María y José no se querían casar, pero los obligaron por un acuerdo ancestral entre familias pobres. Tampoco querían tener hijos, pero la historia necesitaba que tuvieran al menos uno. Varón, sí o sí. A la pareja le hubiese gustado concebirlo de forma natural, pero no los dejaron. “No le sirve a la historia” les dijo el Jefe de Arriba, el primero de todos los narradores.
Después de negociar mucho entre las partes, con algún que otro sobre por debajo de la mesa, llegó el acuerdo: María quedaría embarazada de un moreno generosamente dotado llamado Jorge, al que lo apodaban el Espíritu Santo. Jorge no quería ni que su buen nombre apareciese en la historia (le tenía poca fe al proyecto), ni pretendía responsabilizarse de la criatura. “Yo solo vengo a poner mi bendición” dijo. José exigió que se omitieran las cualidades físicas del Espíritu Santo y no quedar expuesto en el papel de víctima de adulterio. Por su parte, María pidió que Jorge se comprometiese a bendecirla, al menos, tres veces por semana por un período de siete meses.
«El hijo demandado por la historia se llamó Jesús y al crecer se convirtió en mago».
El hijo demandado por la historia se llamó Jesús y al crecer se convirtió en mago. Tenía un truco excelso en el cual transformaba la orina en vino, aunque algunos detractores aseguran que era al revés. El Jefe de Arriba, sumido al morbo propio, cambió en la historia la orina por sangre y al mago le pareció una idea fantástica: nadie le iba a suprimir el alcohol. Jesús, además de su tendencia a la bebida, tenía una considerable adicción a las drogas. A sus pastillas preferidas las llamaba ostias, y las mezclaba con vino tinto, aunque según las malas lenguas, en ocasiones se confundía y las tomaba con orina. Por las noches invitaba a “los apóstoles”: doce amigos con los que solía reunirse a comer y cotejarlos con una sublime función de stand up cómica llamada Amén: cómo morir de risa y resucitar, en la cual relataba su historia de vida.
Su mejor amigo, Judas, con su empresa fantasma “La Santísima Trinidad”, era el que proveía las “ostias” y a Jesús no se le daba bien honrar sus deudas. Así que un día lo visitaron los recaudadores de Judas, que lo invitaron formalmente a que saldara su cuenta: “Pagale al Sr. Iscariote o le vas a ver la cara a Dios, pelotudo”. Jesús, ante semejante demanda, les dijo imperturbable: “el que jamás haya impagado una deuda, que lance la primera piedra”. Y así fue como Jesús realizó su primer milagro: ser molido a piedrazos y sobrevivir. La semana siguiente Jesús tampoco pagó, de modo que esta vez lo secuestraron. Llamaron a María en busca de rescate y ella les dijo “Ah sí, a mí también me debe plata. No se le cae una moneda al hijo de puta”, José les dijo “¿Jesús? Desconozco, eh”. También fue abandonado por el resto de los apóstoles, conocedores de lo implacable que podía ser Iscariote con los negocios. Resignados a la derrota, los cobradores de Judas decidieron terminar con él. Longino le preguntó a Jesús si tenía un último deseo: “Si me van a sacar con los pies para delante, quiero irme duro como rulo de estatua”dijo y después de esnifarse treinta y tres ostias en polvo, lo atornillaron a un poste, donde murió tras una extensa agonía. Nadie reclamó el cuerpo y no se conoce a ciencia cierta donde lo sepultaron. Probablemente su destino culminó como el de otros tantos deudores morosos: el fondo del mar. Lo que el primero de los narradores difundió sobre el final de la historia, es el desenlace sobrenatural que todos conocemos. El Jefe de Arriba juró que solo volvería a narrar cuando esta historia perdiese vigencia. La historia fue un completo éxito comercial.


