(Fragmento de novela)
Los grillos no saben nadar, pero a veces se les olvida. A veces alguno empieza a correr sobre el borde de una piscina o junto a la orilla de un charco. A veces salta al agua y justo cuando la toca, empieza a moverse como si estuviera loco. Lucha con todas sus fuerzas, se revuelve; trata de seguir respirando, de seguir viviendo; de no extraviar, entre todo ese caos de agua y espuma, el finísimo hilo que lo mantiene con vida. Lo he visto en internet muchas veces: no lo recomiendo. Es extraño, es desagradable, no tiene sentido. Al menos, a esa altura del vídeo.
Porque, acto seguido, mientras el grillo agoniza, mientras mueve sus patas de forma errática y exhala su último aliento, un gusano empieza a salir por la parte final de su tracto digestivo. Es decir, no era un simple olvido: la historia se complica, es más compleja de lo que parece. Siempre es más compleja de lo que parece.
Y es que, veréis, antes de que todo esto ocurriera, tuvieron que pasar muchas cosas. Tuvo que pasar la lluvia, el charco y la temperatura exacta; que un gusano adulto pusiera huevos en el agua, que esos huevos eclosionaran en larvas y que esas larvas acabaran siendo la comida de un puñado de mosquitos. Tuvo que pasar que los mosquitos fueran mosquitos, que revolotearan, que se emborracharan con el néctar de unas flores y que, cuando menos lo esperaran, agazapado tras una planta, les acechara un grillo. Nuestro grillo. Y tuvo que quedar al menos una larva y que creciera y creciera; y se convirtiera en un gusano. Uno que superara con facilidad los diez centímetros de largo. Uno que parasitara al grillo hasta que en algún momento este empezara a encontrarse cansado y torpe, consumido sin saber muy bien por qué, raro, extraño, ido.
Tuvo que pasar todo eso para que, apenas un momento después, cuando el gusano madurara y su reloj biológico le dijera que es hora de reproducirse, un chorro de proteínas empezara a interactuar con la maquinaria neurofisiológica del grillo. Y el insecto empezara a sentirse perdido, desorientado; y, justo en ese momento, en su peor momento, cuando ya no sabía ni quién era, ni por qué estaba donde estaba… escuchar una voz que le decía que, en realidad, sí que sabía nadar.
Pienso mucho sobre esto. Sobre la libertad, sobre el sentido de la vida, sobre si los ingleses tendrán un gusano de esos metido por el culo.
Dadle una vuelta, ¿qué otra explicación razonable puede haber para que haya gente que viva en este cubo para las goteras que algún promotor inmobiliario desesperado decidió llamar país? ¿Por qué si no setenta millones de personas iban a desarrollar una obsesión tan absurda y patológica por la meteorología? ¿Por qué si no una nación entera iba a desarrollar una obsesión tan absurda y enfermiza por la meteorología? Es más, ¿qué otro motivo convincente puede haber para que un ser humano adulto considere razonable decir “oh, qué día tan maravilloso” si están cayendo sesenta litros por metro cuadrado? Solo una: el gusano.
— ¿Qué hora es?
— Mira, Costas, haz el favor de no tocarme los cojones.
«Estábamos en el Forrester, sentados junto a la única cristalera que daba al mercado. Solo había una razón para estar allí a esas horas de la mañana: que estaba lloviendo, que llovía muchísimo».
Estábamos en el Forrester, sentados junto a la única cristalera que daba al mercado. Solo había una razón para estar allí a esas horas de la mañana: que estaba lloviendo, que llovía muchísimo. Dos árboles nos tapaban la vista directa, pero no había duda. El mercado parecía un campo de arroz, la Manga del Mar Menor, la plaza esa de Venecia cuando viene marea alta. Llovía a morir y el Griego me acaba de preguntar la hora, justo antes de ir un momento ir al baño. Ni dos minutos porque la próstata apretaba. ¿Cómo coño no iba a saber la hora que era?
— Pero dicen que que esta tarde mejorará un poco — dijo Nell, porque era un cielo, detrás de la barra.
Lo mismo que dijeron ayer y mira, respondió Costas ante de que me levantara para ir al baño y le gritara que lo que él quería era que me diera una embolia. No tenía ninguna gana de ir al baño, claro. Lo que quería era irme: alejarme de esos dos, de la ventana, de la plaza del mercado y de sus dos dedos de agua.
En ese momento, entraba Bertotti, empapado y sonriendo. ¡Sonriendo! “Las suaves lluvias de abril, Spiky”, me dijo cuando nos cruzamos.
¿Veis lo que digo? ¿Suaves? ¿¡Qué suaves ni qué niño muerto!? Pero si ni siquiera era abril… Están enfermos. Es la única explicación. Al principio no reparas en ello porque estás a otras cosas. Llegas al país y te ciegan los autobuses de dos pisos, las cabinas coloradas y el hecho de que tengan moqueta hasta en el cielo de boca. Ves a la gente y piensas que sí, que hacen cola incluso cuando están solos en la parada del autobús, pero parecen adultos funcionales.
Pero luego, un día, caes en la cuenta de que siempre están sorprendiéndose por el tiempo. Y seamos sinceros, no hay nada llamativo, ni fascinante, ni memorable en la meteorología de Inglaterra. Nada. Absolutamente nada. No hay monzones, ni estaciones secas. No hay rastro de huracanes, ni de grandes nevadas… es la normalidad más gris y anodina que te puedes echar a la cara. De hecho, ni siquiera llueve mucho. Desengañémonos. Es un mito, un bulo, un estereotipo. En Londres, cada año, cae más o menos la misma cantidad de agua que en Madrid. Es verdad que llueve muchas veces, pero eso solo refuerza mi argumento.
Porque si vives en un país capaz de meter en cada día todas las estaciones; donde llueve doce veces al día, donde el sol dura lo que el ámbar en los semáforos (y se repite las mismas veces), donde la niebla es una parte más del mobiliario urbano… no puedes estar siempre sorprendiéndote de ello. “Oh, llueve”, dices. Pues claro que llueve. Lo raro sería que no lloviera.
Pero donde se ve que realmente hay algo que falla es en que, inmersos en ese mundo de ilusión en el que el décimo calabobos el día es una noticia de última hora, cuando llueve de verdad no saben muy bien qué hacer, se ponen nerviosos y acaban diciendo cosas como “las suaves lluvias de abril”, aunque no estemos en abril.
Unos meses antes de aquello, no sé si allí en el pub o en el mercado, alguien me había dicho que en realidad a los ingleses no les interesaba el tiempo. Que sobreactuaban, que fingían interesarse, que exageraban porque en el fondo toda esa obsesión por la lluvia, el frío o la niebla va de que al inglés medio le cuesta iniciar una conversación más que a los guardias de la Reina. Hablamos de gente capaz de sentarse cada día a tu lado durante hora y media en el autobús y no hacerte ni un gesto con la cabeza porque ese gesto podría llevar a una mueca y la mueca a una sonrisa y la sonrisa a un ‘hello’ y el ‘hello’, Dios no lo quiera, a una conversación de cortesía y totalmente insustancial. Y no, claro: eso en Inglaterra sí que es una línea roja.


