Siempre es lo mismo, aunque con pequeñas variaciones. A veces él lleva un polo azul oscuro de Metallica desteñido por las axilas, supongo que será de la lejía, pero quién le pone lejía a los polos solo por la parte de las axilas, es una señal de que hay que salir corriendo y abandonarlo a su suerte, “ya está abandonado” –yo también quiero que él me abandone, pero no sé cómo hacerlo–. A veces va desnudo y eso es aún peor, porque entonces ya no hay ningún sitio adónde mirar, ninguna referencia que me recuerde por qué nos odiamos así, con los ojos caídos siempre y con esa vergüenza de no reconocernos como padre e hija. Padre e hija en un ascensor de dos por tres metros, el ascensor que en otros tiempos era mi refugio, un sitio seguro con mi perra o con mi madre o con esa señora del tercero que olía a mandarinas recién cogidas –y aunque fueran de plástico, ¿quién no preferiría una mandarina de plástico a un jersey con sudor a concierto de rock multitudinario?–, pero no, ha tenido que venir él a llamar a ese piso mil cuatrocientos treinta y dos, siempre el mismo, y yo no sé por qué es siempre ese número y no otro, supongo que nosotros somos estas personas y no otras y no hay discusión posible, igual que los números, algún significado tendrán más allá de las contingencias que nos atrapan alternativamente –los martes y los sábados, siempre los martes y los sábados– en estas cuatro paredes de imitación de mármol blanco con rayas negras oblicuas que nos sitúan en el centro de estos dos metros sin aire, y casi sin darnos cuenta subimos diez pisos, veinte, trescientos noventa, y a él se le humedecen los labios con algo que no es capaz de decir, o quizá soy yo la que espera demasiado de él, que abra la boca y que diga tantas cosas, por eso me imagino esos hilillos de baba colgando que brotan a veces cuando alguien llora mucho y tiene que respirar por la boca y seguir confesándose al mismo tiempo,
«por eso me imagino esos hilillos de baba colgando que brotan a veces cuando alguien llora mucho y tiene que respirar por la boca y seguir confesándose al mismo tiempo»
quizá sí, necesito esa imagen humillante para seguir viviendo y llegar a ese piso mil cuatrocientos treinta y dos que nunca llega, si se arrodillara delante de mí quizá ese espacio se transmutaría y se convertiría en un cubículo inmenso –o incluso en el cielo, o en esas habitaciones infantiles con estrellas brillantes en el techo– para recibir su cuerpo y dármelo en otra posición, mirándome desde el perdón y el arrepentimiento, y sus axilas volverían a tener color porque la guitarra de Metallica nos tocaría una balada ancestral, anterior a los pecados que cometimos antes de ser padre e hija, antes de rozar nuestros cuerpos por accidente con el zarandeo del ascensor, y antes de sentir que debemos hacer cincuenta abluciones para desprendernos de ese olor a carne enmohecida que presiento en el interior de sus calzoncillos, una efervescencia reservada a otras mujeres que no son niñas despistadas en esta tregua sin nombre que nos asfixia –y que intuyo que no es por el aire, no puede serlo, el ascensor con mi perra es un refugio de oxígeno que se expande y perfora las rayas oblicuas de las paredes para multiplicarlas en paisajes geométricos imposibles, abismales–, y ahora siento que no se puede construir nada bueno ante un silencio que dura mil cuatrocientos treinta y dos pisos y una hija que no es capaz de imaginar a su padre apretando el botón de emergencia, es una contradicción absoluta, el oxímoron total de las cosas que podrían existir y sabes que nunca sucederán, a pesar de percibir que sus mejillas se han encendido con ese roce involuntario e imperceptible –y siento una repentina náusea, la certeza de que sería mucho más probable que su incomodidad se transformara en una erección, en una pulsión errónea, en una desviación notoria y palpable del curso natural de la vida, y que llegará un punto en el que su cremallera no aguantará la presión de todo lo que no es capaz de decir, y que las palabras amables son ahora juguetes sexuales de carne que eyacularían para evitar que el ardor se trasladara a la tráquea, a las cuerdas vocales, a las promesas de ayuda y protección que los padres deberían hacer a las hijas cuando están atrapados en un viaje imposible hacia el piso mil cuatrocientos treinta y dos–, y miramos por el cristal mientras aparezco yo en los diferentes pisos, yo con tres años esperando en la puerta del colegio para regalarle los primeros cordones que pude atar en un zapatito de tela –¿es un regalo si no puedes compartir tu felicidad con nadie?–, yo con catorce esperando a que me visitara en el hospital, yo con veinticuatro esperando a que me llegara alguna transferencia para pagar los créditos del TFG del segundo grado, yo siempre esperando, como ahora, viendo cómo se levanta ese polo azul oscuro y dice “hace calor”, y eso es todo lo que importa para él, que hace calor, y no se puede seguir un relato si no hay nada que contar, así que aquí acabará mi historia mientras él no consiga articular nada que se parezca a la vida.
Me despierto siempre a las tres am, la hora de los muertos –dicen–, y pienso en él un rato, hasta que me quedo otra vez dormida y me olvido de su voz para siempre una vez más.


