Me operaron en distintos hospitales, de cada uno me traje un nuevo artefacto que los médicos dejaron dentro. La traumatóloga, una profesional silenciosa y tímida, instaló una articulación artificial que asentó con cuidado en el extremo inferior del hueso de mi muslo. Lo hizo para reemplazar el cartílago que describió como agotado, y se disculpó diciendo que ya no articulaba, como si hablara de ella y no del pedazo de cuerpo que me había arrancado.
El reumatólogo complementó el trabajo de la doctora instalando una pieza de titanio cerca de lo que había sido mi rótula. Era bruto, lo que hizo que fuese la operación más dolorosa.
Un tercer especialista fijó una prótesis de cromo a mi tibia, y antes de darme el alta, me explicó con el puño cerrado y moviéndolo de lado a lado que era como un tornillo gigante.
Por último, después de un tiempo y siguiendo la recomendación de una amiga, acudí a un especialista en biomagnetismo, una terapia de recuperación que utiliza imanes para corregir traumas internos del cuerpo mediante la atracción de los polos. El terapeuta trabajaba en una consulta grande, con una camilla rodeada de lámparas médicas, equipos de medición y una cantidad exagerada de imanes de distintos tamaños que colgaban como decoración en los muros. Dijo que escogería los apropiados para ir colocándolos encima de las zonas afectadas de mi cuerpo, y que, con ello, restablecería de a poco el correcto funcionamiento de mi organismo: un asunto de campos magnéticos y energías oscilantes. Cuando anestesió mi rodilla y le hizo un tajo, me explicó que antes debía limpiar los restos de huesos de intervenciones pasadas, que, con impurezas, él no podía trabajar. Lo dejé e intenté relajarme mientras imaginaba el trazo que quedaría dibujado en mi rodilla tan llena de cicatrices.
Con él me traté a los cinco meses del accidente, momento en el que me recuperaba de las diversas intervenciones, y a la semana siguiente de haber estado en su consulta, mi rodilla pasó a ser del tamaño de mi muslo: un ente gordo y continuo, una masa homogénea que no hacía diferencia entre sus partes. El dolor que marcaba el camino subía filoso y bajaba dentado.
Volví donde los cirujanos que pensaron que se trataba de una infección posoperatoria, pero después de un tiempo de amoxicilina y corticoides, el dolor seguía picando y ya casi no podía caminar. De hecho, los corticoides no hicieron otra cosa que sumar nuevas formas a mi terrible mutación, y debido a la hinchazón, los médicos no reconocieron el bulto nuevo que había aparecido.
Cuando quise contactar con el tipo de los imanes había pasado un tiempo. Llamé, escribí, pero no tuve respuesta, y terminé por acudir a su consulta: se había esfumado. Cuando tecleé su nombre en el buscador, me llevé una buena sorpresa, porque no era la única persona detrás de él. Encontré usuarios que habían abierto conversaciones en foros con unas cuantas entradas y con historias parecidas.
El miembro más activo se hacía llamar Afectado, y era quien moderaba el grupo. Nos contó del atropello que sufrió saliendo del trabajo, y nos mandó fotos de su hombro, lo que me hizo rápidamente salir del victimismo y coger fuerzas. Aproveché el momento para calmar al animal que tenía de pierna. Le dije que estuviera tranquilo. Le prometí que llegaríamos al final de todo esto.
Me hice parte activa del pequeño foro, y de forma mágica, se fueron incorporando otros perfiles que habían vivido lo mismo, como si fuera la red con su propio mecanismo de búsqueda quien los encontraba, y no al revés. Llegamos a ser quince personas, un número no menor dado el caso específico de la situación. Éramos hombros, rodillas, caderas y codos al intercambio de experiencias, confundidos y traumados, intentando encontrar la forma de soltar el dolor.
Después de un tiempo, Afectado propuso que nos conociéramos, dijo que, si queríamos indagar más, no estaría mal vernos, y ofreció juntarnos en el gimnasio donde trabajaba de entrenador.
Al cabo de una semana nos reunimos de tarde dentro de la cancha de futbol sala, y fue apenas llegar que comenzó el delirio. Me acerqué a saludar a la persona que se encontraba al medio de la pista para presentarme, y comencé a sentir un hormigueo en la rodilla, un hormigueo que se fue acrecentando, robándome todo control y autonomía, y haciendo que ella, mi rodilla, corriera directo y chocara con toda su corpulencia contra la cadera de una señora baja y coja que cargaba un bastón. Caímos al suelo, sin capacidad de separarnos. El dolor nos hizo chillar mientras yo intentaba esquivar el bastón para que no me golpeara. Con toda la atención en nosotros, un asistente que se encontraba a unos metros vino a socorrernos sin entender lo que sucedía, cayendo en la misma trampa con otra persona que entraba, con quien se encontró a mitad de camino. Ellos se engancharon por una espalda y un brazo, y cuando cayeron al suelo, rodaron con fuerza inducida hacia nosotros, fusionándonos los cuatro y creando un cuerpo común: un juego de piezas que se había unido con una enorme potencia de polos positivos y negativos.
El engendro fue reclutando a cada una de las personas que entraba a la pista. Cada nuevo asistente que llegaba se nos unía de forma estrepitosa, y el ruido de huesos y dolor era ensordecedor. Como si fuera poco, me encontraba en una posición incomodísima, porque la cadera a la que se había unido mi rodilla se soldó luego con un tobillo, lo que hizo que una fuerza bruta me alzara y me dejara mirando hacia el suelo, y que acabara totalmente mareado y con náuseas.
Desde ese desconcierto, vi a un individuo que se acercaba, se alejaba, nos rodeaba y estudiaba. Arriba, el tipo con el codo desviado hacia la izquierda le gritó fuerte y grave: ¡Afectado!, y aunque no reaccionó, supimos que era él, y también era él quien ahora le abría la puerta al tipo de los imanes, a quien recibimos con insultos llenos de rabia. Ya no gritábamos por separado, ahora éramos un cuerpo único bramando al unísono, menos la mujer de la cadera, que a modo de segunda voz en coro vociferaba:
¡Por qué!, ¡por qué!, ¡por qué!
El terapeuta entró tranquilo, y con mirada de ensayo y error cogió una cuerda del bolsillo de su bata blanca, para rodear la cabeza más céntrica de la criatura que ondeaba miembros por todas partes. Le hizo un nudo práctico, y tiró lentamente, haciéndonos avanzar por la cancha húmeda. El tipo contaba los pasos y estudiaba de arriba abajo cada movimiento. Con el andar se oían los desgarros y los huesos tronar, y a la masa compacta maldiciendo a su creador:
¡Eres un monstruo!, ¡eres un monstruo!
¡Por qué!, ¡por qué!, ¡por qué!
Decidido, nos condujo hacia la puerta para que saliéramos por donde mismo habíamos entrado cada uno por separado. Encogimos trozos que nunca antes habíamos encogido, y al intentar cruzar, desde lo alto, chocamos derrumbando tabiques quién sabe con qué partes.
Ya en la calle, el perverso nos hizo desfilar entre la gente, mientras por detrás, Afectado nos seguía con una fusta por si nos tenía que arrear.
Desde la parte baja, un brazo enérgico intentaba golpear con el bastón a la cabeza del terapeuta, pero le quedaba lejos, y por cada movimiento que hacía contra él, devolvía bastonazos directos al gran cuerpo, robándonos de a poco la consciencia.
Judy Kaufmann es una ilustradora chilena radicada en Barcelona desde 2004.
IG: @judykaufmann


