Una ventana

El grado de humedad relativo dentro de la sala de estar es de un 40%, un nivel perfecto para evitar que se resequen la piel y las mucosas; además, una temperatura de 22 grados centígrados, que es la ideal para que florezcan las azaleas y también los geranios. Sin embargo, en la sala no pasa nada. Están los dos sentados, y sabemos que están vivos porque respiran.

ELLA mira sin ver a través de la inmensa ventana, una de esas ventanas que permiten contemplar lo de fuera pero que no deja que los de fuera vean lo que ocurre dentro, con lo que la intimidad de que disfrutan es definitiva.

ÉL, al lado de ELLA, es como si intentara decir algo, pero sin éxito. En una ocasión parece que mueve levemente la comisura de los labios y que lo va a conseguir, pero no… no lo consigue, aún permanece callado… está totalmente callado hasta que finalmente, para su propia sorpresa, dice

–¿Te acuerdas de cuando comimos en el Àpat?

–¿Dónde comimos?

–El menú era muy variado, aunque la cantidad escasa. Entonces no se llamaba Àpat, se llamaba Axarquía.

–No lo recuerdo.

–Sí. Te tienes que acordar, el menú estaba muy bien.

–Nunca he estado en un restaurante que se llame Àpat.

–En aquel momento se llamaba Axarquía.

–Pero ¿aquí? ¿O en Barcelona?

–Aquí, mujer, aquí. Tenían por lo menos… siete opciones en el menú. Ojo, siete primeros y siete segundos, ¿eh? El local era estrecho y nos sentaron al fondo de todo, entonces yo aproveché para agarrarte fuerte y me parece que te desabroché el sujetador, aunque no te hizo mucha gracia. 

–¿Axarquía no es algo que está en Málaga?

–¿En Málaga?

–O por ahí.

–Puede ser. Nunca he estado. En Málaga, quiero decir, en Málaga no he estado, pero en el restaurante Axarquía sí, contigo.

–No sé.

«Fue nuestra primera vez y el menú era barato».

–Fue nuestra primera vez y el menú era barato.

entonces, al escucharle decir barato, ELLA entiende que hay muchas palabras con una forma que se aleja de sus recuerdos, y también entiende que prefiere estar en silencio porque algunas palabras pesan mucho, pero se arrepiente, se arrepiente una vez más y finalmente dice

–Tú pediste salmorejo con adorno de verduras y un entrecot poco hecho, pero el entrecot que te trajeron estaba seco, rancio, yermo, ese entrecot era una suela de zapato incapaz de criar.

–Sí, ¿te acuerdas? Pero no pedí entrecot, pedí arroz con caracoles. Lo sé porque lo trajeron y… ¡no tenía ni un caracol! El camarero me dijo que no me preocupara, se llevó el plato y de vuelta trajo… ¡el mismo plato de arroz con unos cuantos caracoles por encima!

–A lo mejor es típico allí, en la Axarquía.

–¿El qué?

–Poner los caracoles por encima.

–No sé. Nunca he estado. Bueno, en el restaurante sí.

–Sí.

–Aunque yo creo que el entrecot estaba jugoso.

–¿Pero no era un bautizo?

–¿Qué?

–Alguien nació y sus padres… que eran nuestros amigos, nos invitaron al bautizo, y el banquete fue allí, en el Axarquía.

–¿Un bautizo?

–Sí, un bautizo.

–Sonia y aquel que era bombero se casaron, y tuvieron una hija. Y sí, para celebrar que había nacido la bautizaron y nos invitaron. Fue una fiesta muy sórdida, recuerdo muchos abrigos tirados en una habitación con las paredes azules, y que las suelas de los zapatos se me pegaban en el azúcar de las bebidas derramadas, y también a un señor con muletas que bailaba en la cocina, porque la celebración fue en la casa de los padres de él, del bombero, era una casa grande con un jardín interior y muchas habitaciones.

–En la habitación azul es donde me podrías haber desabrochado el sujetador, ¿por qué no lo hiciste? ¿Por qué no me desabrochaste el sujetador?

–No sé de qué hablas ahora.

–Las sábanas de la cama estaban perfectamente estiradas y sin un solo doblez, lo único que había encima de la cama eran abrigos. La cama siempre estaba hecha.

–Todos te miraban.

–Yo creo que no estuve en esa fiesta.

entonces, al escucharle decir fiesta, ÉL intenta inventarse un punto de fuga al que agarrarse, y recuerda que le gusta el cielo de Sitges, pero nublado, porque es cuando se nubla que entiende que allí es un bonito sitio para ser nadie, y así se lo inventa y se calla, se calla del todo hasta que finalmente 

–¿Has dicho algo?, pregunta ELLA mirándole fijamente a los ojos.

–Yo no he dicho nada.

–¿Seguro?

–Nada de nada.

–Pues algo ha crujido desentonando, inesperado.

–No he oído nada. Todo está en silencio a estas horas de la noche.

–¿Ya es de noche otra vez?

–Sí, ya es de noche…

y ÉL se lo dice despacio, a la vez que comprueba con su mirada que efectivamente está ya oscuro, la ventana no engaña, fuera es de noche y una mujer de unos sesenta años escarba con precaución en uno de los containers que hacen fila disciplinados al lado de la acera. La mujer escarba y logra hacerse con un objeto metálico, aunque ÉL no la ve, su mirada ha sido rápida y superflua, como la del que a continuación tiene que decidir con qué calcetines dormir en el sofá.

 


Autor:
Francisco Lorenzo
Barcelona, 1971
Es economista
Siempre ha vivido en Barcelona
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Fotografía:
Juan Lemus