Cristina se comenzó a ir de mi vida una tarde, mientras bebíamos la paz encontrada de casualidad, en las faldas de una iglesia erguida hace más de mil años. Era primavera y andábamos turisteando por Cataluña. El sol calentaba lo justo y tras bañarnos en él, entramos al edificio. El templo en cuestión estaba dedicado a San Pedro, ubicado en la población de Figueras. No fue exactamente ahí que Cristina decidió dejarme, claro, pero creo que hubo algo al ver esa estructura de piedra que la removió por dentro. Un desnivel que tumbó ese primer y pequeño dominó que, tras una reacción en cadena, terminaría por aplastarme. No tengo pruebas ni dudas, tan solo la convicción casi religiosa de que aquello es cierto. De que caminar dentro de las paredes del edificio nos afectó a ambos de maneras diametralmente opuestas. Yo recorría en silencio sus galerías y bóvedas románicas, fascinado por la expresión física de un amor milenario. Un amor colectivo, eterno, que trascendió los espacios, tiempos y credos, para emocionarme a mí, un ateo sudamericano. A Cristina, en cambio, el edificio se le presentó frío y muerto. Quizás la definición de un amor marchito. De la vida que se va y deja tras de sí, tan solo un cascarón frío, al cual ni el sol de mayo alcanza a calentar. Menos de un mes después ya nos habíamos separado. Sin mucha parafernalia ni vistosidad. Aquello fue un acto práctico y sin simbolismos. No había necesidad de decirlo. El amor se había apagado de un lado y no había nada que hacer.
No hubieron grandes peleas. No hubo una tormenta borrascosa que tirase a la mierda los pilares sobre los que construimos nuestra casa. Tan solo una serie de desgastes; de bufidos, de molestias no contadas porque ¿para qué complicar lo que ya es evidente? Hasta que finalmente tomó el control remoto y pausó la serie que estábamos viendo. Yo ya me sentía tan dejado de lado, que el orgullo me hizo responder a su esto ya no da para más, ¿no? con un no, efectivamente no da para más, al tiempo que reanudaba el capítulo. Creyendo, no sé bien por qué, que si hacia como si nada de ello me afectase -como si entendiese que no había otra manera de seguir- entonces la tristeza no tendría tiempo de asentarse en mis huesos.
Debo decir que se comportó muy humana. Noble incluso. Me ayudó a buscar departamento y se ofreció a darme una mano con la mudanza, cosa a la que por supuesto me negué. Acepté en cambio la ayuda de mis vecinos, Herminio e Hilaria, el matrimonio de viejitos chilenos que vivían en el entresuelo del edificio. Hilaria me vio entrando las cajas vacías al departamento y me preguntó si nos mudábamos. Le contesté que solo yo, y con eso pareció entender todo. Lo mandó a Herminio más tarde a ofrecerme su coche para el traslado. Le acepté la propuesta, pero él me comentó que él lo manejaría, que su coche no se lo cedía a nadie.
Herminio conducía uno de esos autos deportivos de hace 70 años. Un cacharro de metal y cromo con un motor a diésel que devoraba asfalto por la Diagonal. El viejo amaba conducir. Alguna vez nos sacó a pasear con Cristina en el lujoso convertible, mientras los cuellos de toda una ciudad se giraban para vernos rugir por el Eixample. En sus años mozos -así era que Herminio los llamaba-, alguna vez había considerado ser conductor de rally. La vida no le terminó dando esa oportunidad, pero Herminio había perseverado en su amor por las máquinas. Hilaria decía que no lo entendía, pero que le gustaba verlo feliz. Herminio conducía bien, pero rápido. Más rápido, Hilaria decía, cuando llevaba pasajeros, quizás para querer sorprendernos.
El domingo montamos todo en la maletera y manejamos hacia Badalona. No me encantaba la idea de mudarme fuera de Barcelona, pero la verdad es que en aquel entonces yo andaba mal de dinero y peor de papeles, y alquilar un piso entero para mí no era posible. En el camino hablamos de Argentina y de Chile y de los lazos sanguíneos que unen a nuestros pueblos. Ellos no habían vuelto desde los 70, exiliados luego de que la dictadura asesinase a cuatro de los cinco hermanos de Herminio. No volverían. Muchos recuerdos dolorosos, decían. Su nicho estaría en Barcelona, idealmente en Montjuic, idealmente mirando al mar. Los dos habían sido comunistas. Decían que ya no lo eran, pues la política es para los jóvenes y ellos ya eran dos cascarones nomás. Con fuerza solo para quererse y con suerte un poquito más. Amigos y familiares muertos. Rutas difuminadas. Paisajes que no volverían a ver. Pero está bien, decía Herminio, todo sobrevive en el corazón. Los recuerdos se borran, se confunden, mutan y toman nuevas formas. Pero el amor no. El amor queda. Como un monolito, sentenció Herminio. Como aquella iglesia en aquel pueblito catalán, concluí yo.
«Una vez una novia me dijo que los hombres tienen que cortar una relación para desenamorarse, pero que las mujeres se desenamoran estando en ella y tan solo tienen que tomar el valor para salir.».
Al despedirme de ellos y cerrar la puerta, me quedé rumiando todo lo que me habían comentado. Pensé en mis relaciones pasadas. En si el amor había permanecido, pero era evidente que no. Que tan solo quedaba una paleta fría de colores a la que podría llamársela indiferencia. Con Cristina pasaría lo mismo, pensé. Algún día. Quizás a ella ya le había pasado. Una vez una novia me dijo que los hombres tienen que cortar una relación para desenamorarse, pero que las mujeres se desenamoran estando en ella y tan solo tienen que tomar el valor para salir. Y no te engañes Raúl, me dijo mientras sorbía un daiquiri o una capirinha, para dejar a un hombre se requiere valentía, no hay nada más peligroso que un hombre compungido. En su momento me pareció una estupidez. Yo a ella ya no la quería y estaba viendo la mejor manera de quitármela de encima. Recuerdo pensar, esta boluda me está dando la entrada perfecta para demostrar la falsedad de su hipótesis. La dejé esa misma noche, antes de que me pudiera encajar otro cocktail. La ecuación perfecta, en mi opinión, es cortar una relación hacia el final del invierno. La primavera es un momento perfecto para hacer un duelo. Las noches ya no son tan frías durmiendo solo y el verano trae nuevos cuerpos y nuevas posibilidades. Cristina, indiferente como era, me dejó en verano, por lo que ya en junio yo podría vaticinar un invierno duro adelante.
Me tumbé en el camastro de mi nueva habitación, con las cajas aun embaladas, pensando en el amor que mis exvecinos se tenían. Me emocioné ante su pureza, y temí por ellos. No por el fin de su cariño, eso no pasaría, sino por la inevitable separación que traería la muerte. No sé cuál de los dos moriría primero, pero pensarlo (o pensarla) viviendo sin intención ni amor me resultaba insoportable. Una injuria a la decencia. Tomé el celular y llamé a Cristina. Escuché su voz tras el quinto tono, quizás debatiéndose entre atenderme o no, o quizás terminando su primer polvo de soltera. Le mencioné que necesitaba la caja de herramientas para montar los muebles y le pregunté si podía pasar a buscarla. Me dijo que sí, que no había problema y le respondí, quizás un poco brusco, que por supuesto sabía que no sería un problema. Fui por la noche y, tras recoger las herramientas, pasé por el garage donde Herminio guardaba el coche, antes de subir a visitarlos. Me recibieron contentos y me preguntaron si necesitaba algo más. No, no, los tranquilicé, era más bien para invitarlos a un asado mañana, para agradecerles por la ayuda prestada. Ambos aceptaron encantados y prometieron llevar una botellita de Cabernet chileno que tenían guardada.
Al día siguiente nunca llegaron. Se mataron manejando en la Ronda Litoral. Herminio se estampó contra la baranda luego de que los frenos le fallasen al intentar agarrar una curva. Los dos llevaban el cinturón de seguridad puesto, pero sus cuerpos, ya ancianos, eran muy frágiles como para resistir el impacto. Murieron dentro de su cascarón metálico, aquel que Herminio había amado tanto como a Hilaria. Quiero creer que fue instantáneo y que no sufrieron. El caso hizo poca mella en el ojo público, hasta que el perito forense, tras la evaluación del coche, determinó que alguien había cortado los frenos. Por unos días mis amigos reflotaron en los diarios, antes de hundirse de vuelta en la brea del ciclo noticioso, enterrados bajo torneos de futbol, escándalos de corrupción y cotilleo real. Cristina me escribió unos días después, mandándome un link donde se trazaba una hipótesis hacia posibles ajustes de cuenta de grupos de poder chilenos. Estaba conmocionada, me decía, y muy dolida por mí, pues sabía que yo los quería mucho. Conversamos tres boludeces hasta que finalmente me pidió la caja de herramientas de vuelta, pues necesitaba montar una cama nueva. Le negué tenerlas y, tras su insistencia, la mandé a la mierda, le dije que se comprase la suyas y que me dejara de una vez por todas vivir en paz.


