La camita y el botanista

Me agarró la pierna en el coche de su amigo. Era descarado y me hacía reír. Me pidió mi teléfono, mi correo. Me escribió unos días después, estaría en mi ciudad y quería ir a desayunar. Desayunamos, hizo alarde de sus conocimientos, eran muchos, y me embelesó. 

Íbamos caminando por el bosque hacia el museo y, de pronto, se detuvo, me tomó de la mano, me jaló despacio hacia él y me dio un beso suave. Recuerdo sus labios. Me gustaron, se sentían más gruesos de lo que eran a la vista. Cuando llegamos al museo, frente a algunas obras, repetimos, nos besamos con la emoción de las primeras veces, esa emoción que provocan en el vientre las caricias iniciales, las miradas tintineantes. 

Un bar, amigos, unos días y llegó la invitación para una comida que hacía con sus hermanos en su ciudad. Siete invitados por hermano y yo estaba entre los de él. A la mañana siguiente me llevó al campo, a una casa frente al lago. De la mano me guió hacia una buhardilla con una camita de colcha verde, me quitó la blusa, me besó los senos, quizá de manera un poco torpe, después nos acostamos en la camita de fierro. Lo recuerdo encima de mí, recuerdo su torso y sus vellos, su olor; atrás de él, las ramas de una ceiba muy alta a través de la ventana. Un gallo despistado de tarde. Me abrazó a su pecho, lo abracé para siempre por un momento. Sin saberlo sellamos un pacto por muchos años. Muchos de amor y fe constante, muchos de decepción, rabia y dolor. Otros más de tristeza y resignación. Infidelidades de por medio en busca de esa emoción en el vientre que se pierde en el camino y es difícil o imposible reencontrar.

Y ahora el camino está atascado. Las piedras acumuladas no permiten ver qué hay más adelante. Cada mañana salgo al jardín descalza, piso el pasto siguiendo una certeza naturista que sabe dios qué cosa sana logra en el cuerpo; me sigue el perro, lo hago renegar un poco con el balón ponchado, me hace reír como antes reía de manera espontánea. Mis hijos me reclaman que siempre estoy enojada, les digo que no, que estoy siendo mamá. De cualquier forma, me quedo un poco preocupada y eso me vuelve a enojar. 

Leí en algún lado que crear es una manera de controlar el caos. Escribir, pensé cuando lo leí, es parecido a respirar hondo, a salir del agua después de demasiados segundos debajo. 

«Leí en algún lado que crear es una manera de controlar el caos. Escribir, pensé cuando lo leí, es parecido a respirar hondo, a salir del agua después de demasiados segundos debajo».

Hay unos videos muy bonitos de la artista marroquí Yto Barrada. Nadie que no tenga las claves en Vimeo o dinero de sobra para comprar alguno de los films, los puede ver, me parece una pena. Tiene una manera inquietante de manipular y jugar con el sonido; el compás que hace entre las imágenes y los sonidos es hipnótico. 

En uno de esos videos aparece un señor que se llama Hugo, tiene una voz refinada, es botanista. Nunca se le ve el rostro, a nadie se le ve, las tomas son de la cadera hacia los pies. Son alrededor de cinco personas, van caminando por la vereda de un jardín silvestre, el botanista les va señalando las diferentes especies de flores y algunas de sus características y propiedades. Las mujeres llevan una especie de caftán estampado que se adivina cómodo, los hombres pantalones. Los del botanista son color café y los lleva un poco arrugados, parece que los ha usado por días. Después de varios minutos de recorrido, se sientan a la sombra, en una mesa sobre la que está servida la comida. Ahora vemos los platillos, los cigarros que descansan con descuido en el mantel de flores bordadas. Nunca he tenido un mantel así, pienso que quisiera uno. Las copas de vidrio grueso son chaparras y con dos líneas circulares de color azul. Comen algún platillo típico y costillas de cordero. Cinco kilos. Dice el botanista, “you have to eat with your hands”, no hay cubiertos, vemos las manos, un trozo de pan entre los dedos. En otra toma se ven las flores amarillas del mantel a través del cristal de un vaso, me gustan mucho esas flores. Quisiera estar en ese lugar, con esas gentes, respirando ese aire. El botanista les cuenta que una vez compró “a little house” en Tánger, habla en inglés con acento, a veces salpica palabras en francés y una vez dice en español articulado “la mala suerte”, pero no entendí a qué se refería. Entonces, les cuenta que cuando compró la little house en Tánger decidió que quería hacer que el jardín “become pretty”, por lo que se puso a estudiar y a leer mucho, porque no le gusta cometer demasiados errores. Y así fue como aprendió su oficio. Se acerca una perra que tuvo siete crías y a decir del botanista está exhausta. Uno de los convidados cuenta de manera solazada que tiene ”the most fantastic dreams” debido a que, cuando era niño, cada noche los chinos que lo cuidaban le daban un poco de opio para dormir. El botanista les informa que en el mercado pueden comprar cocos de semillas de amapola que se recomiendan a los niños que tienen dificultad para dormir. Los llama cachacha, o eso entiendo que dice. 

A saber, tres hojas de poleandro “will kill the strongest man in the world”, continúa diciendo el botanista. ¿En cuánto tiempo, es doloroso?, pregunta alguien. En dos horas, contesta, y que no sabe si es doloroso, “I never tried”. Lo que sí asegura tranquilo es que ataca al sistema nervioso central. Para algún amigo, agrega, un té con tres hojas de poleandro.  Why not.

 


Autora:
Viviana Kuri Haddad
Ciudad de México, 1970
Es curadora de arte
Vive en Guadalajara, México
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Fotografía:
Juan Lemus