¡Que se encuere la gorda!, gritó alguien de la mesa de al lado. Nosotros también ya estábamos desesperados. Se suponía que en ese bar las muchachas a cierta hora empezaban a quitarse la ropa, pero ese día nomás estaban cantando. Pedimos la cuenta y pagamos de mala gana. Cada quien sacó un billete de cien pesos y nos salimos sin esperar el cambio.
¿Ora adónde vamos?, preguntó Ramón, dirigiéndose nada más a mí porque, aparte de él, yo era el único otro mexicano del grupo. Ya era tarde y la noche estaba fría, así que para no errarle propuse que fuéramos al Salón San Luis; ahí al menos era seguro que acabaríamos bailando con unas muchachonas aunque les tuviéramos que pagar al final.
Con Ramón y conmigo venían dos europeos que estaban muy emocionados por estar trasnochándose con un par de locales como nosotros. Uno de ellos era una mezcla entre italiano y alemán y el otro era inglés, los dos vivían en Londres. Nunca supe bien cómo ni dónde los conoció Ramón; al principio no me interesó tanto como para preguntarle y después ya no quise sacar el tema. Me caían bien, aunque a veces me daban lástima, todo les impresionaba, cualquier cosa les daba mucha risa y se enchilaban con bien poco.
En el Salón San Luis, apenas nos sentamos se nos acercó una señora para decirnos que si queríamos bailar con alguna de las muchachas le avisáramos a ella antes y que iban a ser treinta pesos por pieza. Los europeos no podían creer que fuera tan barato y que todas llevaran vestidos tan cortos. No he dicho sus nombres para no meterme en problemas, pero vamos a decir que uno se llamaba U y el otro M. Los dos habían estudiado arquitectura, habían hecho la maestría juntos y estaban a punto de empezar un doctorado. A lo mejor eran muy inteligentes en inglés, pero en español se escuchaban medio pendejos.
Resulta que U, que llevaba escasos días en la ciudad, había conocido a una muchacha esa misma tarde y, según él, se había enamorado en menos de quince minutos. Nos contó que se llamaba Natalia, que estaba hermosa, que era morena, chaparrita y que tenía unas nalgotas. Esto último lo dijo en inglés, pero fue lo que yo interpreté. Que la conoció en un café en la Condesa y que no pudo evitar acercársele e invitarla a cenar, pero que ella no podía esa noche. Que sí quería, pero no podía, le había dicho, porque al otro día tenía un examen y no había acabado de estudiar.
Lo que pasó después parece mentira, si me lo contaran a mí yo no lo creería, pero resulta que tuve la mala suerte de ser una de las pocas personas que atestiguaron los hechos y, por lo tanto, estoy condenado eternamente a pasar por un mentiroso o un exagerado ante los ojos de cualquiera a quien se lo cuente.
Resulta que estábamos apenas pidiendo los tragos cuando U se dio cuenta de que al lado de la pista de baile estaba la muchacha que conoció esa misma tarde, pero, en vez de estar estudiando, estaba sentada en las piernas de un señor medio gordo vestido con traje negro; se notaba a leguas que era un político corrupto nomás de verlo. Los acompañaban otros hombres también vestidos de traje, aunque con hebillas más chicas y muchachas menos buenas. Antes de que yo terminara de decirle a la mesera que nos trajera una cubeta con veinticuatro cheves, me di cuenta de que U, haciendo gala de su infinita inocencia europea, ya estaba en la mesa de la susodicha, quien lo saludó como si nada.
«Antes de que yo terminara de decirle a la mesera que nos trajera una cubeta con veinticuatro cheves, me di cuenta de que U, haciendo gala de su infinita inocencia europea, ya estaba en la mesa de la susodicha, quien lo saludó como si nada».
El pobre regresó a nuestra mesa confundido, diciendo que Natalia le había contado en inglés que ese señor era su daddy, y que él no entendía a qué tipo de daddy se refería, si a uno de esos que te dan la vida, o a uno de los otros, de los que te quieren dar de por vida; bueno, tampoco lo dijo así, pero a eso se refería. Total que quisimos hacer como que no era tan importante, porque en realidad no lo era, y tratamos de convencerlo de que sacara a otra muchacha a bailar, pero nos entendió mal porque nuestro inglés no es tan bueno y su español tampoco, entonces entendió que lo estábamos alentando a que regresara a la mesa de Natalia para sacarla a bailar a ella. Así que, después de empinarse media cerveza de un solo trago, fue y le pidió que bailaran y Natalia se deslizó de las piernas de su daddy y se puso a bailar con U. Me acuerdo que era la de Suelta el listón de tu pelo de los Ángeles Azules y todo el mundo se fue a la pista porque la canción es muy buena, pero nomás terminando se les acercó uno de los señores que estaban en la mesa de Natalia, el más flaco de todos, uno que andaba vestido de traje café, y les dijo que ya había estado bueno de tanto baile, y cuando U iba a empezar a defenderse, el hombre se abrió el saco y le enseñó que traía pistola (esto yo no lo vi, me lo contó después Ramón).
U se fue directito al baño a vomitar, porque para todo esto ya andaba bien borracho, y coincidentemente en ese momento yo estaba cagando en el baño de al lado, porque los tacos ya me habían hecho efecto y la salsa macha me cae bien mal, y fue por eso que lo escuché todo clarito y, cuando salí, fui testigo de la versión más pálida del pobre U. Le dije que nos fuéramos, pero él estaba como loco jurando que la tal Natalia era el amor de su vida y que iba a volver para tratar de hablar con ella. Yo intenté detenerlo, pero tampoco tanto porque me la estaba pasando muy bien y, además, ya le había echado el ojo a otra muchacha, así que lo dejé en el baño y me fui a la pista a seguir bailando.
No pasó mucho tiempo cuando, al voltear a la mesa del daddy, vi a U ahí muy sentado en medio de todos con una bebida en la mano, que seguramente era Bacardi con Coca Cola Light, porque esa gente tiene mal gusto para todo. Fuera lo que fuera, me dio gusto, y por alguna razón asumí que ya eran amigos, cosa que no tenía ningún sentido, pero que en ese momento me convenía creer para poder seguir bailando.
De repente se escuchó un disparo y gritos por todos lados. La música paró y todos empezamos a correr hacia las salidas. Ni tiempo me dio de ver quién le había dado a quién, o qué había pasado, solo me preocupé en salir y ya afuera me encontré con Ramón y le grité: ¡Vámonos, cabrón! Empezamos a correr y como a las dos cuadras los dos nos paramos en seco, nos volteamos a ver y, sin decir nada, nos regresamos. Nos habíamos arrepentido de haber dejado ahí a los europeos, los pobres muy apenas iban a saber cómo pedir un taxi de vuelta a donde se estaban quedando.
Cuando llegamos, vimos que ya no había nadie más que el flaco de traje café tirado en el suelo sobre un charco de sangre, el daddy hincado con las manos arriba y una cara de terror, como diciendo, no me hagas nada, te lo suplico, y de pie, frente a él, con la cara salpicada de sangre y una sonrisa bien rara, estaba U apuntándole entre las cejas. Juro que la pistola la tenía como a un centímetro de su frente y que no pasaron más de unos cuantos segundos cuando le disparó y le voló la cabeza. Ni tiempo nos dio de asustarnos ni de irnos corriendo. Ramón y yo nos quedamos parados como idiotas, y ahí fue cuando U, que ya tenía localizado el escondite de Natalia, que estaba justo en frente, pero agachada detrás de un carro, le disparó, pero falló, porque es obvio que U no tenía experiencia, nunca en su vida había agarrado una pistola, era más bien un europeo culto y educado que buscaba vivir experiencias emocionantes en un país que según su mamá es el más peligroso del mundo.
Yo a ese güero no lo conozco, le dije al policía que me interrogó mientras se lo llevaban, y le ofrecí a Natalia que se viniera conmigo a mi casa para que se calmara.


