Hámster

Tuve una vez un hámster al que no le puse nombre. Me lo regaló un amigo secreto en el colegio. La relación con el pequeño roedor estaba condenada desde el principio y por eso no quise llamarlo de ninguna forma. Lo recuerdo como una presencia salpicada de vetas níveas y pardas que brincaba hacia los rincones. No tenía personalidad y nunca me miraba ni me reconocía. Le gustaba escabullirse y desaparecer pero nada de eso lo hacía especial. Era tan entretenido como un molusco agazapado en su concha.

Tuve miedo de decirlo en casa. Cuando sugerí que me dejaran tenerlo me dijeron que no y punto. No era la clase de hijo que mereciera recompensas. Pasé mi infancia castigado porque no era capaz de sacar buenas notas. No sé si se debía a la falta de esfuerzo o a una especie de desapego vital. El caso es que una parte de mí sufría y sentía temor. Odiaba a mis padres y odiaba a mi hermano y al final pensé que nunca había tenido una verdadera compañía. Y aunque un hámster era un pobre sustituto, decidí que me lo quedaría.

Tuve que hacerlo en secreto. No se me ocurrió otra forma de sortear la prohibición que obligar al hámster a vivir en una gaveta de mi escritorio. De día lo llevaba conmigo al colegio en un estuche que compartía con tres lápices. Gracias a esto adquirí cierta notoriedad. Empecé a ser reconocido como una figura relevante dentro del aula. Incluso los alumnos más célebres se acercaban a mi mesa para tocarlo mientras me preguntaban cómo lidiaba con la logística, es decir cómo

me deshacía de la mierda. Respondía que para eso estaban los lápices: para escribir instrucciones escolares que siempre postergaba y para rascar residuos que se mezclaban con el grafito.

Tuve que acostumbrarme a que el hámster mordiera la madera del escritorio. Producía un ruido como de sierra, que siempre sonaba acusador. Todavía me pregunto cómo nadie lo escuchó. Quizá mis padres ya no querían involucrarse en mis engaños y me educaban con oídos sordos. El hámster dedicaba las noches a roer porque no sabía que más hacer con sus dientes. Estaba desesperado y quería otra vida. Era un animal resignado y no tenía la rabia necesaria para escapar, pero roía con decisión y no mostraba señales de cansancio. En algún momento de la madrugada nos quedábamos dormidos, cada uno soñando con mejores lugares.

Tuve que morderme la lengua una noche que mi madre irrumpió en la habitación. Volvía del colegio donde la habían reunido para informarle que otra vez lo había reprobado casi todo, incluso Religión, una asignatura que no había sido creada para el suspenso. No servía ni para creyente y mi mayor pecado era la pereza. Mi madre lloraba y el hámster roía y los lamentos se solapaban. Solo así me explico que pasara por alto que no éramos dos sino tres. En algún punto sentí que los reproches iban dirigidos también al animal, otro inquilino amonestado por no saber comprometerse con las normas. Por suerte el sermón de mi madre terminó por apagar todos los sonidos. Pero no por eso dejé de tener miedo y decidí llorar por frustración y por estrategia y para hacerle saber que ya había tenido suficiente.

Tuve que confesar el crimen cuando el hámster escapó de mi vigilancia. Una mañana abrí el estuche mientras viajaba en el bus escolar y no había más que lápices cagados. Lo que pasó después me lo contaron mis padres. El hámster se había quedado en casa. En algún momento mientras desayunaba o me lavaba los dientes o me peinaba se abrió paso entre la cremallera del estuche y yo no me di cuenta. Cogí mis cosas y salí corriendo sin notar la ausencia ni el vacío. El hámster había tenido suficiente y no asistiría más al colegio. Deambuló por casa toda la mañana y probó la independencia, pero no le duró porque mis padres lo confundieron con una rata y faltó poco para que lo mataran. Mi madre aulló y brincó como si la alfombra quemara. Mi padre agarró un zapato con la intención de azotarlo pero fue más teatro que certeza. Lo lanzó sin fuerza ni dirección porque confiaba que el estruendo lo espantaría. Pero a su manera era un animal valiente y no se alarmó. Y esa dignidad consiguió que mis padres ataran cabos y se dieran cuenta de su pedigrí y de que no era un intruso sino un secreto. Depusieron las armas y recobraron la compostura mientras decidían qué iban a hacer conmigo. De la sorpresa pasaron a la transigencia y del hartazgo al consentimiento.

Tuve que acostumbrarme a una nueva vida para el hámster. Mis padres mostraban señales de cansancio porque no había manera de reformarme, pero me lo dejaron quedar y hasta compraron una jaula. Tal vez pensaron que cuidar de un animal haría que empezara a responder por mis actos. Al principio me sorprendí y expresé una mezcla de alegría y buen juicio. Pero luego entendí que deshacerme del

misterio y privarme de una travesura que era solo mía me hacía perder interés. Qué sentido tenía cuidar de un hámster con la aprobación de mis padres y sin el temor a ser descubierto. Atenderlo se convirtió en una imposición que no era sino una nueva expectativa para mis padres. Querían un hijo involucrado: que cada mañana cambiara el periódico sucio y llenara los rincones de aserrín, que no lo dejara morir de hambre ni de tedio. Y que gracias a esto algo cambiara en mi interior y me comprometiera con lo que se esperaba de mí.

Tuve que admitir que las nuevas circunstancias me aburrían. El hámster fue relegado a un rincón lejano de la cocina donde ya no lo escuchaba roer. Me había acostumbrado a que su trabajo inútil me hiciera compañía. La jaula tenía una rueda pero el animal no la montaba porque en eso no había ningún propósito. Me costaba dormir por las noches junto a un escritorio sin vida y sin virutas acumuladas en la gaveta. A los dos nos pesaba el silencio y la separación nos hacía sentir carentes de objetivos. Si alguna vez tuve un vínculo, el consentimiento de mis padres lo había roto.

Tuve que despedirme una tarde que volvió a ser hámster y se subió a la rueda. Era un animal de un pelaje espeso que lo hacía verse viejo. Si corrió un instante o durante largas horas nadie lo sabe porque la casa estaba vacía. Lo cierto es que en algún momento de su gimnasia el pelo y la piel se le enredaron en los travesaños metálicos y quedó colgado de la rueda. Estuvo atrapado en una especie de suspensión corporal por sabe Dios cuánto tiempo y no pudo hacer nada para liberarse. Cuando volví del colegio el hámster parecía vencido por el sueño pero todavía

pateaba. No sabía cómo ayudarlo y tampoco era consciente de que agonizaba. Más tarde lo sostuve mientras mi padre se hacía cargo y le cortaba un trozo de pellejo con una pequeña incisión. Lo miré acunado en mis manos y supe que ya estaba muerto. No había nadie a quien responsabilizar, pero no por eso dejé de sentirme culpable. Ahora el recuerdo se ha disipado y la historia del pequeño roedor ha perdido importancia. Aparece de tanto en tanto como una tarea pendiente que me preocupa solo en sueños, en esas noches en que la inquietud es como un hámster que roe sin descanso y me pide que le dé un nombre.

 


Autor:
Felipe Jaramillo Gómez
Bogotá, Colombia, 1985

Es editor de mesa.