Estarás asustada. O más que asustada estarás encabronada, hecha un incendio. Y hasta pena me da no estar ahí a tu ladito para quemarme. Porque, Lupita, tú enojada asustas mucho, pero a mí me pasa una cosa curiosa y es que además de asustarme, me enamoran tus malos humores. De todos modos, antes de que me injuries y arrugues tus dulces cejas, quiero apaciguarte. Que sepas que no me fui de tu lado, sino que me fueron. De tu lado, Lupita, yo ya no puedo irme. La distancia que ahora nos separa es un error solamente, un error que voy a enmendar muy rápido, ya vas a ver.
Yo sé que tú sabes lo que quiero decir con estas, mis palabras, que siempre me dices que retuerzo y floreo demasiado. Una vez me dijiste que yo era un poeta y que a ti tu santa madre, que en paz descanse, te había prevenido de los hombres todos, pero más de los poetas porque se meten en el corazón como gusanos en la fruta. Nomás acuérdate que yo poeta no soy, soy cancionero, que es una cosa similar, pero distinta. Los poetas hacen poemas y yo hago canciones, y aunque en mis canciones vayan poemas, también va música, va humilde mi guitarrita y mi más humilde y pobre voz, y ahí donde las palabras pueden mentir, la música no puede. No sabe cómo. Fíjate tú mera. ¿Ves cómo hay veces que escuchas una canción que dice cosas muy bonitas, pero no les crees nadita? Pues es porque la letra es pura mentira. Es una fachada nada más, sin sentimiento detrás, como cuando en las películas levantan todo un pueblo, pero atrás de las casas no hay gente viva, ni calorcito, ni nada parecido a un hogar. Y ahí viene la música que como no se sustenta en nada, como sus raíces no beben de ningún río, suena a tronco hueco, podrido. Así es como tu corazón sabe: eso que canta aquel señor y que suena tan bonito no es verdad. En cambio, lo que dice mi guitarra desde que te conozco, Lupita, es verdad. Los gorjeos de mirlo o los graznidos de pájaro enamorado que se me escapan del gaznate son como las palabras de un santo: indudables. Y no por gracia mía. Lo que dice un santo es sagrado no porque viene de él, sino porque viene de Dios y lo que te digo yo no viene de mí, que soy solo un hombre, sino de mi amor.
Solucionado ya este asunto en el que tanto me has hecho entretenerme (¿ves cómo me enredas la cabeza, muchacha?) lo que te quiero decir es que nuestro plan en pie sigue, Lupita, nomás que ese pie está obligado a usarse para correr por un momento, unos días o a lo mucho unas semanas. La culpa es de Anselmo, como no podía haber sido de otra gente. Tú bien sabes lo mucho que Anselmo me odiaba. Me odió desde que llegué al rancho de tu padre, y luego me odió más porque no me morí en la cuna, o en el remedo de cuna que tu padre me destinó para dormir mi triste sueño de huérfano, y luego el odio se hizo más canijo porque resultó que yo era solo pobre de nacimiento, pero rico en ideas que nunca jamás de los jamases podrían nacer en esa tierra yerma que Anselmo llevaba sobre los hombros. Y por último acabó de odiarme con la inquina más endiablada cuando vio que me enamoré de ti, su adorada prima que él quería para sí mismo, y peor, cuando miró que tú te enamoraste de mí y que de él no querías saber nada. Eso sí ya no me lo perdonó. No tengo que repetirte todas las barbaridades a las que ese flaco quijadura dientedeoro me sometió desde antes incluso de poder caminar, ni tengo que convencerte de que ya muchas de esas fechorías bien le habrían valido la muerte. Si no se la di antes, fue por decencia, porque mi madre, a quien no conocí, pero quien seguro fue muy buena, no dio a luz a un hombre malo. Yo tengo mucha paciencia. Yo puedo perdonar mucho. Pero hay cosas que no se deben perdonar. Anselmo tuvo por fin el mal tino de hacerme una de esas cosas. Y al decir hacerme quiero decir hacernos, y ya con eso te haces una idea de por dónde fue su malicia. Resulta que Anselmo nos vio, Lupita, la noche de la caballeriza. Me amenazó. Me dijo que le diría todo a tu padre. Dijo que tu padre me mataría y que a ti también, porque tu padre no iba a querer a una hija… Y aquí te nombró una palabra muy horrible. Dijo Anselmo con su horrible hocico de chivo que si yo quería comprar su valioso silencio tenía que convencerte a ti, Lupita, de entregarte a él, y ahí, con su apestosa lengua de serpiente que babeaba su último veneno sin saberlo, dijo que al cabo si eras esa palabra tan horrible como para meterte con un pobre diablo como yo, no te podías negar a estar con él, y entonces yo, que cuando más me hierve la sangre es cuando más calmado parezco, le dije muy clarito para que no le cupiera duda en su cerebro de mosca: Anselmo, lo único valioso que tienes es ese pinche diente de oro y tu silencio no vale ni el filo que le saco a mi cuchillo, y así nomás le clavé la navaja en las tripas.
Si me conoces, Lupita (y yo espero que me conozcas porque eres la única que me has visto el alma y encontrado en ella bondad, aunque el alma, la pobre, esté chueca por malos tratos), sabrás que mi primer instinto no fue irme (y tampoco el tercero, ni el quinto ni el último). Al contrario. Mi pecho todavía temblando de rabia me dijo: ya estuvo, muchacho, ora entrégate. Esa era mi idea, ir con tu padre y explicarle lo que había hecho (obviamente, sin decir nada de nosotros, al cabo que tu padre conocía ya el aborrecimiento que había entre Anselmo y yo), y que dispusiera él de mí, ya fuera para matarme ahí mismo, para darme unos reatazos o para entregarme a la policía. La providencia quiso que entonces llegase Don Chuy como un ángel, que es justamente lo que debe ser. Un ángel disfrazado de señor panzudo y malencarado. Yo te lo juro, Lupita, que el padre que la vida me negó, me lo vino a pagar luego con este señor que tiene el corazón tan blando como feo tiene el gesto y grande la barriga. Le bastó posar sus ojos de tecolote sobre el cuerpo de Anselmo que empezaba a estar frío sobre el zacate ensangrentado para entenderlo todo. Me miró a los ojos y me preguntó cómo me sentía y yo le dije que bien, que cansado y pues sí, por qué no aceptarlo, un poco raro, pero en el fondo bien, calmado, porque yo sabía que eso, que sin duda era feo, había sido justo. Don Chuy asintió. Se quedó serio, meditando el asunto, y me dijo que un hombre solo sabe quién es ante tres cosas: la una, criar un hijo, la otra, arrebatarle la vida a otro hombre y la última, la muerte de uno mismo. Ahora se conoce usted mejor, me dijo. Y yo le pregunté si no se conocía uno mejor ante el amor también y me dijo que no, que muy tristemente no, que frente al amor uno conoce no al hombre que es, sino al que quisiera ser y que con el tiempo la distancia entre los dos acaba con el amor. ¿Cómo ves, Lupita? ¿Cómo se le ocurren esas cosas al viejo? Mas no vayas a ocupar tu mente luminosa en preocuparte por estos menesteres ni un segundo pues yo sé muy bien que no soy ni seré nunca el muchacho que tú mereces, pero para allá voy y me acercaré un pasito cada día, ya verás.
El bueno de Chuy me dijo entonces que agarrara una yegua y huyera, y que él se encargaría del cuerpo y de despistar a tu padre. Yo renegué y renegué porque a Don Chuy no le podía pagar toda la bondad que me ha dado con un disgusto así, pero él me agarró del cuello de la camisa, me zarandeó, me cruzó la cara de un golpe lleno de cariño y me dijo: No sea pendejo, muchacho, que lo van a matar y usted tiene mucha vida. Me abrazó y dijo bajito: No se apure, que su dama irá a encontrarlo. Me quedé muy sorprendido de que supiera, pero después de todo Chuy, como me imagino que les pasa a muchos ángeles, debe tener el don de la clarividencia. Me subí al caballo con solo la ropa que traía encima y mi navaja. Chuyito me dio un dinero que acepté bajo amenaza de otro golpe y me fui, no sin antes pedirle encarecidamente que te explicara todo, y de acordar un sitio seguro para enviarle cartas sin que tu papá se enterara: la peletería de Don Agapito que, según Chuy, es enemigo jurado de tu padre y ni bajo tortura hablaría con él.
Y así son las cosas Lupita. Y no te pongas a maldecir ni me mires así. Ya hasta un surco se te va arando en esa parcela de piel tan chula que tienes entre las cejas. Pero con todo y lo linda que te ves encorajinada yo no quiero ararte más ese ceño, mejor quiero labrar esos tus hoyuelos tan chulos que se te hacen en cada cachete. Menos todavía quiero que se te nublen los ojos por culpa mía. No has de apurarte por el futuro. Ya te aviso que será bueno. Tampoco tengas miedo del futuro del alma tuya ni de la mía porque sin importar lo que diga el padre Eufrasio, yo no creo que Dios castigue a dos que se aman como nos amamos nosotros por el supuesto pecado de mostrarnos ese amor antes del matrimonio. Porque además tú y yo nos casaremos, de tal manera que nuestro único pecado fue el de seguir los pasos en desorden. Eso no es pecado, es despiste. A lo mucho, falta de paciencia. Si Dios castigase la falta de paciencia con una eternidad en el infierno, sería un Dios muy cruel, ¿no crees? Y yo sé que Dios no puede ser cruel por dos sencillas razones: 1. Te creó a ti. 2. Te puso en mi vida. Ambas pruebas irrefutables de que Dios es bueno y si bueno es y nos juntó, nada malo ha de pasarnos. Otra cosa es con qué ojos verá lo que le hice a Anselmo, pero eso es problema mío. Ya hablaré yo con él.
Mi Lupita, te escribo desde la parte de atrás de una camioneta, envuelto en mi chamarra de borrega, esperando a los señores que me han recogido mientras se toman un café y comen unos huevos chilosos. A Jacinta, la yegua, la vendí en Sabina Chica con el dolor de mi corazón. Hay que ser listos antes que sentimentales y al ser Jacinta una buena yegua, iba a ser fácil para tu papá rastrearla. Con el dinero que me dieron y el de Chuy podré sobrevivir hasta que encuentre un lugar seguro y un trabajo. Ahorraré mucho dinero y te escribiré todo el tiempo porque escribiéndote te hablo al oído, y hablándote al oído te huelo y siento tu calorcito, y así curo ahora como antes todas las tristezas que me da y me ha dado la vida, que no son pocas, pero que importan poco menos que nada cuando pienso en que tengo un rinconcito en tu corazón dulce, corazón junto al cual late el mío y que mi cuerpo irá a recuperar pronto para que todo sea, ahora sí Lupita, como siempre habría de haber sido.
Tuyo,
Inocente
Es librero y traductor. Vive en Barcelona desde el 2023.
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