La viga

“Egidio, buenos días”. Cada mañana lo encontraba en el mismo banco, desperezándose; a veces ya se había levantado y se estaba lavando en la fuente que había en medio de los jardines, otras todavía estaba tumbado frotándose los ojos.

Hoy Egidio está sentado con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza entre las manos, “señor Navarro, buenos días tenga usted”. El señor Navarro era el presidente de una empresa local de transformación de metales y trabajos de soldadura; no demasiado grande, no demasiado pequeña, bastante potente, con el dinero suficiente para que el señor Navarro fuera considerado un magnate en el pueblo. Y como tal, era atento con sus paisanos, magnánimo con todos, generoso con los necesitados. Como todo buen señor del pueblo debe ser. 

Cada mañana le llevaba a Egidio un café con leche y unos churros, un bocadillo, unos bollos, le gustaba improvisar. Egidio siempre se lo agradecía con una sonrisa y algo de conversación, la justa. Aquel hombre era hijo del pueblo, para algunos hijo pródigo, porque un lugar como aquel no acepta demasiado bien a sus vástagos si estos no le honran con éxitos probados, con una vida digna, si no pasan por la iglesia los domingos, si no juegan a cartas en el casino por las tardes. 

Egidio tuvo una juventud díscola, su familia vivía del campo y eso a él no le iba. Hay quien decía que no le gustaba doblar la espalda, pero en su casa nadie la había doblado demasiado jamás. Su padre era un terrateniente, así que lo que hacía era más bien mandar. 

Él decía que quería ver mundo, pero al final se tuvo que casar a los diecinueve años con una chica del pueblo en un matrimonio arreglado por las familias. La cosa es que se enamoraron y vivieron felices durante un par de años, Egidio aceptó gestionar una de las fincas de su padre y parecía que había sentado la cabeza. Aunque la felicidad, como cualquier estado, fue solo pasajera, porque su mujer se quedó embarazada y murió en el parto junto con la criatura. Algunos decían que había enloquecido entonces, otros rumoreaban que fue en los años que estuvo fuera, supuestamente en el ejército. 

Con veinte años y ya viudo se fue. Su familia le ofreció de todo para que se quedara, su padre le adelantó la herencia en vida, pero él no quiso saber nada. Habría hecho bien en aceptarla entonces porque años más tarde su hermano menor perdió todo el patrimonio en una partida de cartas celebrada clandestinamente a bordo de un tren que cruzaba Francia. 

Por suerte, para entonces, el patriarca y la madre de Egidio ya habían muerto, pero los demás hermanos pasaron de ser padrones a ser jornaleros. Un par de ellos emigraron, las hermanas tuvieron la suerte de haberse casado bien y el jugador acabó con un tiro en el pecho en unas circunstancias difíciles de aclarar en algún lugar cerca de la frontera con Portugal. 

El caso es que cuando Egidio volvió al pueblo, cuarenta años después, ya no quedaba nada de lo que había conocido y muy poca gente se acordaba de él. Pasaba los días en el parque o paseando; no se le veía beber, no se le veía jugar y no se sabe a ciencia cierta cómo se las arreglaba para ir siempre limpio y aseado. 

“Gracias, señor Navarro, no vaya usted a cansarse hoy, no se pasee mucho que va a haber tormenta”. El señor Navarro había estudiado con él en la escuela de pequeño y le tenía mucho afecto; se habían tomado unos vinos juntos la noche antes de su boda y había sentido sincera curiosidad por saber qué había sido de él. No se sorprendió cuando le vio volver casi anciano, con una larga barba blanca y una melena gris. 

“Lo que yo no entiendo, Egidio, es por qué si antes era Cayo, ahora soy el señor Navarro, de verdad que no lo comprendo”; más o menos así se despedía cada mañana antes de entrar por la verja que daba al patio de su empresa, donde ya hacía rato que los peones estaban soldando y trajinando vigas de hierro de un lado para otro. Egidio sonreía y lo acompañaba con la mirada hasta el interior del patio. Después se tomaba el desayuno y desaparecía durante toda la mañana entre los campos y caminos. 

A veces se le veía acariciando a alguna mula, apoyando la cabeza sobre la crin de un caballo o recuperando un par de ovejas que se habían salido de algún rebaño. Incluso una vez que se escapó un toro de un encierro sembrando el pánico por todo el pueblo, apareció Egidio con el animal, ya manso, directamente en la ganadería. 

«A veces se le veía acariciando a alguna mula, apoyando la cabeza sobre la crin de un caballo o recuperando un par de ovejas que se habían salido de algún rebaño».

Nadie sabía bien dónde había estado todo el tiempo que faltó del pueblo; existía el rumor de que había pasado por el ejército, o tal vez fuera la legión, pero no había pruebas de ello.

Cuando dejaba a Egidio desayunando y ponía los pies en su empresa, Cayo Navarro se olvidaba de todo y se concentraba en metales y soldaduras. Se paseaba por las oficinas, los talleres y el patio dando órdenes y soltando reniegos. Si las cosas estaban bien, él las quería mejor y nunca se daba completamente por satisfecho. Sus trabajadores lo apreciaban tanto cuanto lo temían; era generoso con los aguinaldos y les ayudaba en sus problemas personales, aunque para ninguno de ellos era un amigo. Era como un padre, pero ese padre severo al que no te atreves a mirar a los ojos y que se alegra de que le pidas ayuda porque siempre quedarás en deuda con él. 

A su manera era feliz, su trabajo le llenaba de orgullo. Ya no el hierro o las aleaciones, sino los números que llenaban los libros de cuentas, la plantilla que aumentaba año tras año y los clientes que no dejaban de llegar. 

Parece que Egidio tenía razón, el cielo se está ennegreciendo y empiezan a caer las primeras gotas densas y resbaladizas. Los peones siguen un rato, pero a los cinco minutos la lluvia arrecia y empiezan a brillar los relámpagos y a sonar los truenos. Cuando así sucede, si Egidio está por la plaza, se mete en la caseta del guardia urbano para no mojarse. Pero hoy no se le ve, le habrá pillado la tormenta paseando. Cayo Navarro, en cambio, está muy molesto porque los peones han corrido a guarecerse y han dejado una viga recién fundida sobre la carretilla, en medio del patio. Aunque empieza a maldecir y a despotricar contra todos, nadie le hace demasiado caso. Por una parte, están acostumbrados a esas escenas, y por la otra la viga no se va a mover de donde está, no se va a encoger con el agua, no le va a pasar nada en absoluto. 

El enfado del señor Navarro se debe a que no ha sido él quien ha dado la orden de dejar de trabajar en el patio, ha sido una decisión espontánea tomada por sus trabajadores que él no ha tenido la oportunidad de autorizar. Se ha quedado solo en medio del patio gritando como un energúmeno que a ver qué manera de responsabilizarse del trabajo es esa, dejando las cosas tiradas y abandonando por cuatro gotas. 

Por mucho que se empeñe, cuatro gotas no son, porque el rayo ya ha alcanzado al trueno y la tormenta está encima de su cabeza; el agua ya forma una densa cortina y los relámpagos dibujan figuras en el cielo constantemente. A finales de agosto, nada de esto es excepcional. 

Los peones le gritan al jefe, que está calado hasta los huesos, que vaya dentro, pero Cayo Navarro está en pleno berrinche y se sienta en la viga de  hierro recién forjada a esperar que amaine. El siguiente resplandor del cielo es particularmente espectacular porque llega al suelo, o mejor, directamente a la viga donde está sentado el jefe, que sale despedido hacia adelante y cae al suelo con un agujero humeante en la suela del zapato. 

Se hace el silencio que sigue a la tormenta aún antes de que esta haya acabado y todos los empleados empiezan a gritar a la vez sumidos en el caos más profundo: los que salen al patio, los que llaman a una ambulancia, los que se tiran del pelo sin saber qué hacer, sin tocarlo por miedo a que la electricidad siga dentro. 

Y de repente, en medio de la lluvia, que está empezando a perder fuerza y a volverse suave y constante, aparece Egidio. Lleva un bastón en la mano y se apresura hacia su antiguo compañero de escuela. Sin preguntarle nada, le hacen espacio y se arrodilla cerca del cuerpo inerte. Le da suavemente con el bastón en diferentes puntos del cuerpo, luego deja el bastón a un lado y lo aparta. Sin inmutarse demasiado, le agarra una mano al señor Navarro y le coloca la otra en la frente; cierra los ojos, vuelve a abrirlos y no pasa nada. Cambia de postura y esta vez apoya las dos manos sobre el pecho del jefe, pero sigue sin pasar nada. De repente, y sin que nadie pueda prever el gesto, levanta el puño y lo descarga con un grito sobre el pecho de Cayo Navarro, que automáticamente se incorpora con una profunda aspiración y se queda sentado en el suelo con los ojos muy abiertos. 

Egidio le da un par de palmaditas en el hombro, se levanta con esfuerzo y se dirige lentamente hacia la salida. Su melena baila sobre la espalda y nadie parece haberse dado cuenta de que ni uno de sus cabellos plateados está mojado.


Autora:
Cristina Bartolomé Martínez
Zaragoza, 1979 
Es traductora y redactora de libros de español para extranjeros
Vive en Barcelona desde 2004
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Fotografía:
Juan Lemus