En una lavandería de los Pirineos

A las seis de la mañana, la alarma habitual del móvil espabiló a María, que aún sostenía entre las manos la copa en la que bebió la noche anterior. Despegó la vista del edredón. Había cristales por el suelo, una cortina rasgada, el espejo sobre la cómoda auguraba siete años de mala suerte y mostraba su rostro chupado y su cabellera revuelta, en múltiples fragmentos. Quiso seguir llorando, pero como no brotó el llanto, María se levantó de un brinco, arrancó el edredón de la cama, sorteó los cristales del suelo con las puntas de los pies descalzos y asomó por la ventana. 

La casa rural de Amelia había inaugurado una lavandería hacía dos años, solía estar abierta desde las nueve de la mañana y hasta las ocho de la noche, como si en Alto Sil vivieran multitudes con la necesidad de lavarse la ropa. Durante los primeros dos veranos, con el turismo, Amelia recuperó la inversión; a María le parecía estúpido tener abierta esa lavandería durante todo el año, sin embargo, se alegró al comprobar que estaba abierta. Se levantó el cabello en una coleta, se puso un abrigo de pelo rosa que ya no iba a devolver, a causa del manchón de vino que lo alcanzó, cuando Bernardo reventó la botella contra el suelo la noche anterior y, diciéndose a sí misma que no iba a comprar otro edredón, que las manchas de sangre y vino no se irían del todo, pero podrían disimularse con un lavado caliente y abundante lejía, quiso aprovechar la avaricia de Amelia y gastar algunos euros en su lavandería.

Cogió el móvil, las llaves, metió el edredón en una bolsa de la basura y salió a la calle. Un viento helado le arañó la nariz. María hizo el amago de cerrarse el abrigo, que no tenía botones. Aún caían copos de nieve. Atravesó la calle sin que una sola persona se cruzara en su camino o se asomara por la ventana, chismorreando el movimiento del pueblo. María no se extrañó, la Nochevieja había sido demasiado larga. Alto Sil dormía al comienzo del nuevo año. Si no fuera de noche y estuviera nevando, si María pudiera mirarse a sí misma desde lo alto, atravesando la calle, pensaría que parece un salmón dando brincos sobre el río empedrado. Que la nieve era como la espuma del agua revuelta del río, cuando baja por la montaña por el deshielo.

Al pie de la puerta de cristal de la lavandería, María miró con atención las ventanas que estaban justo encima, pero nada sucedió. Entró y sus músculos se relajaron al instante, aunque allí no había calefacción, hacía menos frío que fuera. Puso play al documental de osos pardos que solía ver junto a Bernardo y dejó el móvil encima de una secadora. Sacó el edredón de la bolsa de basura, lo introdujo en una máquina, eligió un ciclo de lavado prometedor, se dejó cinco monedas en el proceso y cuando la máquina comenzó a lavar, ya sin que María pudiera, aunque quisiera, hacer más, se vio obligada a esperar. Giró sobre sí y comprobó que apenas le acompañaban cuatro sillas, repartidas al contorno del local y varias máquinas de lavado industrial. Miró tras la puerta de cristal, sólo vio nieve caer. Deseó que el abrigo tuviera al menos un botón. Cogió el móvil y se sentó en una de las sillas, la más cercana a la puerta. La voz en off del documental rezaba: «El oso pardo es un mamífero omnívoro que tiene dos subespecies, el oso grizzli y el oso kodiak. Es el animal terrestre más grande de toda la fauna ibérica. Su cuerpo es robusto, siendo los machos más pesados que las hembras. En los Pirineos, los machos pueden llegar a pesar hasta trescientos kilos y medir dos metros de longitud. La coloración de su pelaje puede ser marrón, con tonalidades más doradas o grises. Renueva su pelaje una vez al año. No tiene muy buena visión, pero desarrolla mucho su olfato y oído.»

La puerta de la lavandería se abrió contra todo pronóstico y para sorpresa de María, de las sillas, y hasta de las máquinas de lavado industrial, un oso pardo entró, arrancándose el pelaje del cuerpo como si se tratase de un abrigo, entre gruñidos y sin prestar atención a María. 

Boquiabierta, ella lo observó abrir con hartazgo una de las puertecitas circulares de una lavadora y meter allí, a empujones, su grueso y abundante pelaje, que chorreaba sangre. El oso, confundido, buscó las instrucciones al costado y por encima de la máquina, sin éxito, se dirigió a la puerta, queriendo encontrar allí un cartel o algo que le orientara sobre el funcionamiento, pero sólo encontró a María, que no podía hacer otra cosa que mirarlo, estupefacta. Al oso le chorreaba un hilito de sangre del pecho, parecía que le habían dado un zarpazo. La herida estaba semiabierta o semicicatrizada, no se podía verificar. Despojado de su pelaje, el oso se cubría el pecho con una pata y se dejaba mostrar el resto del cuerpo: piel a carne viva, rosa, venosa, atestada de pelos adheridos a la viscosidad de la grasa que se había quedado pegada a su cuerpo.

María sintió el impulso de levantarse y salir corriendo, pero se lo impidió el nivel de pavor que le atizaba los nervios. Incapaz de echar a andar la lavadora, el oso finalmente miró a María y dijo, sin ánimo alguno:

—¿Me dejas dos pavos? No acepta billetes —y sacó de entre un pliegue de su piel grasienta un un billete roto de diez.

María quiso responder y ser amable, pero lo único que pudo y supo hacer fue mirar al oso con la boca bien abierta, mientras le temblaban las manos y las piernas. El oso pardo chasqueó los dedos en la cara de María:

—¡Ey! —dijo— ¿Los tienes o qué?

Impactada, María bajó la vista, no supo bien por qué. Se topó con la pantalla de su teléfono móvil: «A pesar de su enorme tamaño, los osos pardo son bastante veloces, pueden alcanzar los cincuenta kilómetros por hora. Estos animales habitan en los bosques ubicados al norte y centro de Europa, así como en Asia, Marruecos o Argelia. En América abarcan desde Alaska y hasta el norte de México. También se encuentran en el Himalaya y Siberia. Viven en regiones boscosas, de montaña alta, tundra, praderas alpinas y costas.» ¡Están en todas partes!, pensó María.

El oso se impacientó y, tiritando de frío, llamó de nuevo la atención de María, esta vez sin chasquear los dedos, sino buscándole la mirada:

—Sería todo un detalle si me echaras un cable, no he tenido una buena mañana. ¡Son sólo dos euros! ¡Quédate el billete de diez y dame dos! Quiero pirarme.

Torpe, María sacó el monedero de uno de los bolsillos de su abrigo. El monedero estaba estampado con Los Osos Amorosos, lo que llevó al oso a burlarse abiertamente, sin dar explicaciones. María, tímida, sacó dos euros y se los entregó. Recibió el billete roto de diez que ya no podía usarse para comprar nada y lo guardó, sin quitar ojo al pardo, que de inmediato acudió a la máquina y echó las monedas. Se giró, se encogió de hombros y reclamó al fin:

—¿Vas a decirme cómo funcionan las máquinas estas?

María dio instrucciones sin moverse. El oso programó el lavado y, ya sin más, se desplomó encima de otra de las sillas del local. Se lamía con cuidado la herida del pecho, intentando no dejar que se le viera. María no le quitaba ojo de encima, lo que empujó al oso, hosco, a decir sin miramientos:

—Los Osos Amorosos son demasiado inverosímiles —dio la espalda a María y se quedó mirando un rincón de la lavandería, como ausente.

María inclinó el cuerpo para asomarse por la puerta de cristal que daba a la calle, esperando ver a alguien que la socorriera, pero solo vio nieve deslizándose por el aire. Miró el techo, afinando el oído, pero no escuchó nada. Los motores de las lavadoras maquillaban el ambiente. Calculó sus posibilidades y pensó que, estando el oso de espaldas como estaba y sin la intención aparente de atacar, podía escapar si era lo bastante ágil. Aún sujetaba el móvil con una mano. El documental seguía su curso: «El oso pardo es un animal oportunista que aprovecha casi todo lo que encuentra en su hábitat. Es un gran consumidor de cualquier tipo de carroña. Suele ser solitario, pero se reúne con otros osos cuando es temporada de abundante fuente de alimento. Es capaz de capturar animales de pequeño y gran tamaño, tanto vertebrados como invertebrados.» María apoyó los pies sobre el suelo y estuvo a punto de levantarse y correr, pero el oso dijo:

—Huelo tu miedo —María se paralizó y ahogó un grito. Abrió los ojos como culos de botella y apretó los labios. Su mirada se fue directa al oso, que volvió a buscar a María, hasta encontrarla—. No hay razón para que te pongas así… —Pero María no sucumbió al intento pacificador del oso y mantuvo firme la mirada, a la espera de que este se levantara y le clavara las garras entre los pechos o le arrancara la cara de una mordida. Goterones de lágrimas resbalaron por sus mejillas.

Ambos guardaron silencio, el sonido de los motores de las lavadoras se mezcló con la voz en off del documental. «Los osos pardo alcanzan la madurez sexual entre los cuatro y los seis años de edad. Las hembras pueden aparearse con varios machos durante su etapa de celo. No es extraño que los machos luchen entre sí para determinar quién tiene derecho a aparearse con la hembra. Viven hasta veinticinco años en un estado salvaje.»

María pausó el documental, no había caído en la cuenta de que podía despertar la ira del oso. Eso hizo y esperó. Se encogió sobre la silla en que estaba sentada. Sintió el peso de un enfado que, intuyó, prolongaría las vísperas de su Nochevieja. Entonces el oso, después de que María pausara el vídeo y sin que esta dejara de mirarlo un solo instante, reclamó, entre gruñidos de enfado:

—¿Quieres hacer el favor de mirar hacia otra parte?

Activada por el miedo, María se levantó de golpe y pegó la espalda contra la pared. Dejó caer el móvil y el monedero.

—Por favor, no me hagas daño —se atrevió a susurrar, pero no quitó la mirada de encima al oso.

Ofendido, el oso saltó de su silla y se puso en cuatro patas, dejándose ver la herida del pecho. Rugió con ira, harto ya de todo. Y arañó el suelo, grabando sus gruesas garras sobre la madera. María se cubrió la cara y encogió el cuerpo. Deseó que Bernardo estuviera allí. Se hizo otra vez el silencio. El oso dio vueltas, de una punta de la lavandería a la otra, bufando, gruñendo, esperando el momento en que María dejara de mirarlo, pero como esto no sucedió, arremetió contra una secadora y la estrelló contra las lavadoras que aún estaban en marcha. María, entonces, atizada por la urgencia de quien debió hacer algo, hace por lo menos dos años, salió corriendo de la lavandería sin mirar atrás, dejando móvil, monedero y edredón en proceso de lavado.

Cruzó la calle, abatiendo los copos de nieve que se interpusieron en su camino y tapizaban los Pirineos sin prisa ni gloria. Entró en casa, subió hasta su habitación y, ya en el silencio del desastre que había dejado la Nochevieja, se asomó a la ventana, miró hacia la lavandería, luego a las ventanas que estaban sobre la puerta de entrada al local y esperó. Como nada sucedió, pensó llamar a la guardia civil o avisar a Amelia, y se arrepintió de lo segundo. Buscó su teléfono móvil. Se le infló el pecho de rabia cuando cayó en la cuenta de que estaba en la lavandería. No debió hacer caso a Bernardo cuando este le convenció de dar de baja el fijo: «Ya nadie lo necesita», aseguró.

Tres lágrimas resbalaron por sus mejillas, mientras seguía mirando a través de la ventana, sin que pasara nada en la lavandería o en las ventanas que estaban encima de la entrada de la lavandería. Sus lágrimas, a diferencia de las mil y una lágrimas saboreadas durante los últimos setecientos treinta días, tenían un fondo salado que la impulsó a cerrar los puños con fuerza. Decidida, salió de nuevo, cruzó la calle, se comió algunos copos de nieve, entró a la lavandería ya sin mirar las ventanas de arriba y esperar que algo sucediera. Miró al oso a la cara, que no esperaba verla, y se echaba por encima del cuerpo el pelaje escurrido que acababa de sacar de la lavadora. María cogió móvil y monedero, los guardó en su abrigo que no le quitaba el frío y se echó al suelo a cuatro patas. Extendió las manos, mantuvo el equilibrio tan solo con las puntas de los pies, levantó el culo, arqueó la espalda y levantó la cabeza. Rugió y la nieve de los Pirineos tembló.

Mientras María volvía a cruzar la calle para subir a su piso, las cortinas de la ventana, que estaban sobre la única lavandería de aquel pueblo quieto de los Pirineos, se movieron por fin.

 


Autor:
Israel Pintor Morales
Ciudad de México, 1985

Cuando no escribo, imparto clases de escritura. ¡Qué drama!

IG: @israelpintor