengan totalmente antes de cruzar la calle aunque el semáforo esté en verde y cruzar alternando el blanco para el pie izquierdo y el negro para el derecho. Subir siempre el primer y el último peldaño de una escalera con el mismo pie. Contarse los dedos de las manos de uno en uno antes de empezar a desayunar, comer o cenar, en voz bajita, sin que nadie se entere.
Otro chispazo. Ahora tenía las piernas cruzadas, a lo indio. Los brazos reposando entre sus piernas. La cabeza apoyada en la pared. Era agradable moverla contra el contrachapado y notar las hendiduras decorativas como si se estuviera dando un masaje. En su cabeza sonaba su canción. Se oyó cantar, en un susurro, como una nana. En realidad, era sencillo estar allí. Infinitamente más sencillo – se dio cuenta – que estar fuera.
“Es cuestión de un minuto”, dijo la voz. “Ya casi estamos”.


