En el aire

(Fragmento de la novela Pista Vacía)

En el aire, a doce mil metros de altura, somos bolsas de caca. La imagen se me aparece tras pasar un rato sentado en el baño y responde a la siguiente lógica: de estrellarse el avión que me lleva de vuelta a España, la diferencia entre el depósito del váter a bordo y el menjunje que resultaría de nuestros cuerpos reventados, intestinalmente hablando, sería mínima. Bolsas business, bolsas economy y bolsas tripulación. Bolsas ventana y bolsas pasillo mezclándose bajo una nube de humo en mitad de la nada.

Me aburro.

Imposible dormir. En ambos husos horarios, del que vengo y al que voy, es de noche. Esta vez fue mi papá el que nos llevó al aeropuerto. No paraba de hablar. Es increíble cómo ha cambiado en estos años. Cuando íbamos en el coche, durante el rato que se quedó en silencio, me vino un recuerdo con el viejo. En realidad, eran dos recuerdos. Dos puntos cardinales de mi infancia que se enredan. En ambos aparezco igual que ahora: aburrido y sentado. En ambos estoy con él. Nos une un sofá y una tele. Todo lo demás nos separa. Hoy sé que sucedieron en distintos días de un mismo fin de semana del noventa y dos. Mi papá ya acumulaba razones suficientes para pasar días enteros echado en el sofá. Supongo que mi hermano se estaba alojando en la casa de algún amigo nuevo y mi mamá andaría en uno de esos congresos de abogados en el sur. Ese fin de semana estábamos solos en casa. Solos en el sofá. Otro punto en común entre estos recuerdos es que, en ambos, lo que veíamos por la higienizada televisión chilena de esos días eran noticias desde España. En esas conversaciones que nunca suelen ser carne de nostalgia, conversaciones mediocres de telespectador, decidí que cuando grande viviría ahí, en ese país colorinche. Eso no lo dije. De hecho, no recuerdo si yo hablé. Mi papá sí habló.

De allí vienen tus abuelos, dijo, tus genes. Tú eres de allí, no de acá. De chileno no tienes nada. Lo que ahora me molesta no es tanto el tono que usó. Lo que me perturba, y les da fondo y relieve a esas palabras, es todo el silencio que las rodea. El que lleva la bandera es el hijo del rey. Allí hay rey, rey y príncipe. Ese sofá nos obligaba a una cercanía en la que nunca lo vi cómodo. En España era verano. La transmisión en directo mostraba a una mujer que corría por las calles de Barcelona con un cintillo en la cabeza y una antorcha en la mano derecha. Un reportero chileno apuntaba aplicado que, tres mil quinientos millones de personas, en otros sofás, frente a otras teles, miraban también esa llama de fuego reencarnarse de antorcha en antorcha. Yo me pregunté si podría quedarse una llama así para siempre. Si nunca nadie se tentaría a apagarla. A tirarle un escupo o a soplarla como quien sopla la torta en el cumpleaños de otro. Ese sábado, finalmente, una flecha de fuego atravesó el cielo sobre Montjuic para encender la llama olímpica en el pebetero, todo acompañado de una música excesiva. No pude evitar aplaudir. Dos aplausos. El tercero lo contuve. Mi papá cambió de posición en el sofá y me miró resignado.

«Dos aplausos. El tercero lo contuve. Mi papá cambió de posición en el sofá y me miró resignado».

El Domingo se nos mostraba otra hazaña. Esta vez era un pedazo de hielo de sesenta toneladas el que ahora cruzaba el océano para ir a parar, desde la Antártica chilena, a una exposición universal en Sevilla. Afuera del pabellón donde era expuesto, el termómetro superaba los cuarenta grados. La fila para entrar a ver la punta del iceberg de mi país era la más larga. Al menos eso mostraban las imágenes que comentaba el mismo reportero del día anterior –ni la corbata le habían cambiado–. Somos el aire acondicionado de España, dijo mi papá. Se cumplían quinientos años desde que nos habían descubierto, y una comisión había decidido que arrancarle un pedazo de hielo a nuestro país y exhibirlo en Europa dejaba en evidencia que éramos una nación distinta a las vecinas. Una mejor. Una capaz de hacer ese tipo de cosas.

Ese fin de semana Barcelona inauguraba olimpiadas y una España unida. Inauguraba playas a la orilla de una ciudad moderna y preparada para recibir a todo el mundo. Luego se habló de que la flecha de fuego nunca llegó realmente al pebetero, que la llama se encendió a través de efectos especiales previstos por si la flecha fallaba. Y aunque finalmente las críticas de los ecologistas devolvieron el iceberg a la Antártica –su destino inicial era desintegrarse en lagos españoles como un cubo de hielo en una sangría de la Barceloneta–, ese fin de semana Chile también estrenaba una nueva manera de hacer las cosas. El sábado descubrí el lugar del que podría haber sido y el domingo mi papá me enseñaba a sentir vergüenza del que me había tocado ser.

Esta vez llegamos tres horas antes al aeropuerto. Salimos con tiempo. El viejo se quejó todo el camino de los semáforos destruidos y de los atascos. Del fuego. Estos hueones están quemando el país. Durante nuestros días en Chile, mi pareja y yo seguimos atentos las noticias de Cataluña. Habían pasado veintisiete años desde ese fin de semana del noventa y dos, y ahora, el estallido chileno coincidía en el noticiero con los altercados del proceso catalán.

Se te queman las dos casas, dijo mi papá cuando nos vio en su sofá frente a la tele. Con lo bonita que es Barcelona, agregó, supongo que vos no erís independentista.

 


Autor:
Matías López Navajas
Santiago de Chile, 1980
Director Creativo y Guionista
Vive en Barcelona desde 2015
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Fotografía:
Juan Lemus