( susurro
en la cavidad
oscura
de la tierra)
Una vez, en una fiesta terciopelo tecnicolor, me ataron con cuerdas.
Era un sábado cualquiera, uno más de after. Uno de los que suspenden el reloj dentro de una boca, una boca invocada, una boca para beber al pico de la cerveza, del ron, del aguardiente, uno más en la casa del Juano, uno más en los que se urde melcocha con el pulso del tiempo, y en los que reinas andróginas y ritmos sintéticos nos someten a tránsitos subterráneos.
Ahí, colapsada en el sofá, lo vi entrar. Su silueta atravesó la ventana que nos separaba del volcán (la ciudad está en un limbo entre montañas) y afuera, las frágiles luces de los postes emitían hitos junto con quebrados titileos rojos de los autos, goteos de realidad.
Nos vimos, por milisegundos nos encapsulamos en la mirada, con la conexión de un encabalgamiento (lo supe allí, siempre lo supe). Ineludible. Su cuerpo como si no se acabara el verano era delgado, firme, su cabello blanco. Vestía de negro zen, parecía un hombre de seda. Un círculo se formó alrededor de él de inmediato, él respondía con gestos elocuentes y una de sus manos bordeó fuerte la cintura del vaso corto.
Me levanté lento, ampliando mis caderas en un péndulo sonoro (en mi imaginación) sexy en mi vestido uve. «¿Quién eres tú?» interrumpí. Pronunció su nombre al aumentar su sonrisa y lucir sus dientes blancos (aún para su edad, al menos), Antón. No dijo quién era, habló del por qué había venido. Lo trajeron a un evento privado de shibari (el tono de su voz me excitó al instante), un arte erótico con cuerdas, japonés, del siglo XVI, dijo, una fusión, dos personas hablan, una más fuerte, otra a través del cuerpo y del silencio.
Yo lo indagaba ya sin escuchar con atención única al movimiento de sus labios y me preguntaba, cómo follaría. «Sí, sí quiero verlas». Acaricié las cuerdas como a un par de animales, las ranuras de miles de anillos. Bromeé poniéndolas en mi muñeca, «¿cómo son los nudos? Muéstrame». Tras eso detonó electricidad en sus ojos, bajó el mentón y me penetró con un «¿quieres que te ate?», envolviendo ya el primer lazo con la tensión de su palabra. ¿Cómo sería su pene? Me acerqué a su cuerpo, vi sus manos, vi sus pies, vi su cremallera. Takate gote, me sopló el nombre del nudo. Lo supe allí. Cerré los ojos deslizando mi respiración con el calor de su cara que posaba una sombra descomunal sobre mí.
Sacó las cuerdas, dos, cinco, de yute, de color rosa, y los que estaban ahí se prepararon para una demostración. Quitaron la mesa del centro. Antón me esperó arrodillado en la alfombra con el torso erguido. Se quitó la chaqueta y alzó una mano para recibirme (mansa y madura). Me incliné de espaldas entre sus piernas. Me rozó el cuello con las uñas de sus dedos, acarició mis hombros y con movimientos rápidos me colocó junto a su pecho acunada entre sus brazos. Decidido movió mi cabeza hacia un lado, y luego al otro, empujando mi mejilla con su palma abierta al suelo. Encajó su mano desde mi nuca, zafó mi cabello y lo alborotó sobre mi cara. Repitió los gestos y cuando sintió que cedía, acercó sus labios y susurró a mi oído «¿sudas?». Me reí, él lamió el lóbulo de mi oreja derecha. Enseguida alzó mi torso, juntó mis muñecas, tomó una cuerda larga que doblada en dos la encadenó alrededor de mis manos, que quedaron juntas en plegaria. Cruzó varias veces, después sujetó mis brazos a mi hombro con la soga. La aseguró fuerte atravesando mis senos (el enlace demasiado duro). Me sostuvo entre sus brazos, percibí su aliento (un sabor desconocido) al escuchar el chasquido de su lengua que veloz resonaba contra el paladar, como si saliera de un humedal. Cerré los ojos y el viaje comenzó.
El túnel inicia con un ojo de agua dentro de la piel de una serpiente (Ella aguardaba). Antón arrastró de nuevo mi mejilla al piso, anudó el extremo de la soga a través de mi torso, sujetó mi empeine a mi glúteo izquierdo, luego amarró el otro, desafiante y raudo, a través de mi vientre, una y otra vez.
Entre los límites de la vida y la muerte está la ensoñación. En aquel umbral Ella me habló, la sombra de la boa, su aya (lo comprendería después, aya es un espíritu confundido, está muerto pero lo ignora).
Antón pasó una vuelta más, golpeó la cuerda contra el piso con un sonido seco, y la rodeó a lo largo y ancho de mi cuerpo tendido. De pronto, me percaté de su avidez, de que sus manos se estremecían y de que su lengua estaba acartonada. Está nervioso, pensé, como si él perdiera la virginidad. Apresurado me tomó de la cadera con sus manos, subió mi pelvis, cogió el extremo de mi vestido y lo sujetó arriba con la soga (mis glúteos expuestos y parte de mi vulva por detrás, a través de las mallas de nylon). Me prendí, inhalé y exhalé profundo, me mojé. El aya de la boa seguía ahí (liminal) como el espectro preciso de un rezo, como si subyugara la hojarasca del bosque, despejó un sendero húmedo hacia Antón.
Intuí lo que tenía que hacer (Ella lo mostró), lo visualicé debajo mío y succioné su hálito desde su coronilla aclarada. Qué pena su cuerpo desbordante de emoción, qué ternura su entrega, qué ironía incapaz de ver más allá de sí. Sus dardos sin rumbo, ¿cómo creía él dominar mis extremos? «Aycha», susurró la víbora (lo sé) cuando él murmuró «¿quién es una niña mala?». Cuánta inocencia. La carne debe estar viva antes de terminar muerta. Al efecto de mi sonrisa quieta y de las calladas lágrimas, Antón me abrazó.
Despacio me desató. Rozó con cada cuerda las partes de mi cuerpo.
Al liberarme, sucedió el vértigo, mis sentidos amplificados, la mente limpia, ¡soy un ave del desierto!, ¡estoy más allá de las fronteras de la piel! (Estoy viva, estoy viva). Unos se impactaron, la mayoría se calentó y en efecto, subieron el volumen del reggaetón. Yo me lancé al vaso de licor.
Al recogerlo todo, Antón me buscó con un tipo de fulgor acuoso en sus ojos, «Lea», musitó mi nombre, en un soplo ya colapsado junto al movimiento de lanzarse de lleno a mis labios. Me clavó su lengua precoz, y la mía no respondió. Yo dije, «yo vine por las cuerdas, ahora lo sé». Mi ano seguía estimulado como si tuviera una ventosa (como en popper) pero nada de eso era de él, no fueron sus manos, ni sus brazos, ni su virilidad al filo. Recuerdo bien los vellos negros y chureados en su pecho, como los de cualquier otro, detecté su necesidad. Aycha es el nombre de la presa.
«¿Te pago?», le solté. Al quedarnos sin palabras atiné un beso en su mejilla, tomé mis cosas y me fui.
Esa noche soñé que Antón perdía sus dientes.
Impostora. Bruna. Venusina.
Siembro silencios en palabras que queman.
IG: gabriela.leoncobo [at] gmail.com


