La prima

Todo empezó porque Vicky, mi mejor amiga, no dejaba de darme la tabarra con su prima.

–Te va a encantar –decía–, es perfecta para ti: es un poco alocada, inteligente y está soltera. Vamos, que si no te gusta, por lo menos te lo pasarás bien. ¡Te lo prometo!

Una loca, seguro, pensaba yo, casi borrachos los dos en la terraza del MACBA. Vicky aprovechó para sacar el móvil y empezar a scrollear el Instagram de la prima:

–¿Ves? –dijo, estampándome el móvil en la cara–. ¿A que es guapa?

–Bueno, es mona, Vicky –le contesté, apartándome el móvil de la nariz–, guapa, guapa no es. Mírala en esta –dije, apuntando hacia una foto en la que tenía puestas unas gafas de sol de lolita rojas y el pelo teñido de naranja.

En los días siguientes, mientras la vida pasaba, de repente me venía a la cabeza la loca de las gafas de lolita. Una noche de esas aburridas, decidí currármelo un poco y darle follow a su perfil de Instagram; cuantas más fotos suyas miraba, más me molaba la loca esta con sus peinados y caretos diferentes en cada selfie. A los tres segundos me aceptó y tuve acceso a un nuevo mundo de fotos coloridas que me llenaban la pantalla.

La tía estaba loca. ¡Me encantaba! Hacía tiempo que tenía asumido que con las tías locas me lo pasaba mejor.

“Titi” –escribí–. “¿Nos vamos al cine?”

Enviado

Recibido

Escribiendo

Borrando

Nada

Online

Escribiendo...

“Me ha dicho tu prima que eres la tía perfecta para mí 😉”

Enviado

Recibido

“Vale 😀” –responde ella del otro lado.

La cita fue de coña. Al día siguiente llamé a Vicky para contarle que la prima no estaba tan mal. Ella pareció alegrarse, pero, después de algunos hums, dijo:

–Tío, es que hay algo más de mi prima que no te conté el otro día. Es muy buena tía, no te creas, súper divertida y todo, pero…

–¿Pero…? ¿Tiene once dedos, un tercer pezón, o algo así?

–Es muy católica, tío.

–Bueno, yo soy un buen chico –pero entonces me cayó la monedita–. ¿Es virgen? –le solté de golpe.

–Creo que sí.

–Pues conmigo no se ha hecho la virgen, ¿eh?

–¿Habéis follado? –dijo Vicky sorprendida.

–No, pero nos hemos metido mano por todos lados. No es por nada, pero a mí lo de ser yo el que la estrene, no me hace mucha ilu. Es mucha responsabilidad y uno no lo pasa tan bien.

«Desde esa conversación, cada vez que tenía cita con la prima iba explorando más y más terreno.».

Desde esa conversación, cada vez que tenía cita con la prima iba explorando más y más terreno. El problema era que no había manera de convencerla de venir a casa o de que me invitara a la suya. Total, a mí me daba igual una casa o la otra. Me inventé de todo para que viniera: que tenía que ir a pasear al perro, que me había olvidado la cartera en casa y que me acompañara en la moto, que estaba lloviendo y tal. Pero nada, todo eran intentos fallidos, una y otra vez, hasta que un día de lluvia después del cine y de que yo la invitara de nuevo a mi piso, me dijo:

–Mejor vamos a mi casa, que está más cerca.

–¡BUM! –dije, mientras le besaba el cuello y nos salpicaba el día gris.

Llegamos a su casa y yo entré por la puerta como un héroe entra en una odisea, lleno de esperanzas de triunfar. Miré alrededor y todo parecía normal: un salón con su sofacito, su tele, su mantita… y no tardó mucho para que empezáramos a meternos mano.

Lengua, teta, culo, una y otra vez a un ritmo desordenado. Pero cada vez que mi mano se acercaba a su vientre… ¡BUM! Me bloqueaba. 

Miré el móvil y eran casi las diez. Así que me levanté del sofá y le dije:

–Titi, ya casi es hora del toque de queda, mejor me piro.

–Quédate –dijo la prima cachonda de Vicky con voz de gatito.

Me tomé la birra en dos tragos y dije:

–Vale.

Si os soy sincero, yo sabía que no tenía escapatoria, era uno de esos momentos en los que, hicieras lo que hicieras, la cagarías. Por un lado, me podría ir como si nada, quedar con ella alguna vez más, quizás en un sitio público, y pasarla a la friendzone. El problema era que las tías nunca olvidan. Yo prefiero llevarme siempre bien con todas. 

Por otro lado –pensé, pillando otra cerveza–, tenía a la titi en el sofá medio despeinada, con las mejillas coloradas de tanto restregar y uno de sus pezones parecía haber adquirido vida propia. 

¡No podía irme! Además, mi cuerpo ya había reaccionado y me obligaba a quedarme encerrado durante el lockdown con una virgen loca.

Aún estaba metido en mis pensamientos cuando la prima se levantó del sofá y empezó a sacarse la ropa mientras me conducía a la habitación. Medio desnudos cruzamos la puerta con mis gayumbos con la tienda de acampar puesta y conmigo como un perrito detrás de ella. Lo que no os podréis creer es que fue cruzar la puerta de la habitación y se me desmanteló la tienda de golpe. Solo me faltaba un cartel de fuera de servicio, se me había bajado todo.

Me encontraba en una habitación del medievo, versión minúscula. La cama ocupaba la mayor parte de la habitación y estaba envuelta en un mosquitero que te daba la sensación de ataúd. De la cabecera colgaban varios crucifijos que se movían solos. Delante de la cama había una imagen de la virgen con su hijo sangrando moribundo en su regazo. La luz ambiente era creada por unas velas que iluminaban desde abajo unas pequeñas estatuillas de santos, dándoles un aspecto misterioso y maligno. Vi el conjunto completo: un altar de fotos de muertos a blanco y negro, cera de velas, estatuillas de santos. El resto, cortinas, puf, almohadas, etc., parecía haber sido arrastrado por un arcoíris, hasta te lastimaba los ojos. Cuando vi que se acostaba en la cama sonriéndome… ¡Me acojoné!

No podría salir de la habitación hasta las seis de la mañana y era apenas la una.

Me armé de coraje y le hice un salto de tigre a la sacrificada. Pero la titi se había puesto rara y me cortó en el acto. Me sentí como un adolescente al que le hacen la cobra por primera vez.

–Necesito decirte algo –me dijo ella, apartando su cuerpo y tapándose con la sábana.

–Cuéntame –le contesté, girándome en la cama para poder mirarla.

Con lo bien que nos lo estábamos pasando en el sofá… ¿qué había pasado?

Y ahí vino el silencio.

Le hice unos mimos en el brazo, no quería mal rollo.

–Es que soy católica , ¿sabes?

–Pues ya me he dado cuenta, por la decoración –dije, intentando sonreír para bajar la tensión.

–Yo no creo en el sexo antes de encontrar a la persona adecuada –replicó, mirando al techo, y continuó–. No es que me esté guardando para el matrimonio. Pero yo creo que, si realmente le gusto a alguien, podrá esperar hasta que estemos seguros. Aunque podemos seguir besándonos y tal. O si quieres me voy a dormir yo al sofá. Me caes muy bien, ¿sabes? –fin del discurso, pensé.

Aparté la mirada, pero la virgen me miraba más a mí que a su hijo. Ahora el silencio lo había traído yo. 

Cerré los ojos con fuerza. Qué miedo dormir aquí, sentía la mirada de todos los santos sobre mí y el ruidito de los crucifijos cada vez que movía un pelo. Me tapé rápidamente con la sábana para protegerme y decidí mantener la boca callada.

Hasta hoy no sé si ella durmió o no esa noche. No fui lo suficientemente valiente como para romper el silencio con algo más que no fuera nuestra respiración ahogada por los mosquiteros que colgaban alrededor de la cama.

Esperé hasta el amanecer. Me vestí y, cuando el toque de queda terminó, me fui.


Autora:
Maria Santos Conceição
Elvas, Portugal, 1978, HR
Vive en Barcelona desde 2003
_
Fotografía:
Juan Lemus