Me siento con el libro ya abierto.
– ¿Qué estás leyendo? – pregunta Mechi mientras mi mamá se acerca donde Virginia, la peluquera, a explicarle cómo debe aplicarle el tinte que ha traído de otro país.
Le respondo que es un libro que escribió un amigo sobre el Camino de Santiago. Me dice ahhhhhhhhh h h (hasta sus haches suenan) qué interesante, chica. Busco el párrafo donde me quedé, ella me mira fijamente. Sé lo que está mirando. Pregunta ¿y ustedes de dónde son? Nadie le responde. Vuelve a preguntar. Mi mamá, que ya se sentó donde le indicó Victoria, dice que somos de Caracas, aunque eso no es del todo cierto. Yo intento meterme a la historia de la peregrina con cáncer terminal.
Lo logro por un par de páginas, hasta que escucho que mi mamá está haciendo lo mismo de siempre cuando estoy cerca: hablar de mí como si estuviera lejos. Ya me parecía raro que le contestara de manera tan cortante a Mechi; seguro temió que le iba a quitar protagonismo. Ahora mi mamá está hablando con la otra clienta de ochenta años y con Virginia, que sucede que vivió en Perú durante la pandemia. Entro y salgo de la conversación y del libro hasta que escucho a mi mamá decir: coño, yo viví algo parecido con mi hija.
Soy su única hija. No hija única, por suerte. Tengo dos hermanos, pero sus vidas no le causan el estrés que le causa la mía. No chica, dice mi mamá, qué espanto lo de tu hijo, es verdad, así es como estaban los hospitales en Perú. Qué difícil. Pero si supieras lo que nos pasó a mí y a mi esposo. Dice: porque mi hija estaba en España durante todo el peo del covid. Y dice: entonces, un día salió a trotar y si supieras lo que pasó. Interrumpo inmediatamente, le digo mamá, no salí a trotar, estaba yendo al mercado. (No detallo que estaba yendo al mercado a comprar cervezas para calmar la ansiedad y la resaca, que en ese momento ni siquiera nos dejaban salir a trotar.) Dice: ahhh ok bueno, al mercado y entonces oigo que ella está hablado con mi esposo por altavoz y de repente siento como un vahído y le digo a mi esposo que algo pasó, que estoy segura que algo acaba de pasar porque yo lo sentí, yo lo supe, te lo juro que ahí mismo lo supe y su papá dijo que seguro solo se había trancado la llamada y le dije que no, que no, carajo, que algo pasó y que la vuelva a llamar, entonces su papá la llamó una, dos, tres veces y la carajita no atendía y yo me empiezo a estresar pero mi esposo me calma hasta que tas y nos atiende la voz de un señor, preguntamos quién es y dice puesh soy un mosso d’esquadra, que en Barcelona es policía, y nos dice que están montando a nuestra hija en una ambulancia, hasta que por fin mi hija agarra el teléfono y dice que se la están llevando al hospital porque se desmayó una vez más, nojoda, el susto que pasamos, nunca, nunca voy a olvidarme de ese día.
«Ya no leo; escucho. Se me aguan los ojos. Hace meses que intento olvidar ese episodio, ese recuerdo».
Ya no leo; escucho. Se me aguan los ojos. Hace meses que intento olvidar ese episodio, ese recuerdo. Recuerdo la ambulancia, pero sobre todo recuerdo el momento anterior: despertarme en la acera y ver a un chico algo borroso preguntándome mi nombre. Es guapo, incluso con mascarilla. Le digo mi nombre, me dice el suyo, que es el mismo que el de mi hermano menor. Le pregunto si me puede agarrar la mano, por favor. Le digo que tengo miedo. Me dice que lo siente mucho, pero que no puede darme la mano. Me explica, como si fuese una niña, que hay una pandemia y que hay que guardar la distancia de seguridad. Me dice que me he desmayado, que la ayuda viene en camino. En efecto, la ayuda llega, según mi criterio o recuerdo, pocos segundos después. No puedo seguir hablando con el que me vio desmayarme, convulsionar y que llamó al 112. Los de la ambulancia también son guapos, pienso. Uno de ellos me pregunta mi nombre, la fecha y me explica que me he desmayado y que he botado espuma por la boca. Yo me angustio y le digo qué guapo eres, o algo así. Le digo, no me lleves al hospital, por favor. Esto ya me ha pasado antes. Por favor llévame a mi casa que queda aquí al lado. Te brindo una cerveza, le digo. No le digo que no puedo verlo bien. Se ríe, me dice tenemos que llevarte por protocolo, pero no te preocupes, todo va a estar bien. Le ruego que no mientras me suben en una camilla a la ambulancia.
Dice mi mamá: y entonces está ahí mi hija hablando con nosotros por teléfono y llegando a un hospital infectado de covid, te imaginarás, y me decía: mamá, yo tengo que irme de aquí lo más pronto posible, antes de que me peguen el covid. Era marzo aún, finales de marzo del 2020 o comienzos de abril, ¿no? Me mira, yo asiento. Dice: y claro, yo y su papá en pánico, imagínate, ese pocoe viejos con covid en la sala de emergencias y mi hija ahí, rodeada. Me mira: ¿Qué fue lo que me dijiste? ¿Que incluso una viejita al lado tuyo estaba cantando canciones de cuna pa’ arrullarse a sí misma? Qué lástima. Qué tragedia. Y mírala cómo le quedó el ojo después de eso. Por suerte solo fue el ojo, mi amor. Gracias a Dios. Qué épocas, de verdad.
Se va la luz. Aprovecho para dejar ir el par de lágrimas que estuve reteniendo durante el cuento de mi mamá. Me pregunto si algún día me volverán a dar esas convulsiones, a pesar de las pastillas. Me pregunto si alguna vez voy a recuperar la visión del ojo derecho. Me pregunto qué pasaría si me desmayo en esta isla. Mechi dice algo que no distingo. La luz se enciende como medio minuto después.
– Aquí en el centro comercial tenemos planta – dice Victoria. – No se preocupen, to’o está bajo control.
Victoria me dice que la acompañe a lavarme el pelo, ya le echó el tinte a mi mamá durante el cuento. Prende un chorro de agua helada, me pregunta si está muy fría. Le digo que un poco sí, que soy friolenta. Me dice: pero tienes la cabeza caliente. Le digo que debe ser porque pienso mucho. Se ríe. Me dice que tiene un hermano que lee mucho y que también vive en Barcelona, que trabaja en el aeropuerto y que siempre tiene la cabeza caliente, debe ser eso. Mechi grita algo desde el otro lado de la pared. Victoria se disculpa conmigo en un susurro, dice que esa clienta está un poco malita del coco, un poco en Guatepeor, tú sabes, esa sí que ha pasado por varios apocalipsis. Le digo que no se preocupe, ella me masajea la cabeza. El agua se siente cada vez mejor sobre mi cuero cabelludo. Cierro los ojos, aunque en realidad solo dejo de ver por el izquierdo. El derecho aún no se ha recuperado de la operación y cada vez que lo cierro, hay una masa blanca ahí, omnipresente.
Recuerdo, junto al ruido del agua, la canción de la viejita arrullándome en la clínica. Me envuelve, me calma y me pregunto si ella también sobrevivió.


