Mamá entró en la habitación y me arropó con cuidado. Mantenía los ojos cerrados, intentando que mi respiración sonara regular y tranquila. Ella se sentó al lado de la cama y me contempló mientras dormía. No podía abrir los ojos, tenía que seguir fingiendo. Sus labios fríos dejaron un beso en mi mejilla, antes de salir de la habitación con pasos ligeros. Fue entonces cuando por fin pude abrir los ojos y mirar al frente. Una oscuridad infinita.
Oí que mamá empezaba a barrer los trozos de platos y botellas rotos que había en el suelo del salón, y a meterlos hábilmente en una bolsa de basura tras otra. Durante el proceso, se hizo unos cuantos cortes en los dedos, pero no pareció importarle. Se sentó a la mesa del comedor y escribió con un rotulador docenas de papeles con las palabras “¡PELIGRO! CRISTALES ROTOS”. Luego, se puso a bajar y subir las escaleras una y otra vez para tirar las pesadas bolsas de basura, el eco de los cristales chocándose resonando en el pasillo vacío.
Incluso con dos puertas cerradas entre nosotras, todavía podía oler el hedor a vómito que llegaba en oleadas desde el cuarto de baño. Acompañado por el sonido de los cubos de agua vertiéndose en el váter, este olor acre fue sustituido poco a poco por el del desinfectante, llenando cada partícula del aire frío.
En la puerta del dormitorio estaba clavado un cuchillo de cocina rectangular. Mamá intentó sacarlo, pero sus fuerzas eran demasiado limitadas. Todo lo que pudo hacer fue agarrar el mango y tirar con fuerza, para acabar cayendo de espaldas, junto con el cuchillo, contra el suelo de baldosas con un ruido sordo. Contuve la respiración. Temía que se hubiera hecho daño. Pero más aún, temía que descubriera que en realidad yo había estado despierta todo este tiempo. Así que me quedé tumbada en la oscuridad, esperando en silencio.
En el sofá del salón, el autor de todo esto se había quedado dormido, de cara a la pared, hecho un ovillo, roncando levemente, tan inofensivo como un bebé dormido en su cuna.
Al amanecer del día siguiente, cuando mamá, después de haber pasado toda la noche luchando por devolver algo de decencia superficial a lo que quedaba de la casa destrozada, podía descansar un poco finalmente, el hombre se despertaría, se acercaría tambaleándose a mamá, se arrodillaría, le agarraría el borde de la camisa y enterraría la cabeza en su pecho, sollozando: “Lo siento, lo siento… lo siento por vosotras.”
En ese momento, mamá se inclinaría y le acariciaría suavemente el cabello, mientras las lágrimas caían en silencio, gota a gota, sobre su pelo. Con una voz agotada y cargada de desesperación, le consolaría: “No pasa nada. Todo está bien. Huihui ya está dormida. Tú también vete a dormir. Mañana será otro día.”
Quería decirle a mamá, que yo sabía que habías escondido todos tus queridos cuadros y libros en el sótano, donde nunca se exponía a la luz del día, para evitar que el borracho de papá los destruyera. Y que cada vez que oías los pasos de papá acercándose a trompicones, a pesar de todos tus esfuerzos para mantener la calma, te entraba pánico en los ojos y la espalda se te ponía rígida incontrolablemente como a una muñeca de cuerda.
Quería decirle que días como éste, ya fuera mañana, hoy, o ayer, no serían muy diferentes, y que el “otro día” que realmente anhelábamos nunca llegaría. Pero yo solo era una niña de cinco años. ¿Quién iba a tomarse en serio las palabras de una niña de cinco años?
Así que, decidí enterrar en lo más profundo de mi corazón todos los secretos que mamá creía que yo desconocía, cerré los ojos y me prometí que esta vez, antes de que mamá volviera a entrar en mi habitación, me quedaría dormida de verdad.
Es traductora y profesora.
Vive en Barcelona desde 2020.
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