Bastarda

Hoy vino Juanma otra vez. Ya no menciona la sequía, no arriesga pronósticos alentadores, ni siquiera comenta lo pochos que están los geranios de Don Joaquín. Es pobre y cojo, pero no es tonto. Sabe lo bien que sienta a los agarrados corazoncitos humanos la miseria de los demás y, sobre todo, sabe reconocer una derrota. No importa lo que digan, el césped de mi Mamá seguirá rebosante de verdor, milimétricamente regado y recortado hasta que esté suave como el pelaje de un cachorrito. 

Al principio me pregunto porque insiste en venir, su trabajo es velar por toda la urbanización y sus frecuentes visitas a casa le hacen quedar como un pusilánime y un traidor. Pero entonces miro a mi Mamá, con su vientre plano y sus piernas interminables, la melena sedosa iluminando el sol con sus tonos de rojo, la blancura imposible de su sonrisa, y lo veo claro. Es desde esa sonrisa y de esa altura que ella reina sobre el mundo. Así nomás. Sin que jamás haga falta levantar la voz o echar más que una mirada displicente a la tierra que se reseca y se agrieta más allá de su jardín.

«Mi Madre es regia y por más que me esfuerce, no alcanzo a recordar una ocasión en que bajara a ras del suelo».

Mi Madre es regia y por más que me esfuerce, no alcanzo a recordar una ocasión en que bajara a ras del suelo. Incluso a Elvira, la despampanante mujer-florero de dos casas más arriba, ya la vi alguna vez de rodillas, removiendo la tierra negra de su huerto (lo llama su hobbie) o pegando una tirita en la pierna de su endiablado retoño. A mí, las tiritas me las ponía la Blanca, que de blanca tiene más bien poco, es oscura y gorda, y ostenta una verruga roja entre la boca y la nariz desde la cual se proyecta un pelo muy negro y grueso que jamás corta.

Hace tiempo que no me rasguño las rodillas… El otro día obligué a la Blanca a sentarse conmigo a comer, era la mesa de la cocina, no la del comedor formal, y aun y así se resistía, tuve que hacerme la ofendida, y cuando por fin accedió, no pudo más que picotear con desgana, dura como el mango de una escoba. ¡Qué fastidio!

Y, hablando en comer, eso no fue lo peor. La semana pasada, vinieron los Bradford a cenar con una tía ruinosa, rica y bastante sorda que no sé cómo logró montarse en un avión y cruzar el océano para venir a verlos. La magnitud de la visita implicó una reorganización de los asientos en el comedor y fue así como me vi de pronto en una estratégica posición oblicua en la que podía estudiar con sigilo y morbo cada movimiento de mi Mamá.

Hay personas que son como orquestas, movimientos colosales y movimientos chiquitos que se alternan y se complementan y se acercan para luego alejarse. Son como olas, hipnotizan y sumergen. O quizás sean como máquinas muy bien engrasadas, torneados robots antropomórficos.

Sí, algo así. Si me esforzaba lo suficiente, podía casi vislumbrar engranajes y tornillos bajo la tez alba de mi Mamá, quizás incluso burbujas de vapor (será una máquina verniana, barroca), y en esa visión me perdí alegremente todas las conversaciones intranscendentes, hasta que un cuello se giró mecánicamente (casi lo escuché) y la mirada autómata de mi Mamá se cruzó con la mía. “¿No contestas a la Señora Cook?”. En un esfuerzo hercúleo que por poco le cuesta su último aliento, la vieja ruinosa de ojos opacos repitió más alto, como si fuera solo para mí, lo asombrada que estaba con nuestro parecido.

 


Autora:
Neyse Cunha Lima
Salvador, Brasil, 1964,
Es traductora
Vive en Barcelona desde 2001
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Fotografía:
Juan Lemus