Apareció un día cerca de donde yo estaba sentado. Le vi llegar como en cámara lenta, temeroso de asustar a alguien —un dato sobre la incomprendida vida de los fantasmas: es a ellos a quienes se les acusa de aterrorizar pero por lo general van con más miedo ellos que sus «víctimas»—. La segunda vez que lo vi merodeando por Ronda de Sant Pau presencié uno de esos encuentros de terror infundado: una persona caminaba sin mirar más allá de su móvil hasta que se topó de frente, casi de narices, con el fantasma inmóvil desde hacía minutos. Con el susto vinieron los gritos, luego los improperios. Doy fe de que la vida como fantasma es ingrata.
Lo vi varias veces más, en diferentes horas y días. En la mayoría no hacía nada más que flotar en silencio, otras reía arrastrando metales escandalosos, algunas otras lloraba desconsolado. Lo vi a lo lejos una de esas noches de lágrimas, sentado en un banco cerca de la «super illa» de Sant Antoni, gimiendo y dando gritos desesperados. Los vecinos encendieron las luces de sus salones y recámaras. Los más valientes asomaron la cabeza por las ventanas con cautela, otros llamaron a la policía —como si eso pudiera hacer algo para solventar su sufrimiento. El del fantasma, me refiero—. En cierta forma fue efectivo; al primer sonido de la sirena, en un parpadeo de luces azules, el fantasma desapareció con todo y llanto.
«Me consta que los niños también podían notarlo porque, mirando fijamente a una esquina o un banco, les escuché preguntar a sus padres qué le pasaba al chico que estaba ahí parado».
No solo yo podía ver al Cristiano —así le llamé porque estaba vestido como sacerdote: con pantalón, chaqueta y zapatos negros y con una camiseta enorme del Real Madrid que alguna vez fue blanca—. Criaturas con sentidos mejor desarrollados también lo veían. Los perros se detenían frente al callejón oscuro en la mitad del barrio. Lo miraban fijamente mientras sus dueños intentaban hacerles seguir caminando. «¿Qué te pasa? Ahí no hay nada» les decían. Me consta que los niños también podían notarlo porque, mirando fijamente a una esquina o un banco, les escuché preguntar a sus padres qué le pasaba al chico que estaba ahí parado. Los padres pasaban de largo sin siquiera ojear la dirección que indicaban los pequeños —«no hay nadie, tira pa’ casa»— incapaces de confrontar la culpa. Lo que quiero decir es que no es que tenga un don y por eso podía ver al Cristiano, digamos que es más bien una habilidad ganada con el tiempo.
Un día dejé de verlo. Habían pasado tal vez tres o cuatro años desde la primera vez que se apareció y dos meses desde la última. Pensé que tal vez había cambiado de zona, la vida de fantasma es siempre nómada —eso de fantasmas atorados en un solo sitio por años es ficción pura—. Busqué en los lugares frecuentados por el gremio de aterrorizadores invisibles: entradas de supermercados en el Eixample, plazas solitarias en Poble Sec, terrenos valdíos en Poble Nou, debajo de escaleras en Sants. Nada.
No sé a dónde habrá ido a parar el Cristiano. Tal vez pasó al otro mundo, liberado de su suerte terrenal. Tal vez fue desterrado, vícitma de algún exorcismo legal y se encuentra perdido en un limbo. La teoría que más me gusta pensar es que encontró un camino que le llevó a recuperar su existencia física, a volverse otra vez visible: encontró un trabajo, abandonó la calle, tiene un piso, una pareja que le acompañe, tal vez un perro. Durante las horas eternas en la calle me imagino en un futuro donde la gente me ve aunque no me miren; sentado en algún bar contando —en pasado— la historia que me trajo a vivir como uno más de los fantasmas de esta ciudad.


