Adiós, Ricardo

A mi abuela la vi un par de veces y me daba miedo.

Un día mamá nos dijo que iríamos a visitar a su mamá, yo no sabía que tenía una abuela ni que vivía en una mansión; era una casa enorme, tan grande como la vecindad donde vivíamos.

Abrió la puerta una señora vestida de negro con un delantal blanco, yo pensé que para ser mi abuela era muy joven, casi de la edad de mamá, pero resulta que era la criada. Nos llevó por un pasillo lleno de cuadros, algunos con paisajes en donde no se veía el sol, era como si los hubieran pintado de noche; también había unos retratos de gente vieja que parecía que nos siguieran con los ojos, como si todos estuvieran amargados o enojados. En cuanto entramos percibí un olor extraño, a polvo suspendido que se me metió en la nariz y me hizo estornudar.

Llegamos a un salón oscuro como toda la casa, la poca luz que entraba venía de un ventanal con dos juegos de cortinas; las que estaban cerca de la ventana eran de esa tela transparente que parece un velo y las otras de terciopelo rojo oscuro, parecían muy pesadas y daban la impresión de jalar el cortinero hacia el suelo. Estaban llenas de una pelusa minúscula del mismo color que los sillones, también de terciopelo, pero de un verde oscuro combinado con unas líneas irregulares hechas con hilos dorados.  Las mesas eran de madera con tapas de mármol y, en una de ellas, al lado del sillón más grande, en donde la señora nos indicó que nos sentáramos, había un quinqué dorado con una pantalla de cristal blanco que alumbraba como una vela.  Al fondo había un espejo con molduras de madera tallada que estaba oxidado en las orillas y nos hacía deformes; parecíamos unos enanos alargados, lo que en otro momento nos hubiera causado risa, pero no entonces: estábamos entre asustados y sorprendidos. Nos costó sentarnos en esos sillones sin subir los pies, ante la advertencia de mi madre que nos amenazó con los ojos. Nuestros zapatos agujereados y raspados colgaban y balanceábamos las piernas como si estuviéramos en un columpio; sabíamos que tendríamos que pegar un brinco para alcanzar el suelo desde esos sillones duros y altos que nunca habíamos visto.

Mientras esperábamos en silencio, ese que se siente en el aire, veíamos el techo elevado y los suelos de colores que parecían pequeños trozos pegados, como si fueran parte de un rompecabezas: estaban enmarcados por un rectángulo de color crema que los mantenía en su lugar, y en el centro se perdían debajo de una alfombra de colores verdes y rojos que también formaban figuras que parecían flores.

Mi madre estaba nerviosa, lo noté porque se restregaba las manos como cuando iba el vecino a cobrarle la renta y ella no tenía con qué pagarle. No entendía por qué tenía tanto nervio cuando estaba visitando a su madre, yo no me ponía así cuando llegaba mamá a menos que hubiera hecho alguna travesura.

Escuchamos unos pasos y mi madre se puso de pie. Hicimos lo mismo, dando ese brinco premonitor, y casi me doy con la mesa de centro, pero me recompuse de inmediato antes de que entrara la abuela.

Su imagen nos congeló a mis dos hermanos y a mí. Nos quedamos pasmados, inmóviles, aunque queríamos salir corriendo.

La abuela vestía un largo faldón negro y una blusa del mismo color, pero con encajes que se le pegaban al cuerpo lánguido. Su pelo blanco estaba recogido en un chongo que resaltaba su cara llena de arrugas. Tenía las manos largas y venosas con unas uñas cortas, pero bien cuidadas.

Apenas nos miró a mi hermano Mario y a mí; de alguna forma me sentía aliviado de que su atención fuera para Ricardo, el mayor. Sólo tenía ojos para él, le acariciaba el pelo y le agarraba la cara con una aparente ternura que dejaba ver cierta furia. Él, al igual que nosotros, se quedó ahí congelado dejándose tocar.

La libertad de no ser vistos por la abuela nos permitía fijarnos con más detenimiento en todo lo que nos horrorizaba de ella. Llevaba unos aretes de perlas con diamantes que le colgaban de unas orejas grandes y largas y un anillo con una piedra roja grande en la mano derecha y una verde en la izquierda. Me sentí como si estuviera en un cuento en el que me encontraba con una bruja elegante que sabía que me haría daño si me movía. Estaba tan asombrado con toda la escena que no puse atención a lo que mi madre y ella hablaron mientras acariciaba la cabeza de Ricardo, quien por instinto, o más bien por miedo, buscó la mano de mi madre y se la tomó con fuerza.

Al salir, todos respiramos el aire familiar de la calle y nos sentimos aliviados. Todos excepto mi madre, que caminaba de prisa queriendo alejarse de ahí.

La segunda vez que la visitamos se repitió la misma escena, la diferencia es que esta vez Mario y yo ya sabíamos a dónde íbamos, nos sentimos más relajados sabiendo que la abuela ni nos miraría; el único nervioso era obviamente Ricardo, esperando la misma tortura que la vez pasada.

Cuando entramos al salón, la criada nos ofreció una galletitas que no nos atrevimos a tocar hasta tener la aprobación de mamá, que nos permitió tomarlas asintiendo con la cabeza. Yo me comí la mía de un bocado por miedo a tirar migajas en esa casa tan limpia, me daba miedo que la abuela se diera cuenta y que como castigo me metiera en uno de esos cuartos que imaginaba oscuros y húmedos. La galleta sabía a mantequilla y vainilla y se me deshacía en la boca, nunca había probado algo tan delicioso y por un momento pensé que igual era una trampa, porque el sabor se mezclaba con el miedo. ¿Y si estaban envenenadas como las que la bruja de los cuentos les daba a los niños para luego comérselos? Ya era demasiado tarde para escupirla, así que repasé el salón y fijé mi mirada horrorizada en mi madre por si era lo ultimo que vería.

La entrada de la abuela interrumpió mi fantasía de terror y volvió a sorprendernos. Esta vez reparó en Mario y en mí como si fuera la primera vez. Comenzó a repasarnos y me miró fijamente a los ojos; yo no pude contenerme y bajé la cabeza, aunque la seguí viendo volteando los ojos hacia arriba, esperando que ella no se diera cuenta. Me repasó de la cabeza a los pies fijando su mirada en mis zapatos; después miró a Mario de la misma manera, pero él se mantuvo firme y no bajó la cabeza. La abuela dio un respingo y lo repasó rápidamente con ese ceño fruncido que le marcaba unos pequeños cuernos en la frente. Su expresión cambió por completo en cuanto puso sus ojos en Ricardo; se acercó y le dio un abrazo firme y distante junto con una sonrisa que enseñaba solo una parte de unos dientes muy blancos. Luego tomó su cara con esas manos llenas de venas que parecían querer romper la piel y le dio dos besos, uno en cada cachete, que ya en ese momento estaban más rojos que las cortinas del salón. Cuando se apartó para hablar con mi madre, mi hermano se pasó discretamente las manos por la cara y se limpió los besos como deshaciéndose del embrujo.

De nuevo me perdí la conversación de mi madre y mi abuela, todo por fijarme en Ricardo, al que le regalé una sonrisita que llevaba una intención de pena y otra de envidia, porque, en el fondo y, aunque me daba miedo, no me gustaba que la abuela solo tuviera ojos para él: yo también quería agradarle a la abuela pero no sabía cómo, más bien sabía que era imposible.

Cuando llegamos a casa, yo seguía saboreando la galleta en mi boca y ya no me acordaba del posible envenenamiento. Ahora quería comer siempre esas galletas y mi madre sonrió cuando le pedí que nos comprara mejor de ésas, y no las Marías secas que a veces cenábamos.

Éramos pobres y esas galletas nunca llegaría a probarlas de nuevo por culpa de la abuela, quien, años atrás, había desheredado a su hija por haberse casado con mi padre, un pobre chofer de trolebús alcohólico. Bebía tanto que a veces teníamos que recogerlo en la calle cuando se quedaba dormido en alguna esquina después de gastarse todo su sueldo en ese aguardiente que me hacía estornudar cada vez que lo tenía cerca. Hubo días en que no teníamos ni para comer, así que mi madre empezó a dar clases de inglés; ella había recibido una educación en los mejores colegios y estaba destinada a casarse con un hombre de su misma clase social, pero su mala cabeza le arrebató ese futuro seguro y ella apostó por el amor. Era una romántica, siempre lo fue.

Mi madre intentó pedirle ayuda a la abuela, pero ella se la negó y a cambio le ofreció quitarle un peso de encima. Le propuso quedarse con Ricardo para darle una buena educación, tan buena como la que ella había recibido. Así tendría una boca menos que alimentar y un hijo bien educado con más oportunidades en la vida. Fue en esos días cuando visitamos a la abuela por primera vez.

Una tarde en que caía una tormenta de esas típicas de la ciudad, en las que llueve durante horas y ocasionalmente se escuchan truenos metidos en las nubes, vi a mi madre llorar. Pensé que era por la tormenta y porque había goteras en la casa, más bien en ese cuartucho donde vivíamos. Pero no era por la tormenta, ella lloraba por impotencia mientras ponía la escasa ropa de Ricardo en una maleta vieja.

Arropó a Ricardo con ese suéter viejo que tenía y nos pidió a Mario y a mí no salir. Los recuerdo cubriéndose con un paraguas medio roto, mi madre encorvada y mi hermano que giraba la cabeza y nos miraba con una mezcla de miedo y asombro. Levanté la mano y le mandé un adiós y una sonrisa de mucha pena, en ese momento ya no sentí envidia. Esa fue la última vez que vi a Ricardo en nuestra casa; a partir de entonces lo veíamos esporádicamente en casa de la abuela, y él ya nunca fue el mismo.

 


Autor:
Laura Iñigo
Ciudad de México, 1966

Ex empresaria y futura escritora.

IG: @lau_inigo