Estoy seguro de que el primer taller literario se celebró alrededor del fuego: una persona contaba una historia –aquello de érase una vez, etcétera– y alguien que escuchaba intervino para solicitar una precisión, señalar una incoherencia, una falla en la verosimilitud, pedir que un personaje ganara protagonismo, profundidad psicológica, algo así. No se preocupen, no pretendo hacer un recuento de la historia de los talleres literarios desde la antigüedad, lo que quiero decir es que no me cabe la menor duda de que desde el inicio de los tiempos las historias se escribieron y reescribieron en comunidad. En medio del alboroto. En nuestro taller, por ejemplo, leemos en voz alta, analizamos, releemos, debatimos, y bebemos, y siempre hay alguien que hace mucho ruido al masticar las patatas fritas, lo cual afecta, estoy seguro –¡tres certezas en tan solo ciento treinta palabras!–, el destino de la literatura universal. He escrito “patatas”, por cierto, porque estas “papas” son comidas en Barcelona. He escrito “he escrito” –y no “escribí”– por la misma razón. Este tipo de problemas mal resueltos con la lengua son comunes entre nosotros, barceloneses de Barcelona, del Pirineo, de México, de Chile, de Colombia, de Perú, de Argentina, de Brasil, de Uruguay, de Venezuela, de Francia, de Portugal, de Estados Unidos y hasta de Granada y de Madrid. Llegamos desde todos estos lugares y nos encontramos aquí para escribir. Ahora vamos a encender el fuego.
Cada número de El Vuelto consta de tres textos, unidos por un vínculo común mucho más caprichoso que premeditado. La periodicidad de aparición de los números será igual de caprichosa que sus temas, ¡estad atenta/os!

