Brigada de los desahuciados

Qué intenso el amor cuando sabes que va a durar poco. Escondidos en la furgoneta que nos va a llevar al punto de encuentro, le agarro la mano a Eva y me alegro muchísimo de no haberla conocido antes.

De haber tenido tiempo, nuestra relación habría podido convertirse en una de esas que se arrastran por los años; seríamos dos de esos que se miran con ternura mientras caminan por la calle, aunque por dentro vayan pensando en el último reel que han visto en TikTok. Tal vez habríamos tenido hijos, discutiríamos en el súper sobre qué leche comprar (¿con lactosa? ¿Calcio añadido, tal vez?), habríamos perdido ideales y pasión.

En cambio, ahora estamos aquí, con el corazón a mil y lo más que le pedimos a la vida es que el próximo bache no active aquí mismo el mecanismo que debería hacer saltar por los aires en unas horas el núcleo fuerte del rejodidísimo partido que es la podredumbre de este país.

Estamos en una Reanult Kangoo con los cristales traseros tintados. No hay asientos, sino una caja de plástico de esas que utilizan los servicios de catering para transportar la comida. El compañero que va al volante intentará escapar, porque a él le queda más tiempo que a nosotros y puede dar más golpes. Eva y yo trataremos de no morir, pero es posible que lo hagamos. Y no nos importa.

La idea me vino mucho tiempo antes de ponerme enfermo. Siempre estuvo allí. Y no digo en mi cabeza, sino en el aire. Yo creo que es casi como un lugar común cuando te cabrean la política y la sociedad, y te hierve la sangre. De hecho, escuche mil veces esa frase en las reuniones o charlas con amigos, “alguien que no tenga nada que perder, podría demostrar que la sociedad aún no está muerta del todo”. Solo que ese alguien era siempre ajeno, una otredad, nunca tú.

Durante una temporada, muchas noches había un tipo durmiendo en el portal del edificio donde yo vivía, en el porche bajo el que está la puerta de acceso;  estaba allí cuando hacía frío, los días que llovía. Algunos vecinos se quejaban porque olía mal, otros le bajaban un termo con caldo caliente o unas mantas. Por otro lado, en la calidez de mi casa, yo abría el periódico y leía que el magnate de turno acababa de vender su yate de 50 millones de euros para comprarse otro de 180. Se me revolvía el estómago, sentía arcadas, pero de verdad, sin metáforas, y se me ocurría que sería magnífico reventarlo de un bombazo, así, sin aviso y sin explicaciones. Lo de no dar explicaciones me tenía obsesionado, ¿por qué iba yo a dar explicaciones a nadie? Seguro que el propietario del barco no las iba a entender.

Luego llegó la guerra y todos los políticos viejos, obesos, sebosos y rabiosos defendían al más poderoso, mientras que la gente normal moría bajo las explosiones o, peor, de hambre. La gente se moría porque destrozaron los hospitales, porque no había médicos, porque no había nada.

¡Bum! ¡Bombazo al poder! Lo comentaba y siempre sonaba como algo necesario, pero muy utópico. Y perverso. ¿Perverso, yo? Perverso, claro que sí, porque moriría gente. Aunque tampoco es necesario que muera gente, se pueden dañar estructuras, atacar centros de poder. ¿Y si murieran qué? El mendigo que dormía bajo mi portal también se murió una noche muy fría y nadie se sintió responsable. ¿Sería arriesgado? Arriesgado también, Unabomber lo intentó y se pasó el resto de su vida en prisión, pero, ¿qué pasaría si quien lo hiciera no tuviera vida por delante?

No sé ni cómo encontré el foro, bueno, sí lo sé, pero no lo voy a contar aquí, porque mi legado consiste en que esto siga adelante. La cuestión es que allí estaba. Y allí estaba porque por algún lado tenía que estar. Porque, como ya he dicho, era una idea recurrente, yo no era el único en haberla tenido, tampoco soy tan especial (bueno, un poco especial sí soy, aunque solo sea por estar dispuesto a ponerla en marcha). Pero era arriesgado, así que seguí durante bastante tiempo tragando bilis y viviendo de la manera en que cada uno intentamos vivir lo mejor posible. Desde mi cómoda clase media aburguesada, haciendo lo que era demasiado poco para mejorar las cosas.

Eva me suelta la mano y empieza a juguetear con su teléfono móvil, “el topo confirma que todo va sobre ruedas, están esperando el picapica de la empresa de catering para hacer una pausa en la sesión”. Está más guapa que nunca, tiene un color en las mejillas que no le había visto jamás y los ojos le brillan con esa intensidad que solo da la fiebre. Pero no tiene fiebre, hoy está perfectamente, como yo. Cóctel de morfina, cocaína y un par de chupitos para bajarlo todo. Y a correr. Maravillosa y guerrera, viviendo su mejor día. En la oscuridad de la parte trasera de la Kangoo brilla su melena pelirroja, ese pelo sedoso y ondulado que alguien cedió desinteresadamente a la causa. Se ajusta la chaquetilla del traje de camarera y suelta un grito improvisado

–¡Estoy a topeeeeeee! Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida! –se abalanza sobre mí y empieza a besarme, me mete la lengua hasta la garganta y se aprieta contra mí– ¿tú crees que todavía nos da tiempo a echar uno rápido?

Lo cierto es que no lo sé, ganas no me faltan, la verdad, pero por el rato que llevamos aquí dentro, creo que no debemos estar muy lejos. Nuestro conductor nos lanza una voz:

–Joder, que ya sé que podría ser el último y todo eso, pero estamos a dos calles.

Putos atascos de Madrid, nunca están cuando se los necesita. Aun así, Eva no renuncia y se apaña sola; ha metido mi mano en su bragueta, se ha abierto la camisa y ha sumergido mi cabeza entre sus pechos, sus pechos en mi boca, sus pezones en mis ojos… y antes de que la Kangoo se aparque en la parte trasera del Congreso, se ha corrido con un grito liberador:

–A tooooopeeeeeeee.

Cuando llegó el diagnóstico yo ya sentía que había algo que no iba bien; bueno, que había algo que no iba bien, estaba claro, por eso fui al médico. Pero me refiero a que había algo como que definitivo. Y así fue, pasé en cuestión de unas pruebas de ser una persona que no se encontraba bien a ser un enfermo terminal. Lo raro del caso es que, a pesar de haber sido siempre una persona ansiosa, la sentencia de muerte no me acojonó. De hecho, me da la sensación de que la ansiedad se te pasa de golpe cuando tienes un problema real al que enfrentarte. La cuestión es que lo primero que me vino a la cabeza fue la brigada de los desahuciados. Se convirtió en mi nuevo proyecto de vida, o de muerte, más bien.

La furgoneta se detiene. Las calles alrededor del Congreso están vacías y eso en Madrid no pasa nunca. Hace frío, sí. Ha nevado, también. Pero, ¿cuándo ha detenido eso a los madrileños? ¿Cuándo han dejado de lanzarse a la calle a tomarse unos vinos, a comprar unas porras o a lucir sus monos de esquí sin tener que irse a la Sierra por un poco de frío? Así que lo leo como una señal del destino. Algo de suerte que nos manda el universo. El brillo de la nieve se refleja en el cielo, o el brillo de las farolas se refleja en la nieve y de rebote en el cielo. O será la mezcla de morfina y coca, que hace que todo sea más romántico esta noche, que ya he dicho que voy hasta el culo.

Salgo de mi ensueño y saco la caja de la furgo a toda leche. Eva me sonríe y me dice “si hubiéramos tenido más tiempo, seguro que te habría amado como una loca. Con el que nos han dejado vivir, me lo he pasado de puta madre”, la miro y con una carcajada le digo que sí, que yo también la quiero.

El topo nos ha dejado el acceso franco y el personal de las cocinas nos acompaña a la sala donde se celebrará el refrigerio. Ellos ya han preparado las mesas, nosotros solo tenemos que servir la comida y en 20 minutos bajarán los diputados. La cosa es que es una sesión de debate sobre el estado de la nación y hay crispación, así que los grupos parlamentarios no bajan juntos, el riesgo sería que siguieran peleando durante la cena. Uno de los brigadistas conoce a alguien que conoce a otro que no se sabe cómo se lo ha montado para que el primer grupo en bajar sea nuestro objetivo, ¡bingo!

Lo preparamos todo: la comida sale, efectivamente, y el vino también. Si no lo ven todo dispuesto en cuanto entren sospecharán, seguro. La bomba va debajo de las faldas de una mesa. Todo listo, empiezan a entrar y nosotros salimos.

 


Autor:
Cristina Bartolomé
1979, el lugar es lo de menos
Traduzco, corrijo, escribo. Me gusta hacer muchas cosas, probablemente demasiadas.
EM: cristinabartolome.trad [at] gmail.com